Soldados del Ejército indio patrullan una calle de Srinagar (Jammu y Cachemira) la semana pasada
Soldados del Ejército indio patrullan una calle de Srinagar (Jammu y Cachemira) la semana pasada - REUTERS

El órdago indio en Cachemira resucita viejos fantasmas

La suspensión de la autonomía dispara la tensión con Pakistán y la población musulmana

MadridActualizado:

El Gobierno nacionalista de la India anunció la semana pasada una decisión sin precedentes: tras casi 70 años de autonomía, la conflictiva provincia de Jammu y Cachemira –escenario de dos guerras con la vecina Pakistán y origen de uno de los conflictos más enquistados del mundo– quedaba despojada de su estatus especial con el fin de «acelerar su integración en el resto del país».

La medida, asentada bajo el pretexto de «acabar con la corrupción, el separatismo insurgente y el atraso económico», en palabras del primer ministro indio, Narendra Modi, cogió desprevenidos a muchos. Las intenciones, sin embargo, venían ya de lejos.

El intercambio de ataques con Pakistán en febrero, surgido a raíz de un atentado contra un convoy militar indio en Cachemira, enardeció a gran parte de la sociedad india, que considera al país vecino un enemigo irreconciliable y reclama la provincia como parte intrínseca del territorio nacional. Conscientes del rédito electoral que podía comportar un uso partidista de la delicada situación en Cachemira, el partido gobernante (BJP, que ya consiguió ampliar en mayo la holgada mayoría de la que ya gozaba en el Parlamento, muy en parte gracias a los acontecimientos de febrero) consumó la semana pasada un golpe de efecto con el que espera reforzar su popularidad y ocultar las múltiples carencias de su gestión.

Pero las lecturas de la medida van probablemente más allá, según razon la investigadora especializada en Asia Ana Ballesteros, del «think tank» Cidob. «Es muy posible que la decisión haya venido dada por las negociaciones de las últimas semanas entre EE.UU. y Pakistán con el objetivo de sellar la paz en Afganistán. La intención de Islamabad es que Washington haga una serie de concesiones a cambio de obtener su colaboración para intervenir en ese país, y eso pasa por un respaldo en Cachemira», sostiene Ballesteros, que recuerda además que «las relaciones de la India con EE.UU. atraviesan un momento de tensión derivada de la guerra comercial que han iniciado».

El hecho de que tanto Pakistán como la India celebren su Día de la Independencia esta semana (14 y 15 de agosto, respectivamente) contribuye, asimismo, a caldear los ánimos. «Es muy probable que el Ejecutivo indio haga bandera de la medida para agitar su marcado discurso nacionalista. Por otra parte, Pakistán tampoco querrá ser visto como el Estado débil, por lo que puede que esto los lleve a incrementar su belicosidad», señala la investigadora.

Ante el desarollo de los acontecimientos de esta semana –envío de tropas adicionales, detención de más de 400 políticos y activistas, corte de las comunicaciones y protestas masivas– Pakistán suspendió el miércoles las relaciones diplomáticas con la India, canceló el escaso comercio bilateral que mantenía y anunció además que denunciará a su vecino ante la ONU por «haber violado varias de las resoluciones aprobadas para mantener la paz». Pero es la posibilidad de que un nuevo conflicto estalle lo que más preocupa en la provincia.

«La situación ahora mismo es poco previsible. Existe, como siempre, la posibilidad de que Pakistán respalde a grupos insurgentes como ha venido haciendo desde hace años, pero no está tan claro que las hostilidades puedan conducir a un nuevo conflicto abierto. Lo que es innegable, sin embargo, es que la medida soliviantará todavía más a una población ya de por sí muy humillada y hastiada», analiza Ballesteros.

Decisión salomónica

La historia se remonta a 1947. El Imperio británico, exhausto tras dos guerras mundiales y abrumado ante el imparable fervor nacionalista de muchas de sus colonias, abandonó el Raj tras casi un siglo de ocupación y dividió el subcontinente indio en dos países: uno de mayoría hindú, India, y otro de población musulmana, Pakistán.

La brusquedad de la partición, fuente de violentos altercados intercomunales entre los millones de desplazados que huyeron despavoridos a un lado y otro de la frontera, sentó las bases de un conflicto que dura hasta la fecha. Pero es, en definitiva, la disputa por una región cuyo territorio queda repartido entre ambos países lo que se convierte en el principal casus belli de un enfrentamiento que suma ya siete décadas.

«Tanto en la India como en Pakistán, el conflicto de Cachemira es un fenómeno que moviliza a numerosas facciones, ya que forma parte de sus respectivas identidades nacionales», explica Ballesteros. Enclavada en la parte suroccidental de los Himalayas, el Valle de Cachemira es hogar de un variado crisol de etnias y culturas diseminadas en un radio de 140 kilómetros. Tras ser dominado por distintas dinastías e imperios del entorno, los británicos recalaron en él en 1845, convirtiéndolo en un principado que retuvieron hasta 1947.

Todo se complicó, sin embargo, a partir de ese momento. A la hora de decidir a cuál de los dos nuevos países quería unirse, el monarca local (un hindú al mando de una región de mayoría musulmana) se declaró neutral, lo que llevó a buena parte de los cachemiros próximos al lado paquistaní a levantarse en armas contra la administración. Esta, temerosa, solicitó ayuda a India, que acudió a su rescate con la condición de que Cachemira pasara a formar parte de su territorio. Se produjo entonces una rápida escalada de las hostilidades que derivó en la primera guerra indo-pakistaní. Tras meses de combates, la lucha terminó encallando y precipitó la intervención de la ONU, que fijó una Línea de Control para delimitar sendas administraciones y evitar nuevas tensiones.

Fue inútil. Las guerras se sucedieron (1965, 1999) y ambos países se embarcaron en una carrera nuclear y armamentística con la que se amenazan mutuamente. Cachemira –cuya población reclama un referéndum de independencia que nunca ha llegado a producirse– se convierte así en una de las regiones más militarizadas del mundo y en el campo de batalla de la India y Pakistán, donde ha ido forjándose además una importante actividad insurgente que se manifiesta con cierta periodicidad.