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Crítica de Nuestra vida en la Borgoña: Blanco y en botella

Klapisch despliega aquí una anécdota anodina en torno al relevo generacional en una familia de vinateros de la Borgoña

Nuestra vida en la Borgoña
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Estaría bien saber de vinos para redactar esta reseña toda ella con metáforas vinícolas. Habría que hablar de un caldo más bien soso, sin aristas, con ese retrogusto de autocomplacencia que tanto abunda en el cine francés… Klapisch, famoso por su franquicia sobre estudiantes de Erasmus, despliega aquí una anécdota anodina en torno al relevo generacional en una familia de vinateros de la Borgoña: al morir el padre, sus tres hijos deben aprender a cuidar del negocio. Los conflictos que surgen carecen de drama particular, al menos la película no se lo encuentra y cuando sube la tensión suele conseguir resultados que saben a tópico: un suegro dominante, una esposa abandonada en Australia (María Valverde aporta dulzura pero poco más puede hacer con un personaje que parece un vector de su pareja masculina), un impuesto que hay que pagar al precio de segmentar los viñedos… Los personajes van de cata en cata, sorbiendo y escupiendo; la película no se merece esto último pero a lo largo de las dos horas que dura uno piensa quizá en cambiar de botella.