Janis Joplin posa fumando un cigarro en Dinamarca
Janis Joplin posa fumando un cigarro en Dinamarca
MÚSICA

1968, la banda sonora de la contracultura

Janis Joplin encabezó un año musical que trató de saltarse todas las convenciones. De ello hace ahora medio siglo

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El año 1968 fue letal. Hoy ha pasado a la memoria colectiva como el año de la contracultura, un término que ni Marcuse pudo definir ni Deleuze justificar. La contracultura fue más bien un desfase.Fue la búsqueda denuevas experiencias, sexo, drogas y rock and roll, de saltarse las convenciones, disfrazarse, ver ovnis y leer libros orientales. Fumar hierba y tocar el sítar. Lucir fulares y pantalones de campana, no cortarse el pelo, ir a conciertos, rebelarse contra la represión y la guerra.

El año 1968 vio cómo las calles de Nueva York, París, México, Brasil, Los Ángeles y San Francisco eran tomadas por miles de jóvenes que dejaron de ser invisibles durante el tiempo que dura un bonito sueño. La banda sonora de 1968 contiene más de cien obras maestras en un fenómeno irrepetible con Janis Joplin a la cabeza dejando boquiabierta a la audiencia del Winterland tras el primer acorde de Down On Me. Desde las raíces del blues, Jimi Hendrix y su Electric Ladyland entronizan la distorsión eléctrica y los Rolling Stones solicitan «compasión por el diablo». Fue tiempo de «viajes astrales» a lomos de Van Morrison y de cuando quedamos boquiabiertos con Ms. Robinson de Simon y Garfunkel. Los Beatles cantaron Hey Jude y nosotros coreamos la coda. Johnny Cash enardeció a los reclusos de la Folsom Prison en su visita de aquel año, mientras los maestros del jazz, Herbie Hancock con Speak Like A Child, Miles Davis y su Nefertiti, o Thelonious Monk desde Underground pillaban a todos con el pie cambiado.

Shankar invitó a pasear por la India justo cuando Otis Redding se sentaba al borde de la bahía para silbar su última canción. Ray Barreto hace a las congas probar el ácido, estalla el bugalú en Nueva York. Es 1968, tsunami creativo sin precedentes, que llega hasta los texanos del interior, con Jerry Jeff Walker y Townes Van Zandt a la cabeza, aprendiendo a volar con el Power Plant de sus paisanos Golden Dawn, cima de la música psicodélica.

Renace el blues, de Taj Mahal a John Mayall, mientras en Italia un asombroso Fabrizio de André firma un disco histórico, Tutti morimmo a stento. Llueven lágrimas sobre París, así lo cantan Demis Roussos y Vangelis, Aphrodite’s Child recreando el Canon de Pachelbel. Terry Riley se queda colgado de su columpio y se publican joyas como el debut de Randy Newman o Margo Guryan. Status Quo asoma la patita con su disco de los hombres cerilla y Françoise Hardy es encumbrada a semidiosa de la chanson.

Al otro lado del charco, las islas británicas son un hervidero de creatividad, con Small Faces, Nick Garrie, Zombies, Who, Cream, John Howard, Kinks, una locomotora echando humo. Algunos osados se atreven, como Dylan, a publicar discos dobles. El tsunami llega hasta Brasil, donde surgen bandas como Os Mutantes y el fértil movimiento tropicalista, Caetano Veloso, Tom Zé y Gilberto Gil encabezando una marcha que seguirán otros muchos artistas de bossa nova. Todo demasiado bueno para ser cierto. Y, sin embargo, ocurrió. Hace cincuenta años.