Extraño gordo

Viendo a los premiados costaba captar el acusadísimo hecho diferencial

Luis Ventoso
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EL viernes, cuando el Supremo mantuvo preso al sedicioso Junqueras, Urkullu no tardó en quejarse y reclamar al Gobierno que reconozca lo que él llama «la realidad plurinacional del Estado». Según el presidente vasco urge una «soberanía compartida». ¿Por qué? Pues ya lo saben: porque en el País Vasco y Cataluña existe un acusadísimo hecho diferencial y una historia «propia» que se pierde en la sima de los tiempos, lo que convertiría en «naciones» a lo que siempre fueron dos regiones españolas. Urkullu, catalogado como moderado, no se apea de la liturgia victimista propia del nacionalismo. El concierto vasco debe respetarse por figurar en nuestra Constitución, aunque de facto supone un agravio para el resto de las comunidades (y más tras el reciente cheque-regalo expendido por Rajoy al PNV para salvar los presupuestos y conservar el poder). Pero pese a gozar de tal bicoca, Urkullu no pierde ocasión de lamentar el supuesto maltrato al País Vasco, nación diferenciada que según él «no encaja» en España.

Los cien millones del gordo del Niño cayeron ayer sobre la estupenda e industriosa ciudad de Bilbao, en Deusto y Arangoiti. Como aseguran que Urkullu es muy serio, muy cabal y muy moderado, uno, que no deja de ser un gañancete de La Coruña, cree a pies juntillas todo lo que proclama tal referente. Así que cuando supe que la lotería había tocado en Deusto, y conocedor del acusado hecho diferencial, de inmediato imaginé a los vecinos tocando la txalaparta y la trikitixa para expresar su júbilo, brindando con txacolí, bailando al estilo dantzari ataviados con las pertinentes txapelas y blusones y dando vítores de felicidad en euskera. Pero cuando llegaron las imágenes de la administración y el bar donde había caído el gordo ocurrió algo extrañísimo, que espero que Urkullu nos aclare pronto. De entrada, los agraciados tenían unos rostros perfectamente intercambiables con los que se veían en las celebraciones de Villalba o Murcia. También vestían de manera idéntica, con esa ropa confortable tipo zaras y cortefieles común a todas nuestras ciudades. Del euskera, ni rastro: aquellos extraños vascos diferenciales hablaban todos en español, idioma en el que estaba también cada letrero. La bebida diferencial con que brindaban era un espumoso de Rueda (Castilla).

Si la celebración hubiese ocurrido en Belfast, Baviera o Burdeos, cualquier observador percibiría al momento las peculiaridades extranjeras: otras lenguas, otras pintas, otros ritos. Pero resulta que los diferenciales de Deusto y Arangoiti comparten nuestra religión, la católica; hablan mayoritariamente nuestro idioma, el español; siguen nuestra Liga; compran en Zara y El Corte; se flagelan con el mismo «Sálvame»; comparten historia con nosotros desde hace más de 500 años; chatean con rioja y rueda, salen de tapas, les gustan Sabina y Bisbal, y tienen sus hipotecas en el Santander y el BBVA y el móvil en Movistar. Así que aunque admiro muchísimo al «moderado» Urkullu, sus lamentos perennes y sus esfuerzos de ingeniería social desde el poder, lamento deducir que España existe -también en el País Vasco-, y además tiene pinta de que va para rato.

Luis VentosoLuis VentosoDirector AdjuntoLuis Ventoso