Un grupo de trabajadores se manifiesta en la planta de Arlington (Texas)
Un grupo de trabajadores se manifiesta en la planta de Arlington (Texas) - EFE

General Motors, una huelga histórica para un sector en transformación

El desenlace del paro en el gigante de EE.UU., el primero en 12 años, es clave en el futuro incierto de la industria

Corresponsal en Nueva YorkActualizado:

El pasado viernes, cientos de miles de jóvenes y adultos de EE.UU. se sumaban a la llamada «huelga climática», una movilización para sensibilizar a los poderes públicos y corporativos sobre la necesidad de tomar medidas contra el cambio climático. Otra huelga, más pequeña en seguidores, se seguía con mayor atención: la que mantienen desde el lunes 50.000 trabajadores de factorías de General Motors. La movilización, con un impacto considerable en la industria de automoción estadounidense y con posibles repercusiones en futuras negociaciones con otras grandes productoras de coches, es una válvula de escape de un sector en transformación, de futuro incierto y amenazado por varios flancos.

Al cierre de esta edición, las negociaciones entre el sindicato de la automoción United Auto Workers (UAW, en sus siglas en inglés) y General Motors seguían sin producir resultados. Cerca de 50.000 trabajadores de medio centenar de plantas de fabricación han parado. Las huelgas de este tamaño son poco habituales. La última vez que los trabajadores de General Motors la convocaron fue en 2007. Cada día de paro, la empresa pierde cerca de cien millones de dólares, con una repercusión mucho mayor si se contabiliza el impacto en las cerca de diez mil empresas que abastecen o dan servicios a General Motors.

Las reivindicaciones no son nuevas: quieren un convenio con mejoras salariales, garantías de conservación de puestos de trabajo y evitar la fuga de empleos a mercados laborales más baratos, como México. La empresa, por su parte, no quiere pillarse los dedos ante un sector de la automoción en transformación y de futuro incierto.

La movilización tiene una conexión política evidente. El ascenso de Trump al poder tuvo que ver en parte con el descontento de la clase trabajadora del Medio Oeste, que ha visto durante décadas empeorar sus condiciones de vida y cómo las empresas echaban la persiana a la mínima oportunidad y se llevaban la producción a México -en particular, en la automoción- o China.

General Motors anunció en 2018 un recorte de 14.000 empleos y el cierre de cinco fábricas

«¡Los trabajos van a volver!», proclamaba Trump en su campaña electoral, en la que prometía que la gran industria americana volvería a «rugir» en estados como Ohio o Michigan, donde antes había ganado Barack Obama y donde él logró imponerse en 2016. Esas perspectivas no se han cumplido. Sin duda, no lo han hecho en General Motors, que el noviembre pasado anunció un recorte de 14.000 puestos de trabajo y cierre de cinco fábricas en los próximos dos años en EE.UU. y Canadá. Meses antes había comunicado que el nuevo modelo de Blazer se fabricaría en México. Mientras la compañía cerraba plantas y anunciaba despidos, ganó los últimos tres años la cantidad de 35.000 millones de dólares.

General Motors fue rescatada con arcas públicas en lo peor de la crisis financiera de 2008 y los políticos locales han puesto ahora el grito en el cielo, al igual que Trump, que amenazó con eliminar los subsidios que recibe la compañía en la venta de vehículos eléctricos.

La compañía intentó evitar la huelga con una oferta de última hora: inversión de 7.000 millones de dólares, creación de 5.400 puestos de trabajo y mejoras salariales. No fue suficiente, el sindicato quería compromisos a cuatro años y la empresa no quería aceptarlos ante la incertidumbre en el sector: hay una guerra abierta entre California y la Administración Trump por los estándares de eficiencia de consumo que afectan a toda la industria; el nuevo acuerdo de comercio entre EE.UU., Canadá y México todavía no se ha ratificado; la transición hacia los vehículos eléctricos podría suponer un revolcón al mercado laboral; la guerra comercial con China está muy lejos de resolverse; Trump impuso aranceles al acero, a pesar de levantarlos a dos exportadores clave como Canadá y México; y la amenaza de nuevos aranceles a la importación de coches también podría sacudir al sector. Entre tensiones comerciales, políticas, medioambientales y tecnológicas -el desarrollo de los coches sin conductor avanza, pero no acaba de materializarse-, los trabajadores de General Motors tratan de aferrarse al brillo industrial de EE.UU., aunque su futuro está en duda.