Tour de FranciaEl animador del Tour

Alaphilippe, líder de la montaña y ganador de dos etapas, era un niño rebelde y hoy es ejemplo de disciplina

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A Julian Alaphilippe no dejan de compararle. Por sus gesgos en carrera, en Francia le ven como el nuevo Voeckler. Y por su pegada le ponen en el espejo de Valverde. Algo de todo eso tiene. Ya fue segundo tras el murciano en la Flecha Valona 2016 antes de ganarle este año. Es como si Valverde fuera una de sus inspiraciones. Voeckler, también. El Tour idolatra a los ciclistas con coraje, a los agitadores. Alaphilippe tiene eso y más: velocidad, pegada, habilidad en los descensos y, ahora, es el líder de la montaña. Porta la túnica de lunares. Sólo el amarillo pesa más en el Grande Boucle. Con Pinot fuera de la ronda gala y ante el apagado rendimiento de Bardet, Francia se agarra a su nuevo Virenque. Otra comparación. Le persiguen a Alaphilippe.

En 2016 conoció el Tour. «Para ser alguien hay que acabar esta carrera», declaró entonces. Nunca había disputado una prueba de tres semanas, ni de dos. Descubrió el Tourmalet, el Ventoux. Y la carrera le vio a él, tan descarado. «Corro cada día como si fuera el último». Ese año, en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro acabó cuarto tras caerse en el descenso hacia la playa de Copacabana. Aún le duele el oro que no tiene. Con apenas 26 años, tendrá otro ocasión en Tokio 2020. Esa cita olímpica verá a un corredor maduro, algo que en Alaphilippe parecía imposible.

Su biografia es una paradoja. De niño hiperactivo y rebelde a ciclista profesional conocido por su autodisciplina. Nació en una familia por la que pocos apostaban. Su padre, que ya se acerca a los ochenta años, tiene treinta más que su madre. Era el dueño de un orquesta, de esas que amenizan fiestas, bautizos, verbenas y bodas. Tocaba el batería. La madre cargó con los hijos. Y Julian era una ardilla. Incapaz de pegar un ojo a los libros. Tuvieron que sacarlo de la escuela. A casa. A aprender con un curso por correspondencia. Las dificultades con los estudios se convertían en facilidad para el ejercicio físico. «Julian habría triunfado en cualquier deporte. Le he visto subir escaleras con las manos», relató un amigo suyo en el diario «L’Equipe».

A la familia le vino mal el progreso. Los nuevos tiempos. Los «disc-jockeys» ocuparon el lugar de las orquestas. Jubilaron al padre tras cuarenta años ambulantes. Julian trabajó en un taller, reparando bicicletas y motos. Siempre le tiró la velocidad. Soñaba con el tener el Porsche 911 que hoy tiene. Pero para eso tuvo que centrarse en algo, en el ciclismo. Hábil por genética, destacó sobre el barro del ciclocross. Le fichó el equipo de la Armada francesa. Un diablillo como él entre soldados. «Me vino bien. Aprendí a ser disciplinado», agradeció luego. Lo es: ha desvelado que llega a entrenarse durante ocho horas y 300 kilómetros, con repeticiones de series de intensidad. A veces, los niños hiperactivos sólo necesitan algo en lo que desfogarse.

Le gusta su mote, el «lobo». Y se siente a gusto en la exposición a las redes sociales. Sube fotografías y vídeos con sus bromas y cabriolas sobre la bicicleta. O con sus solos de batería, el instrumento de su padre, su favorito. No se despega de su familia. Ya profesional, condujó 900 kilómetros la caravana para trasladarse con los suyos a un campeonato de Francia. Como cuando era niño en aquellas vacaciones al aire libre. Su oficina tenía que ser así , sin techo: el Tour.

A tres días de llegar a París, tiene ventaja de sobra para celebrar el reinado de la montaña. Subirá al podido de los Campos Elíseos. Y con, al menos, dos etapas en el currículo. Venció en Le Grand-Bornand y también en Bagneres de Luchon, como Voeckler. Esa tarde, el triunfo parecía de Adam Yates, que coronó con ventaja el Portillón. Había que arriesgar. Y el británico patinó. Alaphilippe, que le pisaba la sombra, es un equilibrista. Ni las motos le siguen cuesta abajo. Eso, bajar como él, no lo enseñan los libros. Se aprende en la calle, donde se educó el hoy ejemplar Alaphilippe. Ha cogido tanto tamaño que ya no hay que compararle con nadie. «¿Voeckler? ¿Valverde? No, yo soy Julian Alaphilippe». Y dispara un guiño con su barba de espadachín. Pícaro.