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«La Voz» y «Got Talent» El espectador calla y obedece

En «Operación Triunfo» el soberano era el espectador pero en los talents show de las cadenas privadas manda un comité de expertos

El jurado de «Got Talent»
El jurado de «Got Talent» - TELECINCO
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La televisión, al igual que la historia, no avanza nunca porque no va a ninguna parte. Pero aún así se mueve, como diría Galileo, aunque no en una dirección concreta. Su movimiento, el de la televisión y el de la historia, es siempre pendular, errático pero no del todo azaroso. Los deseos y pulsiones de la audiencia son contradictorios, imprevisibles y muchas veces antagónicos. La audiencia quiere un poco de todo y el reto de una cadena de televisión es colmar esa panoplia de apetitos diversos. La programación de una temporada televisiva puede leerse como un tratado de psicología de las masas espectadoras.

En el mercado de los talent shows se ve claramente el carácter bipolar de la audiencia. El otoño lo domina «Operación Triunfo», un talent en el que la soberanía reside en el espectador que con su voto elige al ganador del programa. Y para que el voto sea posible es necesaria la transparencia, de ahí que «OT» tenga más de reality que de programa musical: el espectador debe poder verlo todo de los concursantes para luego votar en consecuencia. Sufragio y transparencia son los valores del talent show de la televisión pública, que se siente en la obligación de ejercer de profesora de Educación para la Ciudadanía o trabajadora social.

«Operación Triunfo» terminó poco antes de navidad para cederle su espacio a los talents de cadena privada. Antena 3 sacó «La Voz» y Telecinco «Got Talent», dos formatos muy distintos pero con un rasgo significativo en común: el espectador no vota, sino que mira y acata lo que decide un jurado de expertos. Tras el empacho democrático, la audiencia quiere sentarse y obedecer. TVE es la casa de todos pero no así Antena 3 ni Telecinco, y a nadie se le ocurre ponerse a dar órdenes en una casa ajena. Jerarquía y eficacia, nada de andar contando votos ni de retransmitir el desayuno de los concursantes.

De todos modos en «La Voz» se esfuerzan por transmitir una imagen de independencia e imparcialidad en las decisiones del jurado. Los coaches están de espaldas al escenario, porque la justicia es ciega, y quieren hacer ver que se guían únicamente por lo que escuchan y no se dejan confundir por las apariencias. El mayor problema de «La Voz» es el tándem Pablo López-Antonio Orozco, cuya diarrea emocional e incontinencia lacrimógena hace insufribles las galas.

«Got Talent» es un programa con menos remilgos porque conoce las pulsiones masoquistas de la audiencia, que a veces disfruta siendo humillada y dominada. Nadie mejor para hacer ese papel que Risto Mejide, con esa aura de juez indómito que no se doblega a los gustos del populacho. El formato de «Got Talent» podría traducirse fácilmente en una pieza de teatro absurdo como las que hacía Beckett o en el argumento de un cuento de Kafka: una compañía busca un trabajador sin saber muy bien para qué y hace desfilar a los candidatos ante cuatro jueces todopoderosos que deciden la suerte de los aspirantes según el capricho del momento. El plató de «Got Talent» es un heterogéneo bestiario de músicos extravagantes, funambulistas de provincias y magos adolescentes. Mucho más divertido que el almibarado y monocorde talent show de Antena 3.