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Ariadna Edo: «Mis padres consiguieron que fuera independiente»

La nadadora castellonense consiguió un bronce en Río, superando la enfermedad de Stargardt que padece desde los ocho años

Ariadna Edo posa para ABC en las instalaciones del CAR de Madrid
Ariadna Edo posa para ABC en las instalaciones del CAR de Madrid - ISABEL PERMUY

Aún recuerda el sonido ensordecedor de la piscina de Río. Cuando tocó la pared por penúltima vez, cuando le quedaban 50 metros para terminar la final de los 400 libres, cuando la alemana Schnittger le sacaba cuatro segundos y la alejaba del podio. Muchos habrían bajado los brazos en aquel momento, pero Ariadna Edo no y abordó el último tramo de la prueba con la misma fortaleza con la que ha afrontado su vida. Con ocho años le diagnosticaron la enfermedad de Stargardt, una dolencia genética que afecta a la retina y que, curiosamente, no tenía nadie de su familia. Un gen alterado le impide ver con normalidad, pero nunca ha permitido que eso mermara su forma de ser ni de vivir. Tampoco su manera de competir, y lo demostró en aquellos últimos 50 metros.

Había empezado mal la final. «No sé aún qué me pasó cuando me lancé al agua, pero cuando toqué la pared por suerte cambié el chip y pude luchar», recuerda dos meses después de colgarse su primera medalla paralímpica. Se sintió mejor en el penúltimo largo y el último fue un puñetazo encima de la mesa. Con cada brazada recortaba distancia y demostraba que podía llegar al podio, que Schnittger no estaba tan lejos como parecía. Que a sus 18 años podía conseguir su primera medalla paralímpica. Marcó un registro espectacular de 34.13 en los últimos 50 metros. Fue bronce por ocho centésimas.

Salió de la piscina y ni siquiera sabía si había conseguido el bronce que tanto soñaba o se había quedado a las puertas. «Estaba descolocada. Vi las luces del poyete, pero fue tan justo que no lo tenía claro. Cuando fui a por la acreditación me encontré un post-it que ponía la hora de entrega de la medalla y fue entonces cuando confirmé que la había ganado», comenta. Se acordó en ese momento de su familia, de sus amigos, de todas las personas que la habían apoyado durante tanto tiempo hasta llegar a la piscina de Río. Quedaban muchos días aún para llegar a casa y compartir el éxito con ellos.

Edo hizo real entonces una ilusión que empezó quince años atrás, cuando contaba tres y se lanzaba al agua simplemente para hacer algo de deporte, aunque hasta los diez no entró en un club y comenzó a competir. Ya había rastro de Stargardt en sus ojos, pero al principio lo hizo con personas sin discapacidad, hasta que hace tres años, y casi por casualidad, descubrió el mundo paralímpico. Desde entonces disputa pruebas con nadadores con las mismas condiciones que ella.

Berlín como partida

Siempre tendrá la ciudad de Berlín como el punto en el que empezó a despuntar su carrera. Era la primera vez que nadaba fuera de España y disputó 11 pruebas en el Open Internacional de 2015. Batió dos récords de Europa y consiguió varias mínimas para el Mundial que se disputaba ese año en Glasgow, donde se hizo con su primera medalla: un bronce en los 400 libres. Se empezaba a vislumbrar en el horizonte la idea de unos Juegos y la castellonense no paró hasta conseguirlo. Se preparó el Europeo de Funchal de este año con la mente ya en Río y volvió de Portugal con dos bronces (400 libres y 200 estilos) y con ansias de que llegase el verano para triunfar en Brasil.

Aunque eso ya es pasado y Ariadna Edo ya piensa en lo que viene por delante. A corto plazo, el Mundial de México entra en sus planes, con el objetivo de mejorar lo que hizo en Río. «Aparte de revalidar el tercer puesto, quiero quitarme la espina que tengo porque me traje una medalla de los Juegos, pero a nivel de tiempos y marcas personales no estoy muy contenta. Quiero ir al Mundial igual o mejor preparada de lo que llegué a Río y conseguir los tiempos que me habría gustado hacer este verano», afirma. Después ya pensará en Tokio, donde sabe que le exigirán más que en Brasil, aunque mantiene los pies en el suelo, consciente de las dificultades que pueden surgir a lo largo de todo un ciclo paralímpico. «Estoy muy motivada para llegar a Tokio en condiciones, pero es verdad que, igual que yo aparecí hace dos años y la gente no me conocía, a mí también me pueden aparecer otras en estos cuatro años. Así que no solo dependerá de mí, sino también de las que puedan entrar», explica.

Sabe que para conseguirlo tiene todo el apoyo del Proyecto FER, al que le debe mucho. «Es un orgullo que fomente tanto el deporte. Y más en España, donde lo que no es fútbol es en muchos casos secundario». Fuera de las piscinas, sus principales valedores son sus padres, quienes han conseguido que hoy sea como es. «Siempre me dejaron libre. Tengo un hermano mellizo y hemos ido siempre a la par, nunca me trataron a mí diferente por el hecho de tener una discapacidad. Yo creo que eso ha marcado mucho para que me considere una persona muy normal y muy independiente».

Para ella, el gran inconveniente de su enfermedad lo tiene a la hora de afrontar los estudios. «Me limita en clase porque no puedo ver la pizarra y para leer los libros es más complicado», comenta, aunque asegura que lleva tantos años así que ahora no se da cuenta de que le afecte en el día a día. «Hago lo mismo que una persona normal, aunque a mi manera».

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