Sociedad

Una marisma olvidada desde hace un siglo vuelve a ser bañada por las aguas de Cantabria

Un proyecto publico-privado devuelve a San Vicente de la Barquera 80 hectáreas de gran valor ecológico

Vista de la desembocadura de la marisma de Rubín, que forma parte del estuario cántabro de San Vicente de la Barquera, - EFE

La devolución a la naturaleza de la marisma de Rubín, uno de los espacios de mayor valor ecológico de Cantabria ubicado en el idílico pueblo de San Vicente de la Barquera, surgió casi de casualidad. La acción del hombre desecó hace más de cien años unas soberbias 80 hectáreas de terreno que se destinaron a la actividad forestal, sobre todo al cultivo de eucaliptos, una especie invasora de la que se extrae pasta de papel. El Fondo para la Protección de los Animales Salvajes (FAPAS), una ONG dedicada a la conservación de los ecosistemas cantábricos, buscaba terrenos para poder colocar nidos de águilas pescadoras. «Nos llevaron a San Vicente de la Barquera y nos mostraron lo que ellos llamaron un “monte de eucaliptos”. Al verlo, les dijimos: “Esto no es un monte, es una marisma”. Y propusimos recuperarla», cuenta Roberto Hartasánchez, presidente de Fapas.

Así empezó un proyecto que contó con la colaboración de la Fundación Banco Satander, que destinó 90.000 euros para la recuperación de la marisma y para la que fue necesaria la cesión de este terreno por parte de Ence, primer productor europeo de pasta de celulosa de eucalipto. Desde luego, no es una práctica habitual en las empresas pero, a su deseo de ser cuidadosos con el medio ambiente se sumaban los condicionamientos de la Ley de Costas. «Se trata de un terreno de dominio público hidráulico lo que significa que despuñes de un tiempo pasa a ser del Estado. La empresa tenía dos opciones: explotarlo hasta el final o cederlo antes para su restauración, y optamos por lo segundo», cuenta Luis Javier Sánchez, jefe de sostenibilidad forestal de Ence.

Gracias a este proyecto el mar Cantábrico ha vuelto a bañar esta marisma, que ahora se ha convertido en el hogar de gran variedad de peces y que espera conseguir la reintroducción del águila pescadora, extinta en la zona. «Para la fundación, que lleva doces años recuperando espacios naturales degradados y ayudando a la conservación de especies amenazadas de extinción, esta iniciativa tiene un enorme valor», señaló Borja Baselga, director de la Fundación Banco Santander.

La desecación de áreas húmedas fue parte de una política que se generalizó cuando la malaria era un problema de salud pública en España. Las zonas costeras y lacustres eran consideradas «aguas sucias» que había que eliminar por ser consideradas insalobres por la gran presencia de mosquitos (vector transmisor del paludismo). «Se creó un criterio generalizado que sostenía que ese tipo de terrenos tenían que ser eliminados por lo que se crearon diques que impedían la entrada del mar y así se obtenían terrenos destinados a actividades agrícolas. Con el tiempo, la salinidad los volvió improductivos y en los años 70 se empezaron a plantar eucaliptos, que es lo que se hace en la zona cantábrica porque este árbol, aparte de valo comercial, crece rápido y se corta cada 12 o 15 años, con lo que se aprovecha con facilidad», explica Hartasánchez.

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En el caso de la marisma de Rubín, se empezaron a derribar los diques de contención para evitar la entrada del agua del mar en agosto del año pasado. Se eliminaron un total de 8.000 eucaliptos recurriendo a prácticas efectivas pero intentando dañar lo menos posible el medio ambiente, por eso se descartó la fumigación y se optó por la quema y la aplicación con pinceles de glifosato, un herbicida muy eficaz pero calificado como probablemente carcinógeno para los seres humanos por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Aún quedan por derribar metros de dique, los especialistas esperan que se produzca de forma natural, es decir, que la propia acción de la marea termine derribándola.

La vuelta de la marisma al paisaje cántabrico supondrá no solo una significativa aportación a la biosfera sino también que no se descarta su aprovechamiento con fines turísticos, por ejemplo, como punto de observación de aves y abriendo la posibilidad de que los visitantes puedan darse un paseo por la marisma. San Vicente de la Barquera, que regala una inolvidable postal gracias a sus barcas de colores varadas cuando baja la marea, tiene ahora otro motivo para ser visitado.

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