José Miguel Hidalgo, que defiende a su equipo como si fueran una familia, durante una comparecencia - ABC | Vídeo: Ana Julia Quezada confesó haber matado a Gabriel Cruz

El capitán que rindió a Ana Julia, al Chicle y al asesino de Pioz

El guardia civil José Miguel Hidalgo, un maestro en la investigación criminal, lleva treinta años en la UCO

MadridActualizado:

Lloró, claro que lloró, como todos. Era el peor final». El cadáver del pequeño Gabriel Cruz en el maletero del coche de su asesina destrozó a media España, incluidos los guardias civiles que llevaban doce días con el alma en vilo y con sus quintales de talento volcados en encontrarlo. El capitán José Miguel Hidalgo, del Grupo de Personas de la UCO, no fue una excepción. Dos días más tarde, este hijo del Cuerpo que nació en San Sebastián donde estaba destinado su padre y se ha criado en casas cuartel en las que se maman códigos vitalicios, se enfrentó cara a cara, una vez más, con el mal o con uno de sus derivados. Esta vez se llamaba Ana Julia Quezada. Tenía las manos asesinas de siempre, las medias mentiras de costumbre y los recovecos mentales habituales.

Hidalgo logró otra vez horadarlos, que la detenida hablara y hablara, valiéndose de su legendaria tranquilidad, de su capacidad para conectar con el malo y hacerle sentir cómodo, que se olvide de que quien tiene delante viste de verde (solo en ocasiones especiales) y le ha colocado las esposas. La confesión de Ana Julia es la última conseguida por un hombre al que muchos de los suyos definen como un «maestro de la investigación criminal», que rehuye el protagonismo y reivindica el trabajo en equipo.

Hace poco más de dos meses, cuando se disponía a celebrar la Navidad con su familia, viajó de urgencia a Galicia y, junto a su grupo, «su otra familia», y los compañeros de La Coruña, también logró que José Enrique Abuín, «el Chicle», les llevara hasta el cadáver de Diana Quer. Fue él quien al oír el audio grabado por la chica de Boiro reconoció, sin duda, al depredador, al que había interrogado un año antes. «Es él», les aseguró a sus jefes.

«Yo soy un cabrón, pero te voy a llevar donde está el cuerpo de Diana»

El Chicle le había pedido que intercediera por su hija de 14 años. Pese a que en su primera manifestación, el delincuente no cumplió, sí lo hizo el capitán. Su abogado se lo confirmó. El Chicle entonces volvió a llamar al mando de la UCO. «Tú eres un señor y has cumplido. Yo soy un cabrón, pero te voy a llevar donde está la chica». Unas horas después se encontraba el cuerpo de Diana en el fondo de un aljibe. Esa noche también hubo lágrimas y abrazos.

«Él es lo que se espera de un guardia civil. Muy cálido y cercano con las víctimas y con las familias, e implacable e incansable para detener al malo», lo define otro mando que lo ha frecuentado. Hidalgo, de 50 años, llegó a la UCO a finales de los años ochenta cuando en esa unidad había menos de treinta agentes. Hizo sus prácticas y se convirtió en el binomio de una leyenda en la investigación de Homicidios, el sargento Quini, ya jubilado. Cada ascenso hasta llegar a capitán lo ha hecho en ese grupo de elite al que llegan los casos más difíciles de homicidios, secuestros y desapariciones.

Yéremi Vargas, el pequeño desaparecido en Vecindario, es una de sus espinas clavadas

Está tan acostumbrado a cruzarse con la muerte que quizá por eso siempre mira a los ojos. Era joven, jovencísimo cuando les tocó encargarse del crimen de Alcasser. Pudieron detener a Ricart pero no a Anglés. Poco después se enfrentaron a un secuestro largo y terrible en el que creyeron que a la víctima la habían matado, el de María Ángeles Feliú, la farmacéutica de Olot. «Aguanta los tiempos, se lleva al malo a su terreno y transmite esa calma tan necesaria cuando todo está patas arriba», rememora otro antiguo compañero.

Su historia en la Guardia Civil es la historia criminal de España desde los ochenta. Lleva trazas en su uniforme de crímenes horrendos, salvajes, de asesinatos resueltos y otros que no lo están; de desapariciones, rostros de niños y de adolescentes. Yéremi Vargas, el pequeño de Vecindario, es una de sus espinas clavadas. Formó parte del equipo que atrapó a Joaquín Ferrándiz, el psicópata que violó y estranguló a cinco mujeres en Castellón entre 1995 y 1996 y viajó a Perú donde la Guardia Civil liberó a una niña marroquí de Barcelona, raptada por un sádico. Dicen que le impactó tanto que cuando viaja a la Ciudad Condal intenta visitarla o saber de ella.

Invocar el nombre del capitán Hidalgo equivale a invocar elogios. Dicen que es todavía mejor persona que compañero y jefe, y eso que los suyos lo puntúan con un diez. «Es tremendamente exigente consigo mismo, perfeccionista; hace equipo y saca lo mejor de cada uno, administrando trabajo, motivación y reconocimiento».

Su maestro, hoy retirado, le considera un hijo y su mejor alumno. «Es tan bueno porque se dedica plenamente. Jamás regatea esfuerzo. Ha resuelto crímenes siendo guardia y siendo capitán», elogia el subteniente Quini. «Vas a poder con él», le escribió antes de interrogar al Chicle. «Cuando ya no hay salida, a él se le ocurre alguna. Es muy imaginativo». Un abogado, presente en uno de sus interrogatorios, admite su maestría en esa sala donde se deciden tantos futuros.

Hace dos años subió a un avión en Barajas procedente de Brasil y preguntó quién era Patrick. Un veinteañero levantó la mano. Patrick Nogueira, que mató a sus tíos Marcos y Janaina y a sus primos de uno y cuatro años, venía a entregarse. Hidalgo había convencido a su hermana de que era lo mejor. Aseguran los suyos que al cabo de treinta años conviviendo con la muerte le sigue doliendo igual el sufrimiento que causan los asesinos.