Ministerio de Educación Íñigo Méndez de Vigo: el ministro que llegó (y se quedó) para pacificar las revueltas aguas de Educación

Nacido en Tetuán en 1956, ha demostrado ser el negociador incansable de la última legislatura tras la salida de Wert, padre de la discutida Lomce

El todavía ministro de Educación en funciones, Íñigo Méndez de Vigo
El todavía ministro de Educación en funciones, Íñigo Méndez de Vigo - EFE

Es el negociador por excelencia. Tranquilo en las formas y ágil en las respuestas. Lo demostró durante su larga etapa como eurodiputado. Y lo ha confirmado tomando las riendas de un Ministerio que se dirigía a galope tendido hacía un sector educativo levantado en armas contra la Lomce de Wert. Ahora, no solo repite como ministro de Educación Cultura y Deporte sino que se convierte también en el portavoz del Gobierno, en la cara visible del Ejecutivo de Rajoy, un puesto de máxima relevancia.

Méndez de Vigo fue nombrado ministro a solo cinco meses de las elecciones del 20 de diciembre de 2015 y apenas dos meses después de llegar al cargo se encontró con doce comunidades que le exigían paralizar la implantación de la ley a quince días de que empezase el curso. Anunció que separaba la aprobación del Real Decreto que debía regular las conflictivas evaluaciones finales de ESO y Bachillerato del que detallaba las de Primaria, y no solo las clases comenzaron sino que la ley continuó su implantación. Además de ganar tiempo, adelantó y abrió la que ya es la principal línea negociadora del Gobierno en el pacto por la Educación, la eliminación del carácter académico de las reválidas.

Dialogante y abierto –se ha reunido absolutamente con todos los representantes del sector educativo–, sabe también en qué momento ser firme. Como cuando dio el puñetazo sobre la mesa y envió a través de la alta inspección requerimientos a siete comunidades autónomas ante el descontrol de la realización de la evaluación final de Primaria a finales del curso pasado. Y es que para este letrado en Cortes en excedencia y experimentado abogado, «las leyes están para cumplirlas», como ha repetido en más de una ocasión.

Pese a lo complicado del departamento que ha ocupado, quienes le conocen aseguran que se ha encontrado muy a gusto. El mundo de la cultura le apasiona, como lector compulsivo que es, y en el de la Educación se ha reencontrado con unas dotes negociadoras forjadas durante su etapa como miembro del equipo que redactó la nonata Constitución Europea. Infatigable y cercano a todos, sus jornadas de trabajo son exhaustivas. Da igual que haya llegado de un viaje en coche a las cuatro de la mañana, a las ocho ya ha leído la prensa. Puede tener hasta tres actos en tres lugares diferentes y acudir a todos vestido como marca el protocolo. En un discurso cita con fluidez a Goethe en su propio idioma, y también a Shakespeare o a Montesquieu, y se mueve con soltura en el mundo académico (ha sido profesor universitario y es titular de la Cátedra Jean Monnet de instituciones europeas) al igual que en el cultural (es nieto de la escritora Carmen de Icaza). Sabe estar en todos los niveles y quizá por eso sus críticos le acusan de haber ocultado su falta de decisiones relevantes tras la pantalla de unas formas impecables. Pero se olvidan de recordar que ha estado más tiempo en funciones que con plenos poderes. Y con tan estrecho margen de maniobra, ha sabido moverse como pocos pese a lo revueltas que bajaban las aguas a las que se arrojó. A partir de hoy podrá volver a demostrar que sobre la base de la sensatez, todo es negociable.

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