Comer sin gluten no genera beneficios si no eres celiaco y además sale más caro
Comer sin gluten no genera beneficios si no eres celiaco y además sale más caro

Sin gluten, sin lactosa, ecológicos... ¿de verdad son más saludables?

La moda de los alimentos «sin» ha pasado de los supermercados a los restaurantes. Es una alternativa más cara, ¿pero es también más saludable? ¿Es una alternativa para todo el mundo?

MADRIDActualizado:123
  1. Sin gluten: ni engorda menos ni es más sano, salvo cuando se es celiaco

    Comer sin gluten no genera beneficios si no eres celiaco y además sale más caro
    Comer sin gluten no genera beneficios si no eres celiaco y además sale más caro

    Como explica la Federación de Asociaciones de Celíacos de España (FACE), la enfermedad celíaca «es una intolerancia permanente al gluten del trigo, cebada, centeno y probablemente avena que se presenta en individuos genéticamente predispuestos, caracterizada por una reacción inflamatoria, de base inmune, en la mucosa del intestino delgado que dificulta la absorción de macro y micronutrientes».

    Uno de los grandes problemas de esta enfermedad, pese a ser una «vieja conocida» es que tiene difícil diagnóstico, por lo menos en adultos. «La intolerancia al gluten se reconoce bien en los niños porque da muchos síntomas (vómitos, diarreas, náuseas, astenia, irritabilidad, pelo frágil...), pero cada vez se descubren más casos en los adultos con pocos síntomas, por lo que puede enmascararse con otros problemas haciéndose difícil de diagnosticar. Hay que investigarlo bien, haciendo análisis de sangre y también una endoscopia digestiva para tomar biopsias porque puede puede llegar a haber complicaciones de tipo tumoral», advierte Martínez Olmos, investigador del Centro de Investigación Biomédica en Red de la Fisiopatología de la Obesidad y Nutrición (Ciberobn).

    Por algún motivo, probablemente comercial, se ha extendido la idea de que los alimentos sin gluten son más sanos que los que lo tienen. «Hay mucho markerting, de hecho, el tenista Djokovic publicó un libro en el que contaba que se quitó el gluten y desde entonces, jugaba mejor al tenis. Fue alucinante lo que generó en la población. Mucha gente dejó de tomarlo por lo que comentaba», cuenta Susana Monereo, jefe del servicio de Endocrinología y Nutrición del Hospital Gregorio Marañón de Madrid. Incluso Rafa Nadal se pronunció al respecto: «Ahora parece que el régimen libre de gluten es grandioso. Dentro de tres o cuatro años encontraremos otra cosa que será grandiosa también y lo libre de gluten ya no funcionará. Yo no la hago y estoy feliz».

    «El gluten está presente en muchos alimentos y la gente no lo sabe, como el caso de los embutidos o también en el aceite si se empana. Personas sanas comen, por ejemplo, salchichas “glutenfree”, palabra que se ha convertido en un «hashtag». Creen que son saludables y resulta que tienen grasa saturada», señala Monereo.

    «Hay que mirar bien las etiquetas porque para dar determinada textura a los productos de bollería, por ejemplo, se añade determinada grasa aunque el producto se haya hecho con harina sin gluten», advierte en la misma línea Martínez Olmos.

    Al final, se trata de un reclamo publicitario y los alimentos sin gluten solo deben ser consumidos por personas celíacas, asegura Monereo. «Al resto no le hará ni bien ni mal ya que son productos que no son garantía ni de saludable ni de bajo en calorías ni de nada que se le parezca. Comer gluten no es malo pero tampoco es imprescindible, se puede reemplazar por otras proteínas de origen vegetal como el arroz…El problema es que si comes sin gluten, además, pagarás el doble y no obtendrás beneficios».

  2. Sin lactosa: si se deja de consumir el intestino se vuelve vago

    Solo el 15% de la población española es intolerante a la lactosa, una proporción muy baja
    Solo el 15% de la población española es intolerante a la lactosa, una proporción muy baja - ABC

    La leche sin lactosa es otro de los alimentos de moda. ¿Hay alguna razón que lo justifique? No.

    La lactosa es el azúcar de la leche y de todos los derivados lácteos. Para digerirla, el intestino tiene una enzima, la lactasa, que «rompe la lactosa en pedacitos» para que el intestino pueda absorberla. «Desde el punto de vista genético, esta enzima está presente en el intestino de los niños, pero conforme nos vamos haciendo adultos, empieza a dejar de funcionar puesto que en la alimentación en los más pequeños está más presente la leche que en el caso de los adultos», explica Susana Monereo, jefe de servicio de Endocrinología del Hospital Gregorio Marañón y secretaria de la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (Seedo). Pero no todo es genética, también hay un factor geográfico: «La intolerancia a la lactosa es frecuente en algunas poblaciones, en el caso de la española no sería necesario que la gente tomara leche sin lactosa, salvo que hubiera un diagnóstico clínico que aconsejara hacerlo. La incidencia de intolerancia en España es de un 15%, mucho menor que en otras poblaciones del mundo», apunta Miguel Ángel Martínez Olmos, del Centro de Investigación Biomédica en Red de la Fisiopatología de la Obesidad y Nutrición (Ciberobn).

    «Cuanta más lactosa se toma, más se activa la enzima, por lo que si se deja de consumir, el intestino se vuelve “vago” para absorberla y sienta mal aunque no se sea intolerante», añade J.M. Mulet, profesor de Biotecnología de la Universidad Politécnica de Valencia. «A veces, después de una gastroenteritis o gastritis puede aparecer, y después se quita», añade Monereo. Pero el hecho de que haya mayor o menos predisposición genética o geográfica no hace a una persona intolerante a la lactosa, para la que, además, hay diferentes grados: «La intolerancia total provoca diarrea, dolor de estómago... pero hay otros casos en los que es temporal o incluso, solo provoca síntomas mínimos como flatulencias. El problema es cuando es contínuo y se termina produciendo un cuadro de inflamación intestinal con mala absorción de otros nutrientes», explica Monereo.

    Para este caso, la solución es quitar la leche con lactosa y todos los derivados lácteos que la tienen: yogur, queso...aunque estos tienen menos. Monereo advierte de que si no se es intolerante (para lo cual habrá que consultar al médico) es necesario saber que «la leche sin lactosa no es más sana que la convencional. La “sin” tiene otro azúcar para que tenga algo de sabor pero no es para nada más sana. Si eres intolerante vale, pero si no lo eres, no tiene ningún sentido evitarla desde el punto de vista nutricional». Martínez Olmos coincide: «No tiene sentido y no es necesario tomar leche sin lactosa. A tu salud no le hará nada, a tu bolsillo puede que sí, ya que son productos más caros».

    Si bien Monereo reconoce que prescindir de la leche quita el aporte de calcio y vitamina D, Gabriel Olveira, de la Sociedad de Endocrinología y Nutrición (SEEN) advierte de que tampoco hay que abusar de la leche con o sin lactosa: «Existe un consumo abusivo en niños (y no tan niños) que hace que sustituyan la fruta por postres lácteos, con lo que se incrementa el aporte de grasas saturadas de la dieta y se resta de otros nutrientes indispensables como vitaminas, minerales y fibra».

  3. Ecológicos: no tienen pesticidas pero no son necesariamente más seguros

    Mercado con un puesto de productos ecológicos
    Mercado con un puesto de productos ecológicos

    Los productos ecológicos, biológicos, orgánicos son aquellos que no han sido tratados con pesticidas, que se cultivan respetando los ciclos de la Naturaleza y no son modificados genéticamente. Todos estos productos han tenido un gran impacto en el mercado. «No decimos que los convencionales no sean sanos, sino que los ecológicos tienen particularidades que los otros no tienen», defiende Juan Antonio Caballero, presidente de la Federación Española de Empresas con Productos Ecológicos (Fepeco). ¿Cuáles son esos beneficios? «En primer lugar, el residuo de pesticidas, que en España es cero. El reglamento europeo impone controles exhaustivos y en el caso de los productos convencionales, los químicos están en el límite de lo permitido». Opinión contraria tiene J.M. Mulet, profesor de Biotecnología de la Universidad Politécnica de Valencia. «Están sembrando un miedo infundado. La Autoridad Europea para la Seguridad de los Alimentos (EFSA, por sus siglas en inglés), dice que no hay problema con el uso de pesticidas; de haberlos, aumentarían las patologías».

    Para los productos ecológicos se usan pesticidas de origen natural, pero Mulet aquí también ve un problema: «Se usa estiércol, entre otros, en vez de fertilizantes nitrogenados, pero en ambos casos estás aportando nitrógeno, con el problema de que el estiércol puede estar contaminado por Escherichia coli. Hay moléculas sintéticas que son muy útiles y hay otras naturales que son muy contaminantes y viceversa». Caballero defiende que el estiércol como fertilizante natural pasa por un proceso de compostaje que evita la contaminación. «Lo mismo sucede con el uso del cobre, que no entra dentro de la planta sino que actúa como barrera física, como la rotenona o la nicotina, que controlan las plagas pero no dejan residuo en el fruto». Mulet insiste en que, «la agricultura ecológica es insegura y además, más cara. El último informe de la EFSA notificó problemas con alimentos para bebés; retiraron cereales por estar contaminados de micotoxinas, ya que el control que hay en lo “bio” es menor que en el convencional».

    Caballero dice todo lo contrario. «Una botella de aceite ecológica pasa dos o tres controles de certificadores que no pasan los productos convencionales». También se sostiene que los productos ecológicos son más nutritivos. «Tienen menos peso y volumen y aún así dan los mismos resultados en cuanto a nutrientes», señala Caballero. Hay estudios que avalan las teorías de los defensores de lo «bio». Un meta-análisis de 2014 de la Universidad Newcastle, en la que se trabajaron 343 publicaciones sobre el tema, concluía que los productos ecológicos tenían más antioxidantes y menos cadmio, así como menos pesticidas que los convencionales. Esta misma Universidad publicó este año otro estudio señalando que la carne y la leche orgánica contienen un 50% más de ácidos grasos omega 3. Por otro lado, un estudio de 2012 de la Universidad de Stanford no apreciaba diferencias entre unos y otros. Pero también están los informes en contra: la Universidad Santiago de Compostela concluía en 2013 que la leche orgánica era más pobre en iodo que la convencional. La Universidad de Gran Canaria, por su parte, halló productos contaminantes por encima del límite en quesos ecológicos.

    Las opiniones de los médicos son diversas: «La producción ecológica mejora los aspectos organolépticos del producto y evita el uso de pesticidas, pero no sé hasta qué punto está bien regulado y lo que se vende como tal es realmente “bio”», apunta Miguel Ángel Martínez Olmos, de Ciberobn. Respecto a si lo ecológico es más saludable, «están libres de pesticidas y residuos de productos químicos sintéticos, lo que sería una ventaja. Pero no existen trabajos concluyentes que demuestren que nutricionalmente sean diferentes que los producidos por otro tipo de agricultura», señala Gabriel Olveira de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN). «No puedo afirmar que tengan beneficio para la salud», coincide Martínez Olmos. «Hay derivados de los pesticidas que se convierten en disruptores endocrinos y pueden producir alteraciones hormonales. Por otro lado, no hay estudios que demuestren que los “bio” son mejores. España tiene una alta esperanza de vida y nuestros abuelos no han comido un pollo ecológico en la vida», señala Susana Monereo, jefe de servicio de Endocrinología del Hospital Gregorio Marañón y secretaria de la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (Seedo).