Antonio Lázaro

El ocaso de los héroes Antonio Lázaro

«Nadie me quitará los sueños de gloria a bordo de mi Orbea...donde seguía siendo ese niño de provincias que soñaba con Ángel Nieto»

POR ANTONIO LÁZARO - Actualizado: Guardado en: España
Ha muerto con las botas puestas. Conduciendo un sucedáneo de moto pero sobre el asfalto, navegando sobre ruedas, en su entorno natural. Había sufrido decenas de caídas y varias roturas de huesos por toda su pequeña y poderosa anatomía. Varias veces, en sus propias palabras, creyó que se trataba del «fin de la película». Y de repente, en su querida Ibiza, en un lance de tráfico aparentemente menor, la Parca, que tantas veces lo acechara en los mejores circuitos de todo el mundo, le ha segado la vida al fin, cuando su temperamento familiar y entrañable no le auguraba otra cosa que una plácida vejez.

¡Cuánto nos hizo soñar Ángel Nieto! Debo decir que los dos puntales, los dos grandes referentes épicos de mi adolescencia, fueron Luis Ocaña y él, los dos, de diferente modo, trágicamente desaparecidos de esta dimensión. Cada mes, compraba anhelante en la librería/kiosko Estudios de Cuenca el último número de la revista Motociclismo, donde rugía en aquellas fotos desvaídas en blanco y negro la Derbi de Ángel. Las caídas y ascenso al podio de París de Ocaña, sus bajadas a tumba abierta, su rostro destrozado, solo admitían comparación con las hazañas sobre aquellos frágiles bólidos de dos ruedas (capaces de rozar los 250 kilómetros por hora) que Ángel pilotaba.

Para siempre en el recuerdo aquel GP de España en el Jarama, creo que en 1971, en que Nieto se cayó en los 50 perdiendo la carrera y el título. El público, defraudado, se empezaba a retirar. Ángel desde la megafonía anunció que no se fueran, que correría en 125. Y ganó carrera y título, heroicamente, incapaz de bajarse por sí mismo de la máquina, con no sé cuántos huesos rotos. Furia española y de la mejor estirpe, un zamorano de Vallecas hecho a sí mismo. Capaz de trasladarse con lo puesto a Barcelona, sede de la industria de la moto en la España de los 60 y 70, y conseguir emplearse como mecánico en Bultaco, Ducati y Derbi, hasta hacer de esta marca (ya como piloto) un icono indeleble del motorismo mundial.

Doce más uno era supersticioso pero ninguna bruja, ningún pálpito le avisó de que el destino lo aguardaba tenaz y fatal en una encrucijada de Ibiza a bordo de su quad, un vehículo lúdico pero al parecer no tan inocuo como se pensaba. Es como un final de época: los últimos héroes se apagan, aquellos que nos hacían evocar las proezas de Héctor o de Aquiles en un mundo cada vez más aburguesado y comodón. Luis Ocaña, al que tuve el inmenso honor de conocer personalmente en los 90, un mes antes de su muerte, rechazó cortésmente mi proposición de hacer sus memorias en clave literaria. Estaba enamorado y quería triunfar como director deportivo: al mes dicen que se suicidó. Ahora, lo de Ángel. Era a sus 70 años un chavalito de Vallecas aunque hubiera ganado 90 grandes premios en todo el mundo y 12 más uno campeonatos del mundo, ¡se dice pronto! La tragedia acecha siempre a la grandeza.

Nadie me quitará los sueños de gloria a bordo de mi Orbea con cambios de marcha, y cómo yo era alternativamente Ocaña y sus feroces antagonistas: Merckx, Gimondi, Van Springel, Poulidor… O Ángel Nieto en aquella Ossa que nunca quiso arrancar y luego, sucesivamente, en un Vespino y dos Vespas, y ya en la edad adulta, sobre la KZ400, donde seguía siendo ese niño de provincias que soñaba con Ángel Nieto.

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