COLECCIÓN ABC

Delhy Tejero, exploradora de la libertad

Como homenaje a Tagore y a la India, convirtió «Adela» en «Delhy». Desde muy pronto mostró sus inquietudes por el dibujo y el feminismo. Una artista difícil de clasificar

«Zamorana», dibujo de Delhy Tejero publicado por ABC el 3 de junio de 1934
«El clima», ilustración para la sección «Cuentos del ABC» publicada en 1968
«Zamorana», dibujo de la Colección ABC publicado en 1934
«Madre gallega», dibujo de 1935 conservado en la Colección ABC
FELIPE HERNÁNDEZ CAVA - Actualizado: Guardado en: Cultura , Cultural

Adela Tejero (Toro, Zamora, 1904-Madrid, 1968), de la que el Museo ABC posee 15 obras en su colección, atrajo siempre mi interés, pese a su evidente irregularidad, tanto por su audacia para afrontar lenguajes nuevos como por su batalla, en compañía de muchas otras de sus contemporáneas, para conquistar espacios para la mujer en el ámbito de las artes durante los años veinte y treinta.

Huérfana de madre desde muy pequeña, mostró muy pronto un carácter rebelde, que la llevaba a dibujar a escondidas continuamente, transgrediendo lo que, en aquella sociedad provinciana y asfixiante, parecía impropio de una niña, hasta lograr que su padre aceptara su ingreso en una fundación local vinculada a la Institución Libre de Enseñanza para recibir clases de dibujo. No obstante, cuando su progenitor decidió enviarla al Colegio de San Luis de los Franceses de Madrid en 1925, lo hizo con la intención de que recibiera allí clases de taquigrafía, francés y, cómo no, corte y confección.

Deseos de ser artista

Pero la capital, que la deslumbró con la pujanza de su creatividad, acrecentó en ella sus deseos de ser artista, y, en cuanto pudo, volvió a su vocación estudiando en la Escuela de Artes y Oficios, primero, y en la de Bellas Artes, a continuación, donde intimaría con otras compañeras no menos inquietas, como Maruja Mallo, Francis Bartolozzi o Remedios Varo, a las que más tarde, durante su estancia en la mítica Residencia de Señoritas creada por María de Maeztu, sumaría la de otras pioneras de aquella oleada feminista como Josefina Carabias, Marina Romero o Mariquiña Valle-Inclán.

Es en esa época cuando empieza además a construir un personaje que reafirme su condición independiente: viste trajes que ella misma se fabrica, utiliza una capa de color negro, el mismo color con el que pinta sus uñas, fuma cigarrillos en boquilla larga y hace alusión a sus brujitas benéficas –unas muñecas que ella misma se ha fabricado– como las inspiradoras de su arte. Todo lo cual, sumado a su cabello oscuro y al tono bronceado de su piel, le confiere el aspecto de una especie de «femme fatale» que, además, cambia su nombre real de Adela por el de Delhy, como homenaje a la capital india y como reconocimiento a la poesía de Tagore.

Cuando se celebra la primera exposición de arte abstracto en Santander, en 1951, ella es la única mujer presente

Esa es la mujer que frecuentará las redacciones de las revistas ilustradas para hacerse un hueco («Blanco y Negro», «Crónica», «La Esfera», «Nuevo Mundo», «Estampa», «Macaco»…), y también la que se presentará a las Exposiciones Nacionales (siendo premiada en las de 1930 y 1932), la que viajará becada a París y Bélgica (interesada ahora por la pintura mural), y la que impartirá clases en esa Escuela de Artes y Oficios, de la que hasta hacía poco había sido alumna.

Pero sobre todo es una artista de muy difícil clasificación en sus dibujos, sus óleos y sus murales, que tan pronto se mueve en un registro «art-decó» con no demasiada fortuna, como en una suerte de neotradicionalismo, con abundancia de personajes y vistas de su Zamora, o, mucho más audaz, en un lenguaje semisurrealista, a veces poblado por sus brujitas buenas, en el que afronta técnicas tan novedosas como la decalcomanía, que más tarde se atribuiría como creador Óscar Domínguez.

Prejuicios anacrónicos

Cuando acomete su primera exposición individual en 1932, la crítica, tan desconcertada ante su obra como ante la audacia de sus desnudos, no hace sino apelar a su condición femenina antes que analizar su obra, hablando de su «figura grácil y frívola» o de que sus pinceles parecen empapados «en opio y ámbar».

Así las cosas, entiendo que en 1934, otra vez becada, viajara nuevamente a París para seguir profundizando en su conocimiento del muralismo al temple, o que, pese al aire nuevo que para la mujer había traído la Segunda República, fuese absolutamente escéptica con respecto a que las españolas pudieran romper con «los prejuicios anacrónicos que una política y moral mal entendidas las obligaban a tener».

Se fabricó un personaje que le confería el aspecto de una especie de «femme fatale»

La Guerra Civil la sorprendió de vacaciones en Marruecos y ya no pudo retornar a Madrid. Optó entonces por regresar a Toro, que estaba en zona nacional, ese Toro en el que la habían homenajeado con una plaza en 1934, y con el que, según las anotaciones de esos cuadernines, que conocimos en 2005, mantenía una relación de amor y de odio, y en cuyo instituto se empleó como profesora de dibujo.

Aceptó algunos encargos de los franquistas –que no dejaban de verla con cierto recelo– para hacer murales, y rechazó la realización de otros, abrumada de nuevo por el aire castrante que respiraba; y, en cuanto pudo, en plena guerra, se marchó a Italia, y de ahí a Francia, donde intimó con los surrealistas.

En agosto de 1939 estaba de nuevo en Madrid, e instalaría su estudio en el edificio de la Prensa de la Plaza de Callao, un Madrid que ya no reconocía. Y cuatro años más tarde, en parte por la muerte de su padre, en parte también por un despertar de la teosofía a la que se había acercado en París, pero más aún por la influencia del padre César Vaca, Delhy entra en una crisis religiosa que la lleva a cuestionarse la libertad de la que siempre había hecho gala e incluso su antigua obra, especialmente sus desnudos, de los que destruirá todos los que caen bajo su alcance.

Ecos de Klee

He aquí, sin embargo, que, al cabo de cuatro años, abandonó aquella transformación y volvió a interesarse por las recientes vanguardias, de suerte tal que, cuando se celebra la primera exposición de arte abstracto en Santander, en 1951, ella es la única mujer presente en aquel grupo. Y, pese al infarto que sufrirá cinco años más tarde, continuará hasta el final de sus días embarcada en seguir probando nuevos lenguajes plásticos, de lo que dan fe algunos de los dibujos de los años 1967 y 1968, a veces con ecos de Klee, que conserva el Museo ABC.

Delhy Tejero fallecerá en Madrid en 1968, a consecuencia de una angina de pecho. Los que se acerquen al Museo Reina Sofía antes del 26 de septiembre, en que se clausura la exposición «Campo cerrado», podrán contemplar un autorretrato suyo de 1950, en el que aquella mujer se nos muestra con una aparente serenidad que, anhelante de experimentación sin límite alguno, nunca fue uno de sus atributos.

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