Cultura - Teatros

Sergio Peris-Mencheta hace equilibrios con veintiséis actores en «La cocina»

El Centro Dramático Nacional monta la obra de Arnold Wesker, uno de los grandes textos del teatro del siglo XX

Silvia Abascal, en un momento de «La cocina»
Silvia Abascal, en un momento de «La cocina» - MaroosGPunto

El título no lleva a engaño. La obra transcurre en una cocina. Era un lugar que conocía bien su autor, Arnold Wesker, y la función, estrenada en 1959, es uno de los grandes textos del teatro británico del siglo XX. Su largo reparto –35 personajes– dificulta su puesta en escena;pero cuando Sergio Peris-Mencheta le sugirió el proyecto a Ernesto Caballero, director del Centro Dramático Nacional, a éste se le iluminaron los ojos. «Era el año 2014 –recuerda Peris-Mencheta–;me dijo: “vamos a por ello, pero tiene que ser dentro de dos años».

Ha llegado ese momento, y esta obra, que tiene un significado muy especial para el director, y con la que tenía una cuenta pendiente, sube al escenario del teatro Valle-Inclán, con un reparto «reducido» a veintiséis actores: Silvia Abascal, Roberto Álvarez, Fátima Baeza, Aitor Beltrán, Almudena Cid, Víctor Duplá, Patxi Freytez, Javivi Gil Valle, José Emilio Gimeno, Ricardo Gómez, Pepe Lorente, Óscar Martínez, Natalia Mateo, Xabier Murua, Diana Palazón, Paloma Porcel, Ignacio Rengel Lucena, Xenia Reguant, Nacho Rubio, Alejo Sauras, Marta Solaz, Romans Suárez-Pazos, Mario Tardón, Javier Tolosa, Carmen del Valle y Luis Zahera. «Se ha creado un grupo muy familiar que es imprescindible para esta función», dice Peris-Mencheta.

El director ya montó la obra con universitarios y profesionales que estaban empezando y se quedó «con una espinita clavada». Era 2003, y a Silvia Abascal, entonces su pareja, le decía que sería la Monique perfecta. «Algún día la haremos juntos», fantaseaban los dos. La actriz estaba haciendo por entonces «La gaviota», y llevó a todo el elenco –algunos de los actores están en el reparto de esta producción– a verla. En él estaba el fallecido Jordi Dauder, con el que ya urdió un proyecto de montaje, que no cuajó, en parte por su bisoñez como director. «Pero una parte de mí decidió que yo dirigiría para hacer algún día “La cocina”. Aunque ha llegado antes de lo que yo esperaba. Pero sí que tengo ganas de contar la historia del mundo en una cocina, en un lugar en el que uno entra pretendiendo ser artista y termina fichando todas los mañanas en la serie de turno;donde la vocación se queda en hacer portadas de revistas... Hay una perversión muy grande en nuestra profesión, y es cuando dejas de trabajar con la pulsión interna y empiezas a trabajar por lo que pide el público;de algún modo te “prostituyes”, en el mejor sentido de la palabra. El artista hace equilibrios entre lo que le late y lo que le piden, entre lo que entretiene y lo que cura, porque el teatro es una medicina. Y creo que “La cocina” tiene ese equilibrio, busca el lado más humano sin proselitismos, a pesar de que el autor fue muy reivindicativo con los derechos de los trabajadores».

En el aspecto puramente formal, asegura Peris-Mencheta, «La cocina» tiene «fuegos artificiales con el elenco. Tener a 26 personas, cada uno de su padre y de su madre, con un físico distinto, entrando por cada puerta... Llega un momento en que es apabullante. No es un espectáculo al uso; no lo es. Es una función distinta».

Hacerlo a la italiana le parecería, dice, un error, y él lo ha montado a cuatro bandas, con el público rodeando el escenario. «El espectador va a elegir su viaje. Yo he tratado de potenciar la trama central, la de Peter y Monique, pero evidentemente hay mil subtramas». En escena, los actores cocinan –sin comida– lo que se canta en las comandas. «Hay un trabajo brutal y muy inspirador por parte de los actores. Están cocinando de verdad. Y esta parte que tiene que ver solo con el espectáculo hace que “La cocina” sea muy agradecida».

Desgraciadamente, la vida de la función será solo de treinta y cinco funciones. «Hacer una gira con esta producción es imposible. Yo confío en que vaya bien, que sea un éxito y que el Centro Dramático Nacional lo reponga la próxima temporada. Ojalá. Porque este espectáculo lo merece».

Se corre el peligro de que los árboles no dejen ver el bosque. «Es una obra que demuestra que los árboles son el bosque –dice–. Hay una escena de diez minutos, la de las comandas, sin trama, en la que al final ni siquiera se les entiende. Pero es una cuestión sensorial, de que el espectador se abandone en la butaca en lugar de querer entender lo que está pasando. Luego hay una parte central en la que hablan de sueños y en la que está el meollo. Pero la primera hora es apabullante».

Dirigir a veintiséis personas exige que el trabajo actoral se lo tienen que traer de casa ellos. «El director no tiene tiempo de profundizar con cada uno, y debe confiar en que harán ese trabajo y ponerse en sus manos. En abril nos reunimos, les conté el proyecto y les puse tareas a los actores para los próximos seis meses. Para pensar en el resto de los personajes;un trabajo creativo. Que escribieran un diario del propio personaje, y que escribieran una carta a alguien, igualmente desde el persnaje;hubo quien escribió a su padre, a su madre que murió, a su hijo, a Dios, a la Reina... Hubo uno que escribió un diario 156 páginas... De repente nos hemos encontrado con un material alucinante. Y la dramaturgia se ha visto influida por ello. Esta es una obra donde el director ha de confiar mucho en los actores, y todos han hecho un trabajo extraordinario. Ahora mismo, ”se estrenan encima“. A ninguno de nosotros se nos va a olvidar nunca este viaje, y eso es el teatro: el viaje».

Para Peris-Mencheta, éste es «el viaje más bonito que he tenido nunca, a pesar de que, como estoy rodando una serie en EE.UU., ha sido difícil; he tenido que dirigir por whatsapp. Me enseñaban un vídeo en directo de los ensayos y sobre eso hacía correcciones y daba notas en el mismo set de rodaje de la serie, a pesar de que está prohibidísimo hablar por teléfono. Ha sido muy estresante; entre idas y venidas me he pasado tres días y medio en el avión».

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