Goes, en un operativo desplegado en mayo de 2008.
Goes, en un operativo desplegado en mayo de 2008. - LA VOZ
PROVINCIA

José Antonio, el barrio donde era más fácil tirar los tabiques que las puertas

En esta barriada portuense, marcada por el narcotráfico, los peores momentos se vivieron a principios del año 2000 cuando se llegaron a contabilizar hasta 27 puntos de venta en un espacio de apenas 400 metros cuadrados

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En José Antonio, en el Barrio Alto de El Puerto, un lugar de gente humilde, trabajadora, todo comenzó a nublarse a principios del año 2000. Fue entonces cuando llegaron los primeros traficantes a reventar la paz que había antes ofreciendo 'caballo' inyectado o fumado en plata a precios más bajos por ‘pico’. El mercado mandaba, como siempre, y pronto comenzó el deambular constante de toxicómanos llegados de otros puntos como La Ermita, El Quijote... y poco a poco, del resto de la provincia.

La venta de droga se fue adueñando de todo. La situación más crítica se vivió a partir de 2004. Se hablaba de 27 puntos de venta en un espacio de apenas 400 metros cuadrados y 98 viviendas. José Antonio se convirtió entonces en la 'milla de oro' del menudeo. Todos los traficantes que movían droga en la Bahía de Cádiz querían tener su espacio en la barriada. Algunos okuparon los pisos que estaban vacíos o cuyos titulares vivían fuera de El Puerto, otros, llegaron a pagar precios desorbitados por tener el suyo propio. Los desmontaron, les pusieron rejas, armazones en las puertas, cámaras... como si fueran búnkeres para convertirlos en una pieza más de este gueto de la delincuencia.

Y así, a cualquier hora del día y de la noche era habitual ver como la heroína y también la cocaína y el hachís lo iban marcando todo. Matándolo. Pasear por el barrio era ya cuestión de arrojo. Drogodependientes, aguadores, traficantes iban y venían por estas tres calles de la perdición. El camino hacia la estación pasó a llamarse la 'ruta de la plata' porque encima se corrió la voz de que en José Antonio se vendía «la mejor droga de Cádiz». Llegaban también en taxis, en autobuses, a pie... a este supermercado que abría las 24 horas.

Estos fueron los peores momentos. Atemorizados, cansados de no poder ni dormir por los gritos y las peleas –incluso con pistolas y catanas–, hartos de que sus hijos no pudieran salir a jugar, los vecinos se armaron de valentía y fueron los primeros en plantarle cara a los narcos. «No nos quedó otro remedio que salir», recuerdan. La presión vecinal y también la policial fue dura, complicada. Había mucho dinero en juego si se les cerraba el negocio. «Era más fácil tirar los tabiques que las puertas», recuerda un agente que vivió aquella época. Todo valía con tal de retrasar el registro y echar la droga por el retrete. Sin embargo poco a poco se fue consiguiendo aunque al final tantos años de devastación pesaron demasiado y el barrio ya quedó para tirarlo.