Familia - Vida sana

Sonia Cervantes: «No hay peor tormenta que la que te armas en tu cabeza»

La psicóloga de Hermano Mayor explica en su último libro cómo dejar de sobrevivir y empezar a vivir con alegría

Sonia Cervantes es la autora del libro «Vives o sobrevives»
Sonia Cervantes es la autora del libro «Vives o sobrevives» - ERNESTO AGUDO

«Vives o sobrevives» es el libro que más le ha costado escribir a Sonia Cervantes. Su elaboración pilló a esta psicóloga, famosa por su intervención en el programa Hermano Mayor, en plena enfermedad y muerte de una persona muy querida para ella. Tanto le afectó, que tuvo que pedir una moratoria a la editorial para terminarlo. «Me ponía delante del ordenador y era tal el sufrimiento... que me veía incapaz», confiesa. «Pensaba, venga va, ha muerto, pero hay que seguir adelante. Y no. Había pasado, estaba fastidiada, y no podía acabar de escribir un texto que estaba precisamente destinado a personas que querían dejar de sobrevivir y empezar a vivir con alegría, ilusión, valentía e intensidad», reconoce, con los ojos empañados en lágrimas.

Hasta el punto que le tuvo que dar una vuelta a esta obra, editada por Grijalbo. «Tuve que reconocer que estaba escribiendo una serie de cosas que no estaba cumpliendo. Decía "no te quejes", "acepta el sufrimiento"… y a la vez preguntándome, "pero cómo puede ser esto", "no puede ser que haya pasado"...». «Tuve que tomarme mi tiempo para aceptar que estaba mal y volver a arrancar. De otra forma, tendría que haber abandonado».

El resultado final de «Vives o sobrevives» es una invitación a no acomodarnos. A ser críticos con nosotros mismos y proyectarnos hacia una vida mejor. «A reprogramarnos y a actuar positivamente para vivir de verdad», resume la propia Cervantes.

—En este caso había un motivo muy fuerte para estar mal, la muerte de un ser querido, pero hay mucha gente a la que no le pasa nada objetivamente hablando y se encuentra realmente mal. Y no estar mal, apunta usted en su libro, «no significa necesariamente estar bien».

—En efecto. Por eso yo recomendaría mi libro a todo el mundo que quiera conocerse un poco más pero, sobre todo, a esas personas que vienen a consulta con mucha culpabilidad aunque no esté pasando nada malo en su vida. No han perdido el trabajo, ni una pareja, ni se les ha muerto nadie, ni están atravesando un proceso de enfermedad, pero no son felices, y no saben por qué. Esas personas que tienen que sobrevivir diariamente, y luchar contra ellas mismas, que son muchas. Hay demasiada gente que lo está pasando mal pero como no les ocurre nada objetivo (tienen un marido, hijos, trabajo...) entienden que no tienen derecho a quejarse. Pues sí señores, tienen derecho a estar mal e incluso a quejarse, pero también la obligación de mover ficha si no están bien.

—La gran diferencia entre unas personas y otras, tal y como usted asegura, está en quejarse y no hacen nada para estar mejor o en quejarse y actuar. ¿Por qué muchos no mueven ficha?

—Las personas que no aceptan no pasan a la acción. La no aceptación te lleva a la evitación, a no hacer nada, y a quedarte en la zona de confort. La no aceptación es la negación. Seguro que usted ha escuchado a gente que no está pasando un buen momento que dice: «es que no quiero estar así, ¿por qué me ha tenido que pasar a mí?, no es justo...». En lugar de eso estas personas tendrían que empezar a decir: «estoy fastidiada, estoy mal, pero ¿qué puedo hacer con esto?».

—Dice usted que somos profesionales de la «procastinación»: mejor lo dejamos para más adelante.

—Muchas veces hay pereza, o la fantástica excusa de no tengo tiempo, y luego la inseguridad personal. El miedo al fracaso a veces, a no hacerlo bien, también imposibilita la acción. De todas maneras, actualmente «procastinar» está considerado un trastorno. O al menos, un síntoma de que algo no funciona. Es propio de personalidades evitativas, o con déficit de atención. Hay un problema de automotivación en la sociedad. Nuestra propia inseguridad personal nos lleva a una reflexión peligrosa de ¿total, para qué, si no lo voy a hacer bien? Necesitamos factores externos que nos motiven cuando tendríamos que buscarla en nuestro interior.

—En el ámbito educativo infantil también está muy de moda la motivación.

—Cuidadito porque lo que está ocurriendo, porque los refuerzos que se establecen mal desde la más tierna infancia llevan a la «procastinación» de adulto. Estamos convirtiendo a los niños en personas focas que solo harán algo si reciben su ración de pescado. «Si haces esto te daré un euro». Error. «Si estudias iremos al parque». No, el niño estudia porque tiene que estudiar, e irá al parque cuando su padre quiera, no porque ha estudiado. La mala aplicación de los refuerzos nos lleva muchas veces a no tener ningún tipo de motivación más allá de la externa que pueda recibir.

—La falta de motivación parece un problema que no existía en sociedades pasadas.

—Para empezar, los seres humanos que hay ahora en la tierra conforma la generación con más acceso a información de la historia de la humanidad. Hay tanta información que estamos intoxicados. Este exceso de información los americanos lo llaman «infoxication». Segundo, la gran mayoría (algunos no, desgraciadamente) tenemos las necesidades básicas cubiertas. No tenemos que preocuparnos de si vamos a encontrar agua o comida o si vamos a dormir en un sitio caliente. Y como tenemos las necesidades cubiertas nos generamos lo que se llama «necesititis»: hablamos de cosas que nos gustaría tener pero que realmente no necesitamos.

¿Por qué supone tanto problema en esta sociedad? Porque no sabemos diferenciar entre el quiero / lo necesito. ¿Yo quiero tener un buen coche? Sí, ¿Quiero tener un buen teléfono, dinero? Otra cosa sería el «necesito mucho dinero, o el mejor teléfono». Ahí es cuando nos empezamos a neurotizar. También es cierto que hay mucha distracción para nuestro cerebro. Estamos sometidos a una multiestimulación brutal. Ahora hay más casos de ciber-adicción que nunca. Yo creo que el cerebro está mutando hacia un déficit de atención. Es una defensa. Nuestros abuelos sin embargo aprendieron una cosa que ahora estamos tratando de recuperar: se trata de vivir el aquí y ahora. Ahí está la clave de todo. Hoy es viernes, 27 de mayo, y mañana, Dios dirá. Es una frase muy antigua, pero muy bien llevada.

—Mientras aprendemos eso, nos agobiamos con lo que podría pasar dentro de 6 meses.

—Viajamos neuróticamente, tanto al futuro como al pasado, y no aceptamos el presente, cuando lo ideal es viajar sanamente, y recordar un día que pasamos una tarde juntas o hacer planes para ir a la playa la semana que viene. ¿Qué es viajar neuróticamente en el tiempo? Es escapar de un presente que no me gusta, y refugiarme en un pasado en el que se vivió mejor. Primero porque si lo hice mal, me culpo, pienso en cómo pude hacerlo, y en que estoy así de mal por culpa de lo que hice. O me entristezco si estaba muy bien. En ese caso la reflexión sería: con lo bien que estaba y lo mal que estoy ahora.

Por contra, si viajo neuróticamente hacia el futuro no hago planes. Me convierto en Nostradamus y todas las profecías. Pero ojo, porque viviendo en «ysilandia» no se genera nada bueno: «y si me quedo sin trabajo, y si mi mujer me deja, y si mis hijos sufren, y si tengo una enfermedad grave, y si esto que me ha salido aquí es un cáncer…».

Insisto, viajar neuróticamente en el tiempo es la no aceptación del aquí y del ahora. Es super habitual hoy en día, pero a nuestros bisabuelos no les pasaba. A ellos les bastaba que hoy hubiésemos pasado un buen día y lo demás, ya se vería.

—Por último, usted asegura que es muy importante como nos contemos a nosotros mismos la película.

—Tú eres tu propio enemigo. De hecho, muchas veces los cambios se producen cuando dejamos de hablar de una manera determinada. Me explico. Nos sale algo mal, y nuestro lenguaje interno dice: «es que soy una inútil. Cómo he podido equivocarme en esto. Es que es culpa mía, es que siempre me pasa lo mismo». Este lenguaje genera una emoción, y nos afecta de una manera determinada. Pero no es lo mismo «soy una inútil» a «mira, siento que esto que he hecho, al final no ha servido para nada». Debemos reaprender a focalizar un poco, si es que hubiera que juzgar, que creo que no. Por si acaso cuando nos analicemos, deberíamos analizar más lo que hacemos, no lo que somos. Es decir, si uno se levanta de buena mañana y tira el café, en lugar de soltar «vaya desgracia» es mejor decir «pues qué manera más tonta de empezar el día». Cambia mucho la emoción.

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