Lucía Galán durante la entrevista en ABC
Lucía Galán durante la entrevista en ABC - Isabel Permuy

«Si tu hijo solo quiere leche en el desayuno, ¡no pasa nada!»

Lucía Galán explica que «no podemos pretender que los padres no consulten a "doctor google"»

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Lucía Galán es médico pediatra. Y madre. Se levanta con sus dos hijos, desayuna con ellos, trabaja con niños, cena con niños... «Estoy rodeada de niños todo el día, lo que ha cambiado mi manera de vivir y sentir mi profesión», asegura. Es, además, autora del blog Lucía mi pediatra y del libro «Cuentos de Lucía, mi pediatra» para acompañar a los más pequeños en su desarrollo.

Explica que este libro está pensado para que los padres e hijos de 4 a 10 años lo lean juntos. «Es una oportunidad de pasar un rato con ellos y volver al papel. El objetivo es favorecer una educación sanitaria desde que son muy pequeños y es una ocasión que no se puede desaprovechar. Por ello doy respuesta a muchas dudas que me plantean en consulta y claves para que los padres estén tranquilos y puedan disfrutar de la crianza de sus pequeños».

Cuando los padres salen de la consulta del pediatra es muy común que después consulten con «doctor google». ¿Es que los padres no se han enterado de lo que les ha contado su pediatra; es que no se fían; o es que los pediatras no se explican bien?

Si tienes una sólida relación con los pacientes basada en la confianza, los padres tienen menos necesidad de consultar otras fuentes. Sin embargo, en el mundo actual no podemos pretender, ni decirles, que no acudan a internet porque esta recomendación está desfasada. ¡Todos miramos en internet! Es mucho más útil recomendarles sitios fiables. Es natural que ellos quieran buscar más información, contrastar. Es completamente normal porque se hace en muchos ámbitos, pero hay que hacerles discernir entre lo fiable y lo que no lo es.

Los pediatras, aunque estamos muy disponibles para las familias, no podemos estar las 24 horas trabajando y, los padres a lo largo del día y de la crianza tienen mil dudas que requieren de una respuesta rápida. No obstante, la última versión debe ser la del profesional sanitario, que es quien mejor conoce a su hijo.

¿Por qué tienen los niños miedo al pediatra?

Se nos ha creado la mala fama de que pinchamos, ¡pero son las enfermeras las que pinchan! —aclara entre risas—. A veces tenemos que hacer exploraciones a los niños que no les gustan porque pueden resultar algo molestas. Además, las consultas y los hospitales son un territorio hostil y, por si fuera poco, se les amenaza con el «si te portas mal te llevamos al pediatra y te va a pinchar», «si no te lo comes todo, te va a pinchar el pediatra»... Frases así tiran por tierra todo nuestro trabajo. Los niños también tienen pudor y a partir de los 5 años el hecho de tener que quitarse la ropa les resulta violento. Hay que ganárselos día a día y que comprueben que no hacemos daño, no pinchamos..., pero sí curamos.

¿Deben los padres contribuir, entonces, a cambiar este pensamiento para que sus hijos no sufran el síndrome de la bata blanca?

Claro, deben humanizar la figura del pediatra. Somos de carne y hueso y en mi caso, además, tengo hijos... Hay que transmitir el mensaje de que «el pediatra te cuida, nos ayuda y aconseja para que no te pongas malito».

Una gran preocupación de los padres es que sus hijos desayunan poco. ¿Hay que respetar que no tengan hambre y se puede compensar después si toman un almuerzo en su recreo escolar?

Totalmente. Lo peor que podemos hacer por las mañanas es empezar con guerras, discusiones o chantajes en la cocina... Así nadie tiene ganas de desayunar. No hay que agobiarse. Tenemos toda la infancia para educarles en este aspecto. Poco a poco se ganan las batallas. Si el niño no tiene apetito hay que respetarle. No hay que agobiarse. Hay que hacer un cómputo general de lo que come a lo largo de 24 horas. Si solo quiere un vaso de leche en el desayuno, pues ¡no pasa nada! El resto del desayuno lo compensamos en el almuerzo. Lo que no tenemos que hacer es ponerle un tetrabrick de leche porque ya la ha tomado a primera hora de la mañana, mejor un bocata y medio plátano. Así ni se discute y se disfruta de ese momento.

Y las vacunas, ¿cómo afrontarlas?

Si desde pequeños les decimos que las vacunas son fiables, buenas y seguras y que, además, evitan enfermedades muy malas, lo tenemos más fácil. Si este mensaje está respaldado por sus padres, el niño, cuando sea adolescente lo tendrá muy claro. Si tienen un entorno familiar estable es raro el chico se niegue a ponerse una vacuna. Si los padres se muestran dudosos delante de él, el hijo también dudará.

¿Es más difícil tratar en consulta a los niños o a los padres?

Es más fácil tratar con niños que con padres. Pero yo también soy madre y entiendo sus dudas y me resulta sencillo ponerme en su lugar. Hay familias de todo tipo, pero cuando les tratas con cariño, respeto y educación, ellas te lo devuelven igualmente y agradecidas. Nos devuelven mucho más de lo que les damos. Tengo una profesión preciosa.

Presume de gran empatía. Cuando tiene que dar un mal diagnóstico, ¿qué supone para un profesional de la pediatría?

Es la cara B de nuestro trabajo. No nos preparan para ello. Nos enseñan para salvar vidas, pero no para perderlas ni para decir a unos padres que su hijo tiene una enfermedad para toda la vida, o que ha llegado el momento de despedirse de él. Es una asignatura pendiente en la formación sanitaria que nos prepara para éxitos y reconocimientos, pero no para las pérdidas, ni para los errores, que también tenemos. Convivir con ello es complicado.

Lo bueno y lo malo te lo llevas a casa. No sé cerrar la puerta de la consulta y no llevarme los casos de los pacientes a casa. Soy pediatra, pero soy persona. Con los años aprendes a poner a cada persona en su lugar y a afrontar ciertas situaciones, muchas de ellas que te marcan tu vida para siempre. Recuerdas nombres y apellidos para siempre.

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