Mikel Landa, ciclista del Movistar Team, antes de comenzar una etapa del Tour 2018
Mikel Landa, ciclista del Movistar Team, antes de comenzar una etapa del Tour 2018 - REUTERS

Tour de Francia«Estoy contento, pero venía con tantas expectativas...»

Landa aspiraba «a todo» y se ha visto con los mejores, pero sin poder superarles

Col de PortetActualizado:

«Estoy muy contento con el Tour que estoy haciendo. Lo que pasa es que venía con tantas expectativas... Venía a por todas». En el remolino de vehículos, vallas y gente que había invadido la cima del Portet, Mikel Landa tenía una pelea interna: está con los mejores del Tour y no puede con ellos. «Veo que me he consolidado, que estoy arriba. Pero no esperaba encontrarme aun Thomas tan fuerte. Y me ha sorprendido Roglic». La mala suerte, en forma de caída, le buscó la espalda al inicio de esta edición, en Roubaix. Aquel día botando sobre el pavés se sintió pletórico, con altura para ir a por el Tour. Entonces se cayó. Y no ha vuelto a sentirse igual. «Bueno, queda una etapa de montaña», se animaba. El Tour es una carrera que no se deja domar. Hay que aprender a manejarla poco a poco. Cuando vino, Landa se sentía ante su «primera gran oportunidad». Habrá más.

Hace un año, tras la contrarreloj de Marsella en la que se había quedado a un segundo del podio final, Landa trataba, sentado en una silla plegable, de asimilar su primer Tour como protagonista. A medida que dejaba de sudar se iba calentando. Su compañero Chris Froome había sentenciado la carrera. Era otro éxito para el Sky. El alavés había contribuido a ese triunfo. Fue el mejor escolta del británico en la montaña. Pero pudo haber sido más. Una semana atrás, en fuga por los Pirineos con Alberto Contador, descubrió otro mundo. El madrileño se atrevió a decirle lo que el mismo Landa ni se atrevía a pensar. «Vamos, Mikel, que la armamos, que puedes ganar el Tour».

Ese deseo resultó aplastado por el propio Sky. Fuego amigo. Pero Landa ya había pisado la Luna. Ya estaba en otra órbita. Nunca más sería gregario. Eso se prometió. Como no tiene doblez, lo dijo en voz alta y, como otras veces, le tacharon de rebelde. Lo es. Con causa. Tiene un argumento que le diferencia: el talento escalador.

Ya es el ciclista que soñó ser. Era eso o nada. A Landa le inspiraron los que se atrevían contra Lance Armstrong. Sus referencias fueron Pantani, Mayo... Y luego, rebobinando con vídeos, aprendió a apreciar a ciclistas como Marino Lejarreta, al que no le hizo falta ganar el Tour para ser un ídolo de la afición vasca. Más incluso que las victorias, a Landa le motiva emocionar a su público. Es un dorsal generoso, de los que derrochan. Lo ha demostrado este Tour: no era el más fuerte ni en le Alpe d’Huez ni en Mende, pero atacó esos dos días. Se arrimó al fuego y se quemó. «Hoy en el Portet venía con ganas, pero cuando ha arrancado Roglic no he podido seguirle», confesó. No ha podido todo lo que quiere.

En abril de 2015, antes del Giro que le vio tutear a Contador, declaró: «Soy ambicioso». Casi nadie le escuchó. Su brillo inicial se había apagado. Para Landa todo fue sencillo al principio. Es el privilegio de los elegidos. Cuando, por culpa de un amigo de clase, dejó el fútbol por el ciclismo, comprobó que tenía el don. Era la estrella. Miguel Madariaga vio ese destello y le ofreció, aún juvenil, una beca en la Fundación Euskadi. Fue el primer becario. Ingresó en la Funcación, en el Naturgas.

Subía firme las escaleras de su sueño. Vestir un día el maillot naranja de Iban Mayo. Ser un ciclista valiente. En 2011, con 21 años, ya estaba en el Euskaltel-Euskadi. Y ganó, tremendo fogonazo, la etapa ‘reina’ de la Vuelta a Burgos en la Lagunas de Neila, después de haber trabajado todo el día para Samuel Sánchez. Al batir a «Purito» Rodríguez y Juanjo Cobo, sus compañeros y técnicos le abrazaron, sorprendidos por aquel destello. A Landa le extrañó tanta euforia: «Bueno, bueno, que a mí no me ha ganado nadie en un final en cuesta». Fácil, como siempre.

Luego entendió que al talento hay que forrarlo de trabajo. Y de fuerza mental. Lo aprendió a golpes. Varias caídas y un virus le frenaron. El cierre del Euskaltel en 2013 le obligó a emigrar al Astana. La enfermedad vírica le tapó en el conjunto kazajo. Casi se olvidaron allí de Landa. Hasta que mató al virus y ganó en Aia una etapa de la Vuelta al País Vasco 2015. Un mes después, en el Giro, subió el Mortirolo como si nada. Y cuando Contador quiso intimidarle camino de la meta de Áprica, le respondió con un ataque. Venció en una de las metas de Pantani. Y pudo haber hecho más. Pero su director, Martinelli, le ordenó parar en la Finestre cuando había dejado atrás a Contador. Martinelli sólo pensaba en Aru. Ató a Landa. Se equivocó, como el mismo técnico italiano reconoce ahora. Tarde.

Por eso se fue Landa del Astana. Al Sky. El conjunto británico le reservó el coliderato para el Giro 2017, a la par de Geraint Thomas. A los dos los tiró una moto en el Blockhaus. Thomas se retiró. Landa, casi. Tenía una pierna abollada. No tenía ganas de seguir. Le tentó rendirse. Y en ese cruce del destino, eligió el camino más duro. Ya no era el chaval que todo lo hacía con facilidad. Ya era un ciclista maduro. Aguantó el dolor y fue el mejor en las tres etapas dolomíticas. Ganó una y mereció las tres. Mes y medio después, Contador y los Pirineos le terminaron de convencer de que el Tour estaba a su alcance. A eso ha venido este año. La caída de Roubaix le torció el plan. Nunca es fácil el Tour. «Estoy con los mejores», repite tras una valla del Portet. Queda el gran salto: ser el mejor. Tiene 28 años y unas cuantas ocasiones más.