IMPULSO. Javier Galiana ha publicado su primer disco con su nuevo grupo y triunfa en escenarios de medio mundo. / LA VOZ
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Galiana y Werther en Nueva York

No pierdan de vista ni sobre todo de oído a Javier Galiana (Cádiz, 1975), un talento lúcido que iba para físico y que terminó incorporándose a la Radio Bemba de Manu Chao, a más de escribir poemas, ejerce como crítico de flamenco o ganarse un dinero tocando el piano para un payaso. Ahora, lo hace para su propio grupo, Spice Berberechos, que fundó en 2003 y con el que acaba de grabar su primer disco, Werther en Nueva York.

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Galiana, que ya se dejó ver con la Sonora Big Band de Cádiz y en otros líos musicales de la trimilenaria, como el infantigable Cambalache que acaba de reabrir Hassan tras la pausa estival, cuenta con su propio grupo de jazz, un quinteto con el que gira de cuando en cuando. Pero los berberechos picantes plantean su búsqueda por un camino distinto, la hilazón entre el flamenco y el jazz que ya exploraron por otras rutas y en distintas escalas Paco de Lucía, Jorge Pardo, Gerardo Núñez, Chano Domínguez o Jerry González, entre muchos otros.

En su grupo especiado, junto a su piano milita la voz de Alba Carmona, que ya se había dejado ver en el grupo Las Migas, pero también el saxo de Ernesto Aurignac, el contrabajo de Paco Weth y la batería de Dani Carmona. El resultado del disco, patrocinado por la Diputación de Cádiz pero editado por Fonoruz es potente y rítmico, con los teclados bien definidos y un poso poético que va desde Rafael Alberti a Federico García Lorca, atreviéndose incluso a una versión de La Leyenda del Tiempo a la que ya le hincaran el diente Camarón de la Isla y Enrique Morente.

En Nana pa Luis se deja oir el saxo tenor de Alert Cirera y aquí convive un universo cosmopolita en el que lo mismo caben reflejos de John Coltrane que de Ahmad Jamal.

Consolidar su grupo no ha sido fácil y para ello ha navegado a través de conciertos y encuentros musicales bien diversos. Este equipo delata dos parámetros, el de su origen andaluz y el de su formación catalana. No fue en balde que en el año 2000 emprendiera estudios con el célebre Taller de Musics de Manel Camp, ingresando luego en la primera promoción de la Escuela Superior de Música de Cataluña. Lo curioso es que en esa antigua novena provincia andaluza, la de la emigración, se haya topado de pronto con el sur más sur y con un mapamundi musical como delata el origen andaluz, gallego, catalán o argentino de sus compañeros de viaje.

Allí, sin embargo, no se dejaron deslumbrar por el neón ni por los becerros de oro. De ahí el texto que incluyen en la carpeta del disco y que reza: «Una leyenda cuenta que un antiguo pueblo soñaba con ver el sol en su ocaso mirándolo directamente con los ojos. Conscientes de sus límites emigraron a tierras sin nubes y azotadas por el viento de poniente, donde el manso océano sirvió de riguroso espejo en el que disfrutaron de las más bellas puestas de sol. Con el tiempo, ese mar fue también cielo, sol, viento, luz del ocaso». A este Werther, Nueva York no le ha nublado la vista. Ni el oído.