«Si Cataluña fuera independiente, sería una de las economías más sanas del mundo», replicaba en 2012 la órbita de Artur Mas / Vídeo: Manifestantes piden unidad; mareas blancas, diálogo
Golpe secesionista

El arruinado discurso del independentismo catalán

En un puñado de días, el nacionalismo ha dinamitado su gran mantra y ridiculizado algunas de sus más veteranas consignas: Cataluña se empobrece sin España

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«Si Cataluña fuera independiente, sería una de las economías más sanas del mundo y los mercados se pelearían por prestarle dinero». La frase es de Xavier Sala i Martín, economista de cabecera del independentismo catalán. La lanzó en 2012, mientras el entonces presidente Artur Mas se afanaba en cultivar el órdago secesionista que, ahora, ha rematado su compañero de filas Carles Puigdemont en sociedad con la Esquerra y los antisistema de la CUP.

Frases como las de Xavier Sala han sido insistentemente lanzadas desde la órbita de un independentismo que, durante décadas, monetarizó su argumentario nacionalista. Lo hizo el nacionalismo de raíz burguesa que lideró el pragmático Jordi Pujol; acompañó en cierta medida las posiciones identitarias del tripartito que trabó el PSC; apuntaló la deriva independentista a la que se abrazó Artur Mas, y ha acompañado el golpe secesionista liderado por ese extraño maridaje ideológico de Puigdemont, Junqueras y Forcadell junto a la izquierda radical y antisistema de la CUP.

Durante décadas, para cultivar adeptos, el nacionalismo catalán articuló su discurso en dos ideas centrales: el clásico «España nos roba» y el correlativo «Cataluña sería más rica sin España». Fue un mantra repetido con persistencia durante años y que ha acabado calando en una parte significativa de la sociedad catalana. De poco sirivió que, desde el mundo de la economía, abundaran los que advertían que ni España roba a Cataluña, ni la independencia le traería prosperidad, sino todo lo contrario, que la abocaría a una penosa travesía por el desierto del empobrecimiento. El nacionalismo contrarrestaba esas tesis calificándolas de catastrofistas, de interesadas y alimentadas por el «españolismo».

Pero lo que no lograron los contrarios al independentismo lo han conseguido los propios al consumar su golpe secesionista. En un puñado de horas, en los cinco días transcurridos desde la noche del referéndum ilegal (domingo 1 de octubre) al viernes 7, la desbandada de empresas de renombre y la huida de capitales ha hecho que la realidad haya dinamitado el veterano mantra económico del nacionalismo catalán. Y eso que ni siquiera ha llegado a haber secesión declarada.

En 2012, Artur Mas sacaba pecho ante el empresariado catalán que seguía apostado en un silencio general frente al creciente desafío de corte secesionista. Mas -que ahora dice que Cataluña no está preparada para la independencia- ridiculizaba entonces a quienes advertían que la independencia sería económicamente desastrosa para Cataluña, negaba que se produjeran fugas de empresas, dibujaba una arcadia féliz y próspera tras la soñada secesión, y se apoyaba en un nutrido coro entre los que se encontraba, como figura destacada, el economista Xavier Sala i Martín. Frases de entonces suenan ahora a desvarío a la vista de lo ocurrido esta última semana: «Desde el punto de vista fiscal y económico, España sigue siendo un mal negocio para Cataluña»; «Formar parte de España en estos momentos es una lacra que se paga cara», decía Sala hace cinco años.

Tradicionalmente, la patronal catalana optó por callar para no incomodar al nacionalismo. Y hubo incluso una porción de las organizaciones empresariales que, con más o menos soltura, se sumó al discurso oficial de los independentistas instalados en el poder. En octubre de 2013, por ejemplo, el presidente de la Cámara de Comercio de Barcelona, Miquel Valls, decía públicamente que no veía riesgo de deslocalización de multinacionales por la creciente deriva secesionista, y pedía «mucha prudencia» frente a quienes dibujaban un negro panorama económico por la amenaza del independentismo.

Ahora, cinco días han bastado para dinamitar el más veterano y manido argumento del independentismo catalán, que anda buscando con urgencia otro asidero con el que recomponer su arruinado discurso ante una población que ha visto cómo, con solo anunciar una supuestamente próxima declaración de independencia, la economía catalana ha entrado en desbandada.