Juicio al pederasta de Ciudad Lineal

El pederasta de Ciudad Lineal, mudo ante el aluvión de pruebas contra él

El acusado escuchó impasible el relato estremecedor de dos de sus cuatro víctimas, a las que presuntamente raptó, agredió sexualmente y drogó

Vídeo: Ortiz se niega a declarar - DE SAN BERNARDO

Se acogió a su derecho a no declarar, tal y como se esperaba. El presunto pederasta de Ciudad Lineal, Antonio Ángel Ortiz Martínez, de 44 años, solo pronunció cuatro frases cortas ayer, el primer día del juicio que se celebra contra él en la Audiencia Provincial de Madrid. La Fiscalía le acusa de cuatro delitos de agresión sexual, cuatro de detención ilegal y uno de lesiones perpetrados sobre cuatro menores de entre 5 y 9 años. Por ello solicita una pena de 77 años y 6 meses de prisión. Mientras, algunas acusaciones elevan sus condenas hasta los 126 años, al incluir dos tentativas de homicidio.

La expectación era máxima en la sala. Era la primera vez que se iba a escuchar la voz del considerado «enemigo público número 1» cuando fue llamado a declarar, y sonó tranquila y pausada. Calculada al milímetro. Ortiz no se salió del guión. Se limitó a responder a la presidenta de la Sección Séptima, María Luisa Aparicio, cuando le preguntó si sabía por qué hechos se le acusaban. «Sí, señoría», replicó. «¿Conoce las penas a las que se enfrenta?», le inquirió la juez. «Las conozco», respondió. «¿No va a contestar a ninguna pregunta, ni a las de su abogado?». «A ninguna, señoría», concluyó, repitiendo los finales de cada cuestión como un alumno aplicado.

No proclamó su inocencia

Y sonrió tras reiterar a la juez: «No voy a contestar, señoría». Después, volvió a esbozar otra sonrisa cuando José Antonio Tuero, el abogado de una de las acusaciones, la testigo protegido número 4 (TP4), quiso plantearle algunas cuestiones. «Vaya un derecho [a no declarar] si tuviera que escuchar las preguntas», espetó la presidenta de la sala al letrado, lo que pareció hacer gracia a este depredador sexual reincidente, pues estuvo en prisión siete años (de 1999 a 2006) por hechos similares aunque se registraron mal.

Tras ello, se levantó y volvió al banquillo de los acusados, custodiado por la Policía Nacional. Durante estos dos años en prisión, Ortiz nunca ha declarado, ni ante los agentes ni en el juzgado. Es más, siempre ha proclamado su inocencia. Ayer no lo hizo. Quizá acosado por el rosario de pruebas incriminatorias que su abogado, Cristóbal Sitjar, quiere echar por tierra en su estrategia defensiva :rastros de ADN de él y las pequeñas, posicionamiento de su teléfono móvil y ruedas de reconocimiento.

Vestido con el chandal gris con capucha que llevaba durante la fase de instrucción en los Juzgados de Plaza de Castilla, deportivas negras de marca rotuladas en blanco y camiseta de color verde militar, el detenido el 24 de septiembre de 2014 en la casa de sus tíos en Santander, donde buscó refugio para huir de la presión policial, lucía más delgado, menos musculado, con signos de alopecia y visiblemente más avejentado. Con barba de varios días y mirada fría, el presunto pederasta echó una ojeada de soslayo a los numerosos periodistas congregados en el pasillo a la espera del inicio del juicio sin que se percibiera en el procesado el más mínimo resquicio de tensión o preocupación. Eran las 10.12 horas.

Erguido y en apariencia tranquilo, en la sala le quitaron las esposas y mantuvo las manos entrelazadas casi todo el tiempo, controlándose. Apenas se movió de la silla. Solo agachó la cabeza cuando entraron los fotógrafos para captar su imagen. Entonces, se puso la mano en la frente para que no le grabaran, una decisión inútil, dado que su imagen era visible a través de la señal interna de televisión que podían captar y reproducir todos los medios audiovisuales.

Su abogado defensor ya había adelantado antes del inicio de la vista oral que su cliente no iba a declarar. «Está muy cabreado porque ya ha sido juzgado», en alusión a la condena pública. Sin embargo, dentro de la sala Ortiz no dio esa impresión. Permaneció relajado y sin ningún signo de arrepentimiento o vergüenza.

A las 10.43, tras el planteamiento de algunas cuestiones previas, la sesión continuó a puerta cerrada. Fue entonces cuando se realizó el visionado de las ruedas de reconocimiento y de las dos exploraciones (testimonios) que prestaron las primeras víctimas en fase de instrucción, la TP2 (la dominicana de 5 años, que fue agredida presuntamente por el acusado el 24 de septiembre de 2013); y la TP3, (la española de 9, abordada por Ortiz el 10 de abril de 2014). Ninguna de ellas tuvo que acudir a la vista ayer, al tratarse de pruebas preconstituidas (se utilizan sus primeras declaraciones durante todo el proceso), para no sufrir una segunda victimización.

«Como una roca»

El acusado no habló pero tuvo que oír las barbaridades que hizo a las crías por segunda vez. «No ha mostrado emoción ninguna, ha permanecido como una roca, impasible, sin empatía», indicaron varios letrados de las acusaciones, que agregaron que las dos le reconocieron explicaron varios letrados de las acusaciones a la salida.

La primera menor, según consta en el sumario, estaba jugando en un parque infantil situado en la avenida de Rioconejos cuando fue raptada por Ortiz sobre las 20 horas, con la excusa de que conocía a su madre y le tenía que dar unas bolsas. Tras obligarla a subir a su coche, un Toyota Celica, la llevó a un lugar no precisado, donde detuvo el vehículo y abusó de ella. Treinta y cinco minutos después la abandonó en una gasolinera situada en la avenida de Arcentales. Las cámaras recogen como un coche para, apaga las luces y sale una persona que no se ve bien, que puede ser una menor, vestida de blanco, seguida por alguien. Dos adultos la encontraron poco después, junto a la boca de metro de Simancas, y la auxiliaron. Este visionado duró unos 40 minutos y el segundo, cerca de hora y media, informa Efe.

En el segundo caso, los hechos ocurrieron a las 20.40 horas cuando la niña se dirigía a comprar golosinas en la calle Cidamón con unas amigas, junto al parque de San Juan Bautista. Utilizó también el engaño y le dijo que era amigo de su madre y que le acompañara al coche, donde se tenía que probar ropa. Se marchó con él y la llevó al «piso de los horrores», el de la calle de Santa Virgilia, 3. La drogó con tres pastillas de Orfidal y, tras consumar los abusos, la duchó para eliminar huellas. Sobre la 1.15 horas, la abandonó cerca del metro de Canillejas. La pequeña vomitó en la casa y luego otras dos veces más.

Gracias a ella, se pudo hacer uno de los retratos robot del sospechoso que más se le parece. Su testimonio ha sido clave también para describir la vivienda por dentro y por fuera, aunque no pudo ser localizada hasta el final de la operación Candy. Los restos de vómito eran suyos. La pequeña hizo un plano de la entrada y del aparcamiento del piso franco muy fidedigno. Hoy prosigue el juicio, con el visionado de las otras dos víctimas y la reconstrucción virtual del «piso de los horrores».

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