Los chamanes siberianos, tenían por costumbre ataviarse con trajes rojos y blancos, igual que Santa Claus
Los chamanes siberianos, tenían por costumbre ataviarse con trajes rojos y blancos, igual que Santa Claus - Fotolia

Los ritos chamánicos en el origen de la leyenda de Santa Claus

Una práctica habitual de los sami de Laponia era comer setas alucinógenas y dárselas a sus renos en los días posteriores al solsticio de invierno. Iban vestidos de rojo y blanco, regalaban los hongos y se intoxicaban hasta el punto de poder creer que volaban

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La Navidad es, sin lugar a dudas, una sólida celebración cristiana, pero tiene algunos elementos simbólicos procedentes de tradiciones paganas de pueblos del norte de Europa. Es posible que los colores blanco y rojo de Papá Noel, los árboles de Navidad, los renos voladores, colocar regalos debajo de los árboles… sean en el fondo metáforas relacionadas con la recolección y el consumo de hongos sagrados.

Según la cosmovisión chamánica el axis mundi -eje del mundo- se sitúa en el Polo Norte, donde se encuentra Polaris, la estrella que aparentemente no se mueve y en torno a la cual giran el resto. No es casual que allí resida Santa Claus con sus renos voladores.

Los cérvidos se alimentan de una seta alucinógena llamada matamoscas o falsa oronja (Amanita muscaria) que encuentran congelada bajo la nieve o en la corteza de las coníferas. Estas setas son los famosos hongos rojos con puntos blancos que aparecen en multitud de cuentos de hadas, de gnomos, en los juegos de Mario Bros y en las aventuras de los pitufos.

Su consumo produce unos efectos similares a la intoxicación etílica, si bien en ocasiones además pueden provocar alucinaciones, habla incoherente, náuseas, vómitos, sueño profundo e incluso coma. Sus efectos son menos letales una vez que la seta se ha secado.

Habitualmente la Amanita crece junto a coníferas y abedules, con los cuales tienen una asociación simbiótica –ya que sus esporas se transportan en las semillas de estos árboles-, al igual que los regalos aparecen por “arte de magia” debajo de los árboles de Navidad.

Días antes del solsticio de invierno los chamanes siberianos, aferrados a sus ancestrales tradiciones, tenían por costumbre ataviarse con trajes rojos y blancos, los colores de la Amanita, y salir a recolectar los hongos. Una vez localizados y arrancados, los colgaban en las ramas más bajas de los pinos o los ponían dentro de un calcetín junto al fuego para secarlos.

Los chamanes obsequiaban con las setas recogidas al resto de las familias del poblado, a modo de regalos con los que compartir experiencias y conocimientos. Debido a que la nieve bloqueaba las puertas de entrada a las viviendas, habían diseñado una abertura en el techo de las casas a través de la cual las personas entraban y salían. Otro de los elementos de la celebración navideña de Santa Claus: la chimenea.

Viajes gracias a la orina de reno

En ocasiones los chamanes compartían las setas con los renos, a los que utilizaban para que filtraran las toxinas de la Amanita y su consumo fuera menos tóxico. Después de una ingesta importante, los cérvidos parecían encontrarse “poseídos”, comenzaban a correr y saltar, en ocasiones lo hacían tan alto que parecía que volaban.

Los chamanes recogían la orina de los renos narcotizados –el líquido mágico- y la consumían, de modo que también ellos pudieran entrar en trance. No es difícil imaginar que un humano “drogado” con los hongos pudiese llegar a pensar que tanto el reno como el mismo estaban volando.

Las leyendas siberianas afirman que ambos volaban hacia la estrella del norte en busca de conocimientos que luego compartirían con el resto del pueblo. ¿Qué mejor regalo que compartir la sabiduría?

Los chamanes representan el puente entre el mundo terrenal y el invisible, participan en un ritual iniciático de muerte y renacimiento. La Amanita muscaria les permite realizar un viaje astral, vehiculizado por los renos, al mundo del conocimiento. Este viaje lo encarna la Navidad, símbolo del nacimiento de Cristo, pero al mismo tiempo marca el tránsito entre el año que termina y el nuevo año que está por llegar.

Pedro Gargantilla es médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación.