Los manifestantes aplauden a la Jefatura Superior de Policía de Barcelona - IGNACIO GIL

Manifestación por la unidad de España en Barcelona«Gracias por venir»

Con su pletórico despertar, la mayoría silenciosa devolvió ayer a la «señera» su significado

BarcelonaActualizado:

Una de las claves argumentales de este momento español consiste en determinar qué cosas son las que entran por la Diagonal. La posibilidad de que fueran carros de combate quedó postergada por la infinidad de autobuses cargados de constitucionalistas expedicionarios que en la madrugada del domingo abarrotaban los alrededores de la plaza de Cataluña.

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Mientras, los destellos de las pantallas del Hard Rock Café trataban de manifestar que el parque temático de los turistas permanecerá abierto pese a las convulsiones políticas a las que no son ajenos los turistas japoneses y escandinavos que ayer, como cucos en su reloj, observaban fascinados, desde las ventanas de sus hoteles, las masas ingentes que se derramaban por Vía Laietana desde Urquinaona.

Banderas y más banderas: una nueva acepción de la «serpiente multicolor». No solo entraron autobuses. También lo hicieron numerosísimos coches particulares. El sábado por la noche, en una penumbrosa coctelería con agradables butacones de piel que invitaban a ver pasar la historia con indiferencia, dos personas bien informadas de cuanto sucede en los estratos sociales más impenetrables hablaban de los aristócratas que, al sentirse conminados por el discurso del Rey, se echaron a la carretera con un espíritu que ni en Mühlberg. Algunos hicieron escala en Zaragoza para orar a la virgen del Pilar y pedirle, como a una «capitana general», que interceda en estas zozobras como los dioses de Homero que descendían para proteger a sus favoritos ante los muros de Troya.

Lo más parecido, sin embargo, que hubo a una aparición así en Vía Laietana fue la de Mario Vargas Llosa, que llegó algo tarde, recién transportado a toda prisa desde el AVE, y logró que las gentes se abrieran al paso de su plateada cabeza estatuaria a la que unas gafas ahumadas daban un aire de general americano en Midway.

Marchó luego tan impávido que parecía que se había quedado dormido y lo arrastraba la inercia de la masa. Corrió peligro cuando el gigantesco Albiol dirigió saludos a los laterales pasándole cerca al prócer de las letras unas manazas como para partir nueces y enderezar destinos manifiestos, todo a la vez.

Hubo una gran armonía cromática. El espacio ocupado por cientos de miles de personas se lo repartieron, con una unanimidad apenas discutida por la europea, las banderas de España y Cataluña. Esto es significativo. El independentismo abandonó la «señera», la vació completamente de contenido cuando la sustituyó por la «estelada» que, de haberse convertido algún día en la bandera oficial de una Cataluña independiente partiendo de ser una evocación ideológica, habría tenido semejanzas con los colores ajedrezados de los «ustachi» que fueron consagrados como símbolo colectivo en Croacia después de la liquidación yugoslava.

Como la «señera» quedó relegada, ha tenido que ser la «mayoría silenciosa» de Cataluña la que le devolviera un significado con su despertar pletórico. De tal forma que, ayer, la «señera» se convirtió en la bandera de España. O, al menos, la de la Cataluña española, la de los catalanes que anduvieron desperdigados y silenciosos durante mucho tiempo, casi en un exilio interior, y que ayer, en la calle, hicieron un gozoso descubrimiento los unos de los otros. Como si ni siquiera ellos supieran lo numerosos que eran y el poder potencial como sujeto político que estaban desperdiciando.

Pienso que a esto se debió en gran medida la alegría, sustitutiva de la bronca, que gravitó en el ambiente. Era gente en su primera vez. Era gente que de repente se sentía propietaria de los mismos espacios donde el nacionalismo, con sus mosaicos, sus coreografías y sus militancias estrictamente encuadradas, fabricó la mentira del pueblo unívoco en la apetencia independentista.

Estaban riñendo la calle y, por añadidura, la credencial de existencia, de ahí que afloraran las pancartas en las que podía leerse: «Nosotros también somos pueblo de Cataluña». Y lo son, cuando se lo proponen, con una presencia abrumadora, cercana al millón según los organizadores, y ello a pesar de algunos actos de sabotaje institucional como la decisión de mantener cerradas las estaciones de Metro cercanas para entorpecer la afluencia de personas.

Existe otra Cataluña

Entre eslóganes más combativos como el de «¡Puigdemont a prisión!», hubo otros que trataron de recordar que existe otra Cataluña, circunstancia que no siempre es recordada al otro lado del Ebro cuando se acepta el retrato sin matices impuesto por el independentismo y se incita a considerar antagonistas a los catalanes en su totalidad.

Antes de incorporarse a la manifestación, mientras desayunaba en un bar cercano a Urquinaona, un grupo de hombres treinteañeros emocionados por el final de su complejo de soledad pidió reparto de chupitos para brindar proclamando un ruidoso «¡Visca Cataluña y Visca España!», que fue completado por una voz que sonó desde el otro extremo de la barra, «¡Y Visca Andalusía!», con el que todo el bar rompió a reír.

Esa fusión de vivas a Cataluña y a España sería uno de los gritos más frecuentes durante la jornada entera. También Cataluña y el resto de España se descubrieron ayer mutuamente de un modo que no conviene al nacionalismo y su fabricación de enemigos necesarios. Ante la Jefatura de Vía Laietana, donde policías nacionales formaban un cordón, se montó una enorme muestra espontánea de apoyo -«Esta es nuestra policía»- que incluyó algún grito de «¡Traidores!» a los escasos «mossos» que por ahí andaban. Por megafonía sonaban, estruendosos, grandes clásicos de la zarzuela y el porrompompero, con alguna incursión de Loquillo y del «Resistiré» del Dúo Dinámico, que viene a ser como «les sanglots longs des violons» de esta Resistencia bailonga.

Émulos de los «Bikers For Trump», había entre la gente unos «Moteros por la patria». La manifestación progresaba con una lentitud extenuante, atascada en su propio tamaño, hasta que por fin alcanzó el Born, donde se concentró la pesadilla de un agorafóbico. Allí, la jornada culminó con los discursos de Vargas Llosa y de Borrell, este en más idiomas que los que utiliza un poseído, llenos ambos de ese espíritu paneuropeo del 45, contrario a fronteras, venenos nacionalistas y contracciones de la historia.

«Esta es nuestra estelada», dijo Borrell, mostrando la bandera europea y acentuando la sensación de que el liderazgo de la socialdemocracia es más mediocre que muchos de sus personajes identificados como capital humano desperdiciado. No puede dejar de mencionarse, por cierto, la movilización -¿patriótica?- de la socialdemocracia por la Constitución en peligro: hace años, cuando flameaban tantas banderas españolas en una movilización civil, los órganos socialdemócratas enviaban fotógrafos para detectar aguiluchos y desprestigiar así cualquier levantamiento de la autoestima española.

El gran, inmenso personaje colectivo surgido ayer representa otra de las cosas que transformaron el estado de ánimo con el que España salió del 1-O. Es otra de las muchas presencias poderosas que conminan a Rajoy: si el presidente abandona a quienes salieron ayer en Barcelona, se abrasará para siempre.

Lo que sucedió ayer en Barcelona fue al margen de los partidos políticos, fue algo que los desbordó. A los políticos profesionales que sujetaban la pancarta, uno los imaginaba barruntando el modo de apropiarse de ello. Una apropiación que sería indebida, pues lo de ayer fue pura sociedad civil cuando se harta de languidecer en la clandestinidad y de contemplar su destino mal gestionado. Es de temer que, constatada masivamente la existencia de la otra Cataluña, la de la «señera», también el independentismo se sienta impelido a precipitar sus decisiones de ruptura. Al fin y al cabo, su relato/coartada quedó desbaratado. En la estación, los españoles de Barcelona daban abrazos a los venidos de fuera con su bandera: «Gracias por venir. No nos olvidéis».