LA TRIBU

Educación

Parece que ya nos hubiésemos hecho a convivir con lo sucio, como si la limpieza nos causara sarpullido

Antonio García Barbeito
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Tengo unos amigos que luchan, con poquísimas opciones de éxito, contra el chicle arrojado a la calle como quien tira una saliva. Guerra perdida, creo que es, porque es asombroso mirar cómo está el suelo de cualquier sitio —una avenida, la puerta de un hospital, de un gimnasio, de una discoteca—, como si hubiese llovido alquitrán: millones de manchas negras de otros tantos chicles arrojados sin miramiento, pisados y tatuados ya en el pavimento. No sé cuánto dinero costaría limpiar todos los chicles aplastados que hay en nuestras calles, pero mejor será no echar cuentas. Lo que sí queda claro es que ahí, en esos chicles aplastados, en esas manchas negras, está la crónica del incivismo, de la mala educación, de la mala costumbre de hacer de cualquier sitio un basurero.

Paseaba por el paseo marítimo de la cercana playa y daba pena ver cómo la mano, incapaz de pensar en el otro, había ido dejando un reguero de sobras, envases de plástico, de cristal, bolsas, pañales —usados— de bebé, servilletas… Cierto es que las papeleras y cubos de basura públicos estaban llenos, pero a la mano que contamina le da lo mismo, no se molesta ni en dejar sus sobras junto a la basura ya excesiva, ni en hacer una llamada telefónica a la autoridad advirtiendo de que ya no cabe más basura en los recipientes que el Ayuntamiento instala, que esa es otra, bien podrían algunos de esos Ayuntamientos que les sacan los ojos a los vecinos con impuestos, evitar que la basura se acumule en zonas llamadas de recreo o de paseo. Algunos Ayuntamientos, de pena, pero el personal —sálvese quien pueda—, más penoso aún, porque no repara en que está ensuciando su propio terreno de diversión, baño, de paseo o de juego de los niños. Somos —sálvese el que pueda— una partida de guarros que parece que ya nos hubiésemos hecho a convivir con la basura, con lo sucio, como si la limpieza nos causara sarpullido. Y seguro que muchos de esos que tiran la basura en la arena de la playa o en el mismo mar, por la calle, a través de la ventanilla del coche, mientras pasea, después se ponen muy dignos exigiendo que limpian su calle, que nadie tire colillas ante su portal o que no dejen litronas en los poyetes de su casa. Bien, bien, pero así, siempre y en todo lugar; así, con la mano ajena y con la propia, con el envase ajeno y con el chicle propio; así, con el nieto de la vecina y con el propio. Mala educación, en general. El civismo de un lugar también está escrito en el suelo de sus aceras, de sus calles, en los parques, en los monumentos públicos, en sus árboles, en sus paredes. El nuestro está escrito en nuestras «sobras completas.»

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