La Sala Compañía, que guarda el recuerdo del tributo más reciente a Vargas Monje.
MEMORIAS DE LA FRONTERA

Palabra y memoria de Juan Vargas Monje

Juan Vargas Monje era un gigante. Así lo considera Yhamile Jojo, algo más que su viuda literaria y la conservadora de los escritos de este malogrado gitano de Jerez que una mañana apareció muerto en la humilde cueva del Sacromonte de Granada, en donde sólo se alimentaba de café, de arroz y de lentejas, a juzgar por los escasos víveres que encontraron en su domicilio: «Todavía recuerdo cuando me avisaron. ¿Cómo iba a ser posible un mundo donde no estuviera?», se preguntaba ella el pasado miércoles en la sala Compañía de Jerez de la Frontera, ante el numerosísimo público que acudió a la presentación de El loco romántico, naturaleza viva, una antología de sus textos que acaba de editar el servicio de publicaciones de la Universidad de Cádiz.

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Junto a ella, la diputada Ana Mosquera o Pepe Sumariva, un poeta autodidacta, medio sanluqueño, medio italiano, el último mohicano de lo que él sigue llamando el trío de Los Majaretas, del que también formaba parte Juanete Vargas: «Al final de su vida, ya no le gustaba que le llamaran poeta, pero lo era», anunciaba antes de leer como un rapsoda algunas de sus rimas póstumas que Yhamile ha ido recuperando y ordenando con mimo: «El era un maestro zen, sin tener ni idea de lo que era el zen», le describen.

«Me encontré con un montón de folios metidos en una caja -comenta en torno a aquellos textos, muchos de los cuales todavía están por publicar-. No me extrañó nada, Juanete siempre escribía. Fue cuando me di cuenta que no había muerto, aún vivían sus palabras entre aquel caos de hojas. Pero, ¿a quién le pueden interesar? Si ya en vida pocos percibían el extraordinario conocimiento que latía en sus adentros, ¿cómo hacerlo ahora que él no está? No me detuve en esas preguntas, qué va, me movió una certeza crucial y empecé a reunir hojas y a transcribirlas, sin orden de ningún tipo. No hubiera podido hacer otra cosa, pocas personas podían leer su particular caligrafía ajena a cualquier aprendizaje académico; ese era el salvaje atractivo que me empujó hacia él primero, y luego acunó la tristeza que me deshizo cuando me enteré de la soledad de sus últimas horas cara a la muerte».

Entre el público, estaba su familia directa y sus hijos Nur o Sol, que mantienen vivo el linaje de un cantaor raro, que componía sus propias letras y que llegó a grabar discos a los que el mercado no sacó todo el provecho posible. Muchos flamencos jerezanos se sumaron a un fin de fiesta en su memoria, en el que fue posible escuchar sus propias letras en la voz de sus paisanos.

A juicio de Pepe Sumariva, Juan Vargas Monje era aquel andariego capaz de escribir hermosos versos dedicados a Ronda después de lavar su saco de dormir manchado con excrementos de cabras, un percance más entre muchas otras peripecias en un largo viaje iniciático. Con el, trotó por media España, maleantes en cualquier caso, más que vagos, «porque hubo días que anduvimos 60 kilómetros en una sola jornada».

Su vida transcurrió entre 1953 y 2004: «Loco por mi inquietud cósmica y creativa. Romántico porque siento la sensibilidad del arte», se definió a sí mismo en las páginas de El Periódico del Guadalete. Su amigo Sumariva todavía recuerda el día que impresionó tanto a unos alemanes que se lo llevaron en su cochazo a Berlín, sin saber ellos una palabra de español y sin conocer él ni papa de alemán: «Imaginó que allí se lo iban a rifar, pero volvió pronto, después de cantar por las calles y por los bares, en cuanto descubrió que no era así».

Su palabra, ahora, guarda silencio. Pero su memoria ya no.