El Apunte - Opinión

El terrible caso de Jerez

Las prácticas mafiosas contra concejales muestran hasta dónde ha llegado la tensión política

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Es una evidencia que las relaciones políticas se han ensuciado, enturbiado, de unos meses, de un par de años, hacia acá. La aparición de los indignados como opción política legítima, heredera de un poético movimiento ciudadano, el cambio del mapa partidista y el bloqueo para formar gobierno ha mutado en un radicalismo que empuja hacia los extremos todas las posturas.

Cuando se habla de todas es difícil hacer una excepción. Los que defienden cualquier idea o critican cualquier otra, sea del signo que sea, lo hacen ahora –en muchos casos, en demasiados– con una vehemencia que roza la violencia, criminalizando al otro en una teoría de la conspiración permanente, sin respetar discrepancias ni dudas, en un ajuste de cuentas permantente que ni entiende ni respeta oposiciones. Se llega a desear el mal al votante de otra formación, se insulta a los que votan a cualquier partido distinto al propio, se desprecia con facilidad, se llega a la amenaza, algo que nunca se había visto en España al margen del País Vasco en los últimos 30 años.

Cuando se lamenta que el clima político resulta irrespirable no sólo hablamos de parlamentos, plenos, declaraciones, dirigentes, corrupción e incapacidad para el diálogo. También hay que referirse a la política en primera persona, a la particular y privada. Nunca ha sido tan fácil como en estos días que alguien retire el saludo a un conocido por una opinión o crítica, que alguien decida callar sus ideas en una reunión familiar por tal de tenerla en paz. Aunque sean casos esporádicos, son más de los que nunca fueron en los últimos años y eso es motivo de preocupación.

Los ejemplos para respaldar esta sensación son muchos. Cada uno los tendrá privados pero cada vez tenemos más públicos y notorios. El de Jerez es, sin duda, el más grave, el más doloroso y duradero, el que más debe llevarnos a la reflexión. Que un cambio legal en el Ayuntamiento, la aplicación de una norma que retoca horarios, limita horas extras y complementos acabe en ataques terroristas sistemáticos debe asustarnos a todos.

El caso estalló a finales de abril y no cesa. Pintadas a la entrada del colegio de los hijos de concejales, amagos de agresión y acoso, daños con ácido, destrozos en los coches de los ediles, aparcados bajo sus casas, con el mensaje sibilino de los mafiosos: «Sé dónde vives, estoy dispuesto a ir y si hago esto, imagina qué más podría hacer». Ese es el mensaje. Es el terror. A esas alturas hemos llegado. Por unas horas extras, por unos complementos, por el horario, por una discrepancia sobre una norma administrativa. Para pensar.

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