Entrevista con John Lefevre

«Se necesita carecer de sensibilidad y empatía para tener éxito en Wall Street»

John Lefevre recoge en su libro «Directo al infierno» los excesos de su experiencia como «trader» en Nueva York, Londres y Hong Kong

El autor del libro, John Lefevre
El autor del libro, John Lefevre - DEUSTO

En su libro «Directo al infierno» (Deusto), John Lefevre (Texas, EE.UU., 1979) aporta una descripción de un averno ya familiar («El lobo de Wall Street» y la obra de Michael Lewis, entre muchas referencias) en el que la lluvia de millones de dólares se alterna con toneladas de cocaína, coches caros, habitaciones de lujosos hoteles, altercados, bromas de borrachera que parecen sacados del documental «Supersonic» sobre la banda de rock británica Oasis, prostitutas y dinero. Un torrente inagotable de dinero. Lefevre es el conocido autor de la cuenta de Twitter @GSElevator, que supuestamente recogía las conversaciones de los empleados de Goldman Sachs en el ascensor.

-«Cada año, los niños aprenden una valiosa lección de vida: Papá Noel quiere más a los niños ricos».

-«Solo los trogloditas recurren a la violencia. Yo prefiero aplastar el ánimo, la esperanza o la autoestima del otro».

Estas son solo algunas de las frases, y no precisamente las más punzantes. @GSElevator incendió desde 2011 las redes sociales con su visión ácida y descarnada (y en muchas ocasiones estereotipada) de la nueva torre de Babel, Wall Street, vista por esa creciente masa descontenta como epicentro de los excesos que habían conducido a la economía internacional a su mayor crisis desde la Segunda Guerra Mundial. Lo cierto es que Lefevre no llegó a trabajar en Goldman por una demanda de su anterior jefe. Sin embargo, aquello no le impidió realizar una especie de compendio en 140 caracteres de una cultura en la que resulta admisible sobornar al cliente con todo tipo de dádivas (barra libre en el «duty free» de los aeropuertos, botellas de champagne) y en la que la vida transcurre como en una secuencia interminable y abrumadora de alcohol, drogas y fiestas que terminan entre puñetazos (como la que protagonizó junto a Wayne Rooney, jugador del Manchester United). Lefevre, que sí fue «trader» de Salomon Brothers y Citigroup en Nueva York, Londres y Hong Kong, decidió retirarse del mundo de la banca para dedicarse a prestar asesoramiento a «startups», jugar al golf y a hablar, como el que se ve curado de una adicción, de su pasado de «bonus» millonarios y huidas en Maserati.

–Aparentemente, ha realizado un esfuerzo para hablar sobre la mentalidad y la cultura de Wall Street desde un punto de vista desapasionado. ¿Es posible hacerlo sin juicios de moral?

–Escribí intencionadamente este libro sin ese tipo de juicios. Pero creo que está claro, teniendo en cuenta mi perfil de Twitter, que soy bastante crítico con el sector bancario y, particularmente, con la cultura bancaria. Algunas personas malinterpretan el libro y consideran que alardeo de mal comportamiento y glorifico a Wall Street por el dinero, las fiestas, las mujeres y los excesos. Pero no estoy fanfarroneando. La gente que describo en el libro es terrible, incluido yo mismo.

–Describe un entorno en el que no parecen existir muchas alternativas para aquellos que quieren hacer dinero. ¿Considera, entonces, necesario comportarse de ese modo insensible para prosperar en Wall Street?

–Describo el mundo bancario en un periodo fascinante de nuestra historia, entre el pinchazo de la burbuja de las «puntocom» y la mayor crisis que hemos padecido en nuestras vidas. Tanto la cultura como el entorno del sector han cambiado, de algún modo, desde entonces. Los «trader» ya no pueden tomar tantos riesgos. Muchos personajes pintorescos se han pasado a la «buy side» (sociedades como fondos de pensiones y aseguradoras) o, directamente, han abandonado el barco. Y hay una menor correlación entre los ingresos que genera el banquero y las dimensiones de su bonus. Pero, en resumen, sí. Se necesita carecer de sensibilidad y empatía para tener éxito en este entorno. Se trata de una cultura que se encuentra desgajada de la realidad y que opera con su propio conjunto de normas, valores y criterios morales.

–Algunos comentarios y bromas que recoge sobre las mujeres, el sexo y todas aquellas personas que no amasan fortunas como las del sector bancario encierran, al menos en mi opinión, una especie de misantropía. ¿Este sector excluye todo aquello y a aquellos que no forman parte de él?

–Creo que se trata más de desdén que de desagrado. Los trabajadores de la banca creen que son más listos y mejores que el resto de la gente, lo que resulta irónico, porque mirando una década atrás, desde el inicio de mi carrera profesional, trabajando en todo el mundo y realizando incontables acuerdos con todos los bancos de Wall Street, solo recuerdo un puñado de banqueros que considerara genuinamente impresionantes. Los banqueros se definen a sí mismos como humanos teniendo en cuenta el hecho de que trabajan en Wall Street, lo que es triste. Aman el racismo, el clasismo y las bromas sexistas. Les gusta restringir sus relaciones con personas que consideran realmente valiosas para ocupar su tiempo, personas ricas, educadas y con un buen trabajo. Incluso tuve un colega que en las citas para encontrar pareja, cuando se encontraba en un bar, realizaba tres preguntas: ¿A qué te dedicas? ¿Dónde estudiaste? ¿A qué se dedica tu padre? Y si no le gustaban las tres respuestas, no volvía a quedar con ellas. Quizá se las llevaba a casa en ese momento, pero después no quería saber nada de ellas.

–¿Es ser un trabajador de Wall Street más adictivo que cualquier droga?

–Sí, es una adicción. Los banqueros creen que son el centro del mundo, realizando acuerdos que después aparecen publicados en los periódicos. Pero incluso las cosas pequeñas son adictivas. Desde que dejé la industria echo de menos saber que acumulo suficientes «millas» (puntos de los programas de fidelización en los vuelos de las aerolíneas) para tres o cuatro vacaciones en clase «business» cada año.

–En algunas ocasiones, se culpa a los trabajadores de Wall Street del origen de la crisis económica que se extendió por todo el mundo. ¿Ha visto alguna vez una sensación de culpa o arrepentimiento?

–No del todo. Aún escucho a banqueros que se quejan sobre la gente que no paga impuestos o necesitan ayuda con las prestaciones sociales o la sanidad. Incluso, recuerdo en el momento del rescate a algunas entidades escuchar a los banqueros quejarse sobre los pobres que viven del Gobierno. No podían comprender que, de hecho, el Gobierno era el único motivo por el que ellos aún conservaban su trabajo. En cuanto a la crisis, la mayoría de los banqueros aún culpan a la Administración por haber obligado a las entidades a conceder hipotecas a personas poco cualificadas.

–Al leer su libro, parece que la crisis financiera de 2007 cambió la mentalidad de algunos banqueros y creó los primeros destellos de un comportamiento más humano. ¿Considera que algo ha cambiado, mejorado, desde la última crisis?

–Sí, la banca se ha convertido en algo más aburrido. Antes de la crisis, exhibíamos nuestro mal comportamiento como un distintivo honorífico. Solíamos alardear sobre conspiraciones, tráfico de influencias, robarnos clientes entre sí o engañar a los competidores. Todo esto sigue ocurriendo aún, pero con mucha mayor discreción.

–Negociar con algunos productos, como bonos soberanos o créditos hipotecarios, acarrea a veces tomar decisiones que tienen gran trascendencia en la vida de millones de personas. Teniendo en cuenta el entorno que describe, ¿cree que los rescates públicos, como en el caso de las cajas de ahorros en España o de RBS en Reino Unido, son justos?

–Los acuerdos sobre transacciones con bonos soberanos entrañan siempre una gran corrupción. Los bancos siempre pactan, entre ellos, los honorarios. Y los clientes escogen al banco que los invita a fastuosos viajes que incluyen sofisticadas cenas y prostitutas. Nosotros, por ejemplo, realizamos un acuerdo con Filipinas en el que el cliente exigió ordenadores portátiles gratuitos para sus hijos. En un mandato para la República de Corea, durante el «roadshow», el cliente pidió a los empleados del banco que le compraran todo lo que deseara en la tienda de «duty free». Y, además, tuvimos que añadir paradas innecesarias en París y en otras ciudades para que pudiera hacer turismo y visitar salones de masaje. Cuando teníamos ese mandato, debíamos distanciarnos emocionalmente de las consecuencias que tendría captar miles de millones de dólares en los mercados del tercer mundo y de cuál sería el destino de todo ese dinero. Mi abogado no me permitiría publicar esto en el libro, pero está bien... No creo que sepa hablar español.

En cuanto a los rescates, no, no creo que sean justos, pero fueron necesarios. Sin ellos, el riesgo de un colapso económico total era muy elevado. Pero los banqueros han sido tratados con mucha indulgencia. Y la gente que más se ha beneficiado ha sido la que dispone de más activos. Por ello, en realidad, lo que han provocado los rescates ha sido un aumento exponencial de la desigualdad. Creo que vamos a pagar un precio muy elevado por ello en la próxima década.

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