Kazuo Ishiguro, Nobel de Literatura 2017
Kazuo Ishiguro, Nobel de Literatura 2017 - AFP

Ishiguro, en su mundo flotante

Se puede decir que ha regresado la sensatez al más célebre de los galardones mundiales, ese rigor que hacen honor y no desmerece o busca polémicas estériles alrededor de una palabra que tiene que ser escrita siempre con letras mayúsculas: Literatura

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Hace tiempo que el Premio Nobel de Literatura, después de algún que otro traspiés, tenía una deuda insoslayable con la gran generación británica de los años 80. Es decir, con un mítico grupo de fantásticos narradores –hoy ya considerados unos clásicos contemporáneos indiscutibles- formado por el muy merecidamente galardonado en el día de ayer Kazuo Ishiguro, pero también por un casi siempre deslumbrante Ian McEwan, autor de «El inocente o Chesil Beach». A ellos sin duda se tienen que añadir Julian Barnes y William Boyd, pero también otro fascinante autor, que roza sin cesar lo mágico y sobrenatural como Graham Swift.

Una generación realmente de oro, de esas que se dan de vez en cuando en la historia de cada país, que se reveló a comienzos de los 80 en Gran Bretaña y que lanzó al estrellato internacional muy pronto, con no pocas polémicas sonoras y hechos de gran impacto en ocasiones, al muy mediático Martin Amis, o al que sería el primer y más famoso perseguido planetario del fundamentalismo islámico: Salman Rushdie.

Se puede decir que ha regresado la sensatez al más célebre de los galardones mundiales. Ese rigor y sensatez que hacen honor y no desmerecen o buscan polémicas estériles alrededor de una palabra que tiene que ser escrita siempre con letras mayúsculas: Literatura. Ya sea a través de la poesía, narrativa o teatro, el Premio Nobel tiene que reconocer nombres que en nuestros días han pasado ya a la historia de cada uno de sus países y lenguas respectivas. Empeños y carreras muy sólidas que viene de lejos, de forma seria y constante, obra tras obra.

Nacido en Nagasaki en 1954, pero muy pronto instalado en Inglaterra junto a su familia, Ishiguro, como los anteriormente citados, simboliza invariablemente, en esta frenética carrera de obstáculos, sin apenas descanso, en que se han convertido las carreras literarias en nuestros días, un compromiso riguroso, permanente, con no bajar el listón. Con no decepcionar a un fiel y entregado público, o al menos no alejarse demasiado de lo que siempre fue lo más sólido y perdurable de sus trayectorias. Es decir, no ceder terreno en sus retos estilísticos y de lenguaje, en una renovación y replanteamiento continuo de temas, así como en ese impulso de riesgo, más allá del simple apuntalamiento acomodaticio de sus carreras, llegado tras éxitos incesantes, que ha inspirado siempre a los mejores de cada momento.

Sin dejar de tratar temas críticos y punzantes como la colaboración con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial en países de la «Europa libre» como Inglaterra, o bien ese mundo «perfecto» y gélidamente calculador, egoísta, dispuesto a «llegar a todo» en cuanto a la experimentación científica con seres humanos, Ishiguro no es tan sólo uno de los mejores y más exigentes escritores de este momento, sino uno de los que mejor han sobrevivido. Desde la novela que lo reveló, «Un artista del mundo flotante», de 1986; las excelentes «Los restos del día», de 1989 o «Pálida luz de las colinas» (1994); la onírica y cautivadora «Los inconsolables» (1997) ; «Cuando fuimos huérfanos» (2001); la magnífica y muy original «Nunca me abandones» (2005) y su última novela publicada, la fábula fantástica, ambientada en la Inglaterra pos-artúrica, «El gigante enterrado» (2015), Ishiguro ha logrado el milagro de un equilibrio perfecto entre las dos culturas, la oriental y la occidental, de las que proviene y en las que fue educado. Pianista desde muy corta edad, en su magníficos cuentos sobre músicos Nocturnos, volvía a demostrar ese talento delicado y exquisito que tiene para apuntar levemente, más que apabullar y comentar profusamente. Para construir caracteres ambiguos y recelosos a la hora de mostrase del todo, como en el mejor Chéjov o James. Y para mantener insólitos enigmas, o historias de amor inconclusas, dejadas traslucir en no menos desasosegantes finales abiertos.

Todo ello lo ha convertido con el tiempo en un maestro de la insinuación y del esbozo, de esa cruel mueca o garabato en busca desesperada de una identidad, de un futuro. De la esperanza, en suma, como sucedía con los desvalidos clones de Nunca me abandones. Unas identidades tercamente negadas, en las que la neurosis o presión por el triunfo y la «visibilidad» en nuestras sociedades, empujan frenéticamente a muchos a traficar y pervertir lo más preciado: su alma. El más íntimo, secreto y maravilloso interior oculto de cada cual, como sucede en todos los relatos de este gran escritor. Ese don que sus personajes buscan siempre desesperadamente de saber afrontar con tranquilidad y sosiego las múltiples verdades encontradas en el camino.