«El rumor del tiempo» (1984), de Pérez Villalta
«El rumor del tiempo» (1984), de Pérez Villalta
ARTE

De la desilusión de toda expectativa en el CAAC

En el año en el que se cumplen 25 de aquel mítico 1992 al que nos lo jugamos todo, una exposición en el CAAC de Sevilla analiza los contextos del arte español que rodearon esta efemérides

SEVILLAActualizado:

«De la desilusión de toda expectativa». Lo que bien podría ser un adecuado subtítulo a la presente muestra, al tratar de abordar algo más de década y media de realidad artística española con acento andaluz (desde la muerte del dictador y la recuperación democrática hasta lo que Mar Villaespesa denominó «síndrome de la mayoría absoluta»), se transforma sin embargo en el título de un artículo que evalúa una propuesta expositiva tan elusiva en su presentación cuanto vacía de intención crítica a la hora de articular sus escuetos contenidos.

Pero hagamos algo de historia. Hace exactamente quince años, el CAAC inauguraba la exposición «Andalucía y la Modernidad. Del Equipo 57 a la Generación de los 70», una propuesta que, en palabras del director de entonces, José Antonio Chacón, pretendía contextualizar y arrojar una mirada a medio siglo de arte andaluz, estableciendo los vínculos de Andalucía con las tendencias contemporáneas. El comisario, Mariano Navarro, aclaraba que, más allá de una reconstrucción histórica pormenorizada, lo que se pretendía era desplegar una mirada crítica, circunstancia que se apoyaba en esclarecedores textos de Eugenio Carmona, Víctor Pérez Escolano, Juan Manuel Bonet y Juan Bosco Díaz de Urmeneta. Eran otros tiempos, culturales y económicos.

Convendría recordar también que, en aquel momento, quien suscribe señaló, además de ciertos olvidos imperdonables que lastraban aquel loable empeño, la necesidad de extender el esfuerzo hacia el siguiente estadio histórico-creativo, desde el lugar en el que finalizaba aquel estudio (mediados de los setenta) hasta el maldito año 1993, tras el cual la burbuja que sostuvo la década del entusiasmo, feliz etiqueta que Brea acuñara, se desinfló dando paso a unos procesos de pervivencia, supervivencia y/o reconversión que han conformado y condicionado las bases y desarrollos de la realidad artística durante las siguientes décadas.

Corrección política

Esas expectativas de partida han quedado defraudadas por la experiencia del enfrentamiento directo con la realidad –únicamente a través de la experiencia es posible verificar la corrección de cualquier línea política, en este caso cultural, que decía el ínclito Mao Zedong, por otro lado, icono del arte Pop–, puesto que la muestra «1975-1992» se nos presenta como un recorrido por las revistas, especializadas o no, que durante esas dos fechas fronterizas sirvieron como plataformas para el cambio, ya fuera este político, social o cultural.

Tal premisa queda, mediante un despliegue museográfico impecable y aséptico, convenientemente contextualizada y documentada con obra plástica de la colección, lo cual nos convence de que todo el montaje no tiene su origen en una necesidad investigadora, sino que resulta una mera excusa para «poner en valor» y dotar de visibilidad a una parte de la colección del CAAC menos conocida (aunque «El rumor del Tiempo», de 1984, de Guillermo Pérez Villalta, se exhibiera también hace década y media). No es menos cierto que en la propuesta se incluyen algunas obras y documentos de colecciones externas, como los planos, alzados y fotografías del «Hielotrón», de Prada Poole (que amplió los umbrales imaginativos de una generación de niños entre los que me incluyo), aportadas por el COA-Sevilla y la Fundación Fidas, o una selección de «El Víbora», de la colección Martín Nogués, entre cuyas páginas aparecía el mítico personaje Anarcoma de Nazario, así como algunos ejemplares de la revista «Nueva Lente», aportadas por Pablo Juliá, de la que Jorge Rueda fuera director artístico entre 1975 y 1979, y desde donde se defendía la foto como cauce de expresión estética distinta y extradocumental.

El montaje no tiene su origen en una necesidad investigadora, sino que resulta una mera excusa para «poner en valor» una parte de la colección

Además de las conocidas «Separata» –revista a la que ya el CAAC le dedicase un capítulo preponderante en la exposición «1+x= Grupos, equipos y colectivos» (2014)–, donde tuvieron un papel fundamental Jacobo Cortines, Gerardo Delgado, Juan Suárez y José Ramón Sierra, la propuesta nos permite volver a enfrentarnos con la conocida «Figura» –objeto de una muestra temática, «A partir de Figura: una posible lectura de los 80», en 2013–, con Guillermo Paneque, Rafael Agredano o Pepe Espaliú como cabezas visibles, cuyo espacio trató de ocupar la madrileña «Arena internacional» en 1989.

La muestra aumenta exponencialmente su interés al volver a recordar la película de Juan Sebastián Bollaín «La alameda», de 1978, un documental viejo que no envejece, un fresco de un mundo en blanco y negro que desaparecía para dejar paso a otro, más cromático y ordenado, y también más impostado y perverso. Idéntica reacción sentimos ante el proyecto editorial y videográfico del colectivo Agustín Parejo School «Málaga Euskadi da» (1986) y sus pintadas callejeras como «Homenaje a Jackson Pollock» (1987). Hoy día, un híbrido de Bollaín y López Cuenca podría delinear un acento interesante al actual estado de sordidez moral que coexiste dentro de este economato que es el arte contemporáneo español. Igualmente interesante es poder enfrentarse a dos instalaciones relevantes, emblemáticas del final de una etapa por su reacción antiformalista, más irónica en el caso de «Sampletown» (1991), de Fede Guzmán, más descarnada y árida en «Sin título» (1992), de Pedro Mora.

Hudas hacia adelante

Han pasado dos décadas y media y continuamos acumulando oportunidades perdidas. Las reducciones presupuestarias a las que la Junta de Andalucía ha sometido a la institución, la huida hacia adelante que supone la asunción de la responsabilidad directriz del CCCA cordobés, la falta de una líneas coherentes en materia de políticas culturales y orientaciones expositivas que estimulen al espectador, así como las últimas medidas de movilidad del consistorio hispalense, han dejado al CAAC como una isla dentro de otra isla, un espacio cuya pérdida de influencia y significación resultan sintomáticas, no ya a nivel nacional, sino, lo que es más preocupante, también autonómico.

«1975-1992» también nos aboca a una cuestión final que debería hacernos reflexionar y plantearnos las siguientes preguntas: ¿Para qué sirve esta –y cualquier otra– exposición? ¿Cuál es su finalidad? ¿Cuál su pretensión? Frente a la exposición como instrumento al servicio de la industria del turismo y del ocio, o al de índices de rentabilidad particulares que tiene que ver con el sistema mercantil del producto artístico, y que ejecutan con mecánica perfección y excelentes resultados otros museos y centros (ya sean de titularidad o vocación privada), a los espacios institucionales y públicos apenas les queda como asidero la reinvención de la exposición como herramienta crítica al servicio del conocimiento de la identidad del territorio que les/nos circunda. De otra manera continuarán perdiendo público, protagonismo y, lo que es peor, capacidad de influencia social y política.