Lo que queda pendiente es conocer cómo se compensará la caída de recaudación tras la reforma
Lo que queda pendiente es conocer cómo se compensará la caída de recaudación tras la reforma

Trump presenta un ambicioso plan de rebaja de impuestos

Su plan aumentaría el PIB de Estados Unidos un punto porcentual al año, pero aumentaría la abultada deuda del país, que podría duplicarse

Corresponsal en WashingtonActualizado:

Donald Trump vuelve a tomar la iniciativa política. El nuevo fracaso de los republicanos para suprimir el Obamacare no ha arredrado al presidente, que se lanza a explotar los números y la economía, un fuerte del que presume y otra de sus grandes promesas, probablemente la que podría salvar su mandato. El inquilino de la Casa Blanca lanzó ayer el plan de reforma fiscal, «la mayor bajada de impuestos de la historia de Estados Unidos», según sus palabras, con el que el presidente más discutido en décadas busca congraciarse con la amplia y sufrida clase media norteamericana. Desde Ronald Reagan, a principios de los 80, no se había creado en el país una expectativa semejante. Pero las grandes cifras del beneficio que podría suponer, como un punto porcentual anual más del Producto Interior Bruto, son aún tan hipotéticas como alto el riesgo de que la deuda pública, que ya ronda los 20 billones de dólares. La negociación entre republicanos y demócratas en las cámaras legislativas promete ser intensa.

Las virtudes de plan

El presidente estadounidense proclamó las bondades de sus reducciones fiscales en Indianápolis, la capital del estado de Indiana, terreno conquistado por obra y gracia de su vicepresidente, Mike Pence. En uno de los corazones del conservadurismo, Trump se encargó de desgranar las principales virtudes de su plan fiscal, no sin meter toda la presión posible al Congreso y a los republicanos, principales responsables de sacarlo adelante. Con la simplificación y la rebaja de impuestos por bandera, que llevaría a reducir de siete a tres los tramos fiscales y a disminuir la carga impositiva en un billón y medio de dólares en diez años, el presidente está convencido de que la economía estadounidense recibirá un empujón decisivo.

Al igual que el de otros principales países occidentales, el crecimiento económico de Estados Unidos no alcanza ni de lejos porcentajes anuales del 4% y del 5% del PIB que fueron habituales durante los años 90 y parte de la década de 2000, antes de la desgarradora crisis de la burbuja financiera. Durante los ocho años de Obama, la media de crecimiento apenas superó ligeramente el 2%, pese a lo cual la creación de empleo se fue recuperando hasta volver a situar la tasa de paro en el 4,3% (técnicamente, pleno empleo).

Durante la campaña electoral, Trump lanzó una y otra vez la promesa de volver a los crecimientos que hicieron de Estados Unidos la indiscutible locomotora económica mundial.

Semejante impulso al PIB compensaría buena parte de la pérdida de ingresos que supondrán las rebajas fiscales que propone: del 35% actual al 20% del impuesto de sociedades (sobre los beneficios empresariales) y hasta dejar en el 12%, el 25% y el 35% los tramos fiscales para la declaración de la renta. Pero, para muchos congresistas, entre ellos parte de la mayoría republicana, las cuentas no salen con tanta facilidad. Tradicionales guardianes de la contención del déficit y de la deuda, los aliados de Trump son partidarios de sacar adelante la reforma fiscal, pero con limitaciones al plan del presidente. La primera la planteó recientemente el presidente del Congreso, Paul Ryan, elevando en cinco puntos, hasta el 25%, el tipo del impuesto de sociedades planteado por Trump. Calculadora en mano, los republicanos van a intentar la cuadratura del círculo de un amplio recorte fiscal que no dispare la deuda, a punto de alcanzar los 20 billones de dólares.

La interpretación ideológica late también en el fondo de la reforma. Trump está obsesionado con que el proyecto «beneficie a la clase media». Los tramos de renta diseñados en la Casa Blanca apuntan en esa dirección, aunque está en discusión un posible cuarto tramo fiscal superior al 35%, del que los republicanos recelan. Siguiendo la tradición conservadora, la mayoría que respalda al presidente mantiene su convicción de que aplicar unos tipos altos a la minoría más adinerada reduce la inversión, y, por tanto, la creación de riqueza. Una diferencia de criterio que Trump podría utilizar para amenazar con pactos con los demócratas. No sería la primera vez.