CINE

Lobo Antunes y el cine

El estreno en Portugal de «Cartas da guerra», basada en su epistolario, saca a la luz la influencia del séptimo arte en la narrativa del escritor luso. Una influencia que ya se intuía claramente en muchas de sus obras

La película narra las vivencias de Lobo Antunes (interpretado por Miguel Nunes) en la guerra de Angola
La película narra las vivencias de Lobo Antunes (interpretado por Miguel Nunes) en la guerra de Angola

El reciente estreno de «Cartas da guerra»,traslación cinematográfica del epistolario del eterno candidato portugués al Premio Nobel de Literatura, António Lobo Antunes, destapa la estrecha influencia del séptimo arte en su atormentada literatura. Las secuencias, las dudas, la omnipresencia de los pasadizos de la psicología... Todo está ahí, en la fuente de sus pasiones fílmicas, retenidas en su memoria de forma obsesiva, más bien catártica.

Lo ha documentado la catedrática Anabela Dinis, de la Universidad de Trás-os-Montes y Alto Douro, conocedora de primera mano del ascendente fílmico del turbio escritor, siempre adscrito a la superación de los límites propios y ajenos. «En ese camino, se confiesa fascinado por la construcción temporal de los cineastas. Para estudiar el tiempo, aprende montaje cinematográfico. Lecciones de montaje con fragmentos de película y de papel que están relacionados con Bob Fosse y paralelamente con la película “All that jazz”, con Vincent Minnelli y la película “Un americano en París”, con Eisenstein, con Francis Ford Coppola, con Alain Resnais», recuerda la experta.

Voces de cineastas

Pero nada mejor que recurrir a las propias palabras de Lobo Antunes para comprender su relación con el cine: «Todo lo que tengo es mío y me dio mucho trabajo encontrar mi voz. Han sido años, años y años, y los primeros libros aún tienen voces ajenas, que es algo que me desagrada. Voces de otros autores, no de la literatura, sino del cine... y de esto y de aquello porque todo me influía». Su concepto de la inspiración salió a la luz desde el momento en que él mismo declaró: «Cuando se trata de libros, siempre se piensa en la influencia de otros libros, lo cual es erróneo porque la música, la pintura o el cine y, sobre todo, los encuentros con la gente, las frases que oímos, nos marcan más». Ahí están las pistas acerca de su narrativa, multiconnotativa y poliédrica, heredera pues del montaje cinematográfico.

En absoluto resulta casual que «Acerca de los pájaros» sea su primera gran novela, sobre un trasfondo claramente hitchcockiano que envuelve a Rui, su protagonista. «Los cineastas me han enseñado muchas cosas. Se aprende mucho sobre la manera de construir con los realizadores, con Scorsese, con Coppola, con las personas que viven y trabajan, con Billy Wilder administrando el tiempo y uniendo aquello en un todo», le dijo el autor al ensayista portugués Joao Ceú da Silva. Unas palabras que antecedieron a su perenne dicotomía interna: «El problema del tiempo en una novela es muy difícil. A mí, la clave me la dieron en África, cuando me di cuenta de que, para los africanos, no había pasado ni futuro, sólo un inmenso presente».

«Los cineastas me han enseñado muchas cosas. Se aprende mucho sobre la manera de construir con los realizadores»

Tal cual queda patente en «Cartas da guerra», seleccionada para representar a Portugal en la carrera por el Oscar a la mejor película de habla no inglesa y aspirante al Goya al largometraje iberoamericano del año, la linealidad y el continuismo se rompen para desembocar en una superposición de capas literarias donde el tiempo pierde su nombre. Así sucede paseando por las calles de «su» Lisboa igualmente. Los planos se cruzan, como acontece en la mente, un hervidero de pensamientos que no conocen el orden ni el concierto. Mucho más cuando la «saudade» o el dolor se apoderan de sus recovecos.

Asoma Joseph Conrad en este desgarrador epistolario, ahora puesto en escena para la gran pantalla con la voluntad de mostrar un respeto absoluto por su atmosfera. Tal vez con la única salvedad de que la omnipresencia original del desamor pasa a poner el foco en el horror de la batalla, en las huellas casi psiquiátricas que se traducen en la voz en «off». Pensamos en «Apocalypse Now», el épico poema de Coppola que tanto subyugó a Lobo Antunes, o en «La delgada línea roja», del maestro Terrence Malick.

Anticomplacencia

No titubeó el director de la cinta, Ivo M. Ferreira, para rendirse a los pies de un sombrío blanco y negro con el fin de ilustrar semejante itinerario por la anticomplacencia. Sólo así podía retratarse la desolación sufrida por el escritor en su etapa de médico alférez en la traumática guerra colonial de Angola, a comienzos de la década de los 70.

Han transcurrido cinco años desde la primera adaptación cinematográfica de una obra de Lobo Antunes, firmada por Solveig Nordlund, quien ya había realizado un documental sobre su inconmensurable figura. Esta directora sueca nacionalizada portuguesa se atrevió sin complejos con «La muerte de Carlos Gardel», un verdadero caleidoscopio literario que marca una de las cumbres de su «progenitor» y explica por qué se halla de forma permanente entre los favoritos para recibir el Nobel, galardón que ansía Portugal desde que lo ganó José Saramago.

Asoma Joseph Conrad en este desgarrador epistolario, puesto en escena con la voluntad de un respeto absoluto por su atmósfera

En cinco partes se dividía el filme, cada una denominada con el título de un tango del gurú argentino. El clima brumoso del libro salta a su recreación audiovisual, centrada en el estado de coma de un joven toxicómano. Desde allí, ese hospital claustrofóbico, se proyecta la no acción. Recuerdos y vivencias se fusionan en un maremágnum humano en el que sobresale su padre, apasionado por la música de Gardel, auténtico motor de sus sensaciones contradictorias y atribuladas.

Otra muestra más de que el universo cinematográfico clama entre las páginas de sus «criaturas» inquietantes. Del mismo modo que también lo hacen Julio Verne, Salgari, Fitzgerald, Malraux, Hemingway, Faulkner, Tolstoi, Chejov, Sartre, Camus o Céline. Y Lobo Antunes devuelve las enseñanzas con creces, amparado en la «memoria fermentada», que así quiso definir los vericuetos de la imaginación.

Los lectores de la revista «Visao» tienen el privilegio de degustar sus personalísimas crónicas del alma cada semana. Y ahí vuelca sus obsesiones y sus quejas... Ya saben, ancladas en las sesiones de aquellas salas de cine que frecuentaba encantado.

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