En España 13.500 niños esperan los cuidados y el cariño de una familia de acogida

Dar a conocer esta medida de protección infantil es el objetivo del III Congreso del Interés Superior del Niño, que se celebra en Madrid hasta mañana jueves 30 de noviembre

MADRIDActualizado:

La acogida familiar de niños tutelados es una forma de familia poco conocida. Se suele decir que es la «hermana pobre» de la adopción, pero en España existen más de 20.000 menores bajo este régimen de protección infantil temporal. Es decir, que por un tiempo (que varía en función del tipo de acogimiento y que puede ir desde unos meses hasta la mayoría de edad) reciben los cuidados y los cariños de una familia que no es la suya, mientras se trabaja por el retorno con su familia biológica o extensa (tíos, abuelos...).

Sin embargo, advierte María De Araúz, vicepresidenta de la Asociación Estatal para el Acogimiento Familiar (ASEAF), «es importante recordar que hay otros 13.500 pequeños esperando un hogar que nunca llega». Niños que por su situación de desprotección, explica Jorge Cardona Llorens, miembro del Comité de Derechos del Niño de Naciones Unidas y catedrático de Derecho Internacional Público en la Universidad de Valencia, «viven una vida “normalizada” en hogares residenciales tutelados por la administración, mientras van al colegio y reciben los cuidados cualificados de trabajadores sociales, de psicólogos... pero que sueñan con unos abrazos que cambien sus vidas y que solo se los puede dar una familia de acogida».

Cultura de acogimiento

Dar a conocer este complejo recurso y crear una cultura del acogimiento que «no existe en nuestro país», denuncia De Araúz, es el objetivo del III Congreso del Interés Superior del Niño, organizado por ASEAF en colaboración con la Dirección General de la Familia y el Menor de la Comunidad de Madrid y que finaliza mañana 30 de noviembre. La realidad, asegura De Araúz, «es que hay muchas personas que abrirían sus casas y sus corazones a estos niños pero que no lo hacen porque desconocen que existe esta opción. Es necesario que se informe más sobre la acogida, poniendo ojos y cara mediante testimonios», señala.

Perfil buscado

«Insisto, si hubiera más visualización del acogimiento, existirían más familias tan “locas” como para atreverse a formar parte de esto. El papel del Ministerio de Sanidad está siendo determinante a la hora de dar visibilidad a esta medida, de por sí compleja», reconoce esta mujer, madre biológica y también de acogida. «Tampoco se buscan superhéroes ni personas con muchísimos recursos. Suelen ser familias de nivel medio, a los que esto les supone tener que ajustarse un poco más el cinturón y que, por lo general, dada la escasez de las ayudas, pagan de su propio bolsillo los especialistas que los pequeños puedan necesitar. Esta es la forma de ejercer la paternidad más generosa que existe, porque la entrega es excepcional. Hay que tener en cuenta que no saben si el niño que están cuidando se quedará finalmente con ellos, o si pasado un tiempo regresará con sus padres», aclara Olvido Macías, autora del libro «Hogares compartidos», donde recoge el testimonio de veintiséis historias de acogida.

Entender ese punto es crucial para el éxito del proceso, remarca Alberto San Juan Llorente, director general de la Familia y el Menor en la Comunidad de Madrid, para quien las familias deben tener claro «que, en principio, no se pueden quedar con un niño de acogida. Acercarse a este sistema porque no se ha podido adoptar es un gran error. Por eso tenemos la obligación de explicar al mundo en qué consiste el acogimiento, y dejar claro que no es la “hermana pequeña” de la adopción, aunque puede que el origen del menor en desamparo haya sido el mismo. Hay una diferencia básica que es necesario tener muy en cuenta, y es que el objetivo final de esta herramienta es, siempre que sea posible, facilitar el retorno del menor con su familia biológica», insiste.

Todas las garantías

El fin «debe ser el regreso con la familia extensa —corrobora De Araúz—, pero es cierto que hay veces que es implanteable. Lo que hay que buscar es hacerle entender al chaval la realidad que tiene y garantizarle una estabilidad». Para que ese retorno sea posible «se debe contar con todas las garantías», advierte Salomé Adroher, profesora de la Facultad de Derecho de la Universidad Pontificia de Comillas y ex directora de Servicios para la Familia y la Infancia del Ministerio de Sanidad. «No basta con que haya una evolución positiva de los padres, sino que el cambio tiene que ser total». «No vale con el alta médica, pongamos por caso, de la madre drogadicta. Esta tiene que demostrar que tiene capacidad de ofrecer los cuidados, estimulación, atención y estabilidad necesarias», asiente Jesús Palacios, catedrático de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Sevilla. De hecho, concluye Adroher, «un retorno con un nuevo fracaso es mucho peor que si un niño se mantiene en un centro, pero este aspecto sí que ha cambiado desde la aprobación de la Ley de Protección a la Infancia y la Adolescencia de 2015, que defiende el interés superior del niño como criterio básico y que es el principio que rige en todos los procedimientos de acogida».