A vueltas con el cole

En el mundo de lo hipócritamente correcto, donde todo es conmigo o contra mí, el debate se sirve puntualmente cada año cuando comienza la campaña de escolarización

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De todos es sabido que una imagen vale más que mil palabras. Eso al menos, debe pensar nuestro Ayuntamiento, que visto el éxito obtenido el año pasado con la campaña en defensa de la educación pública y la carta enviada a todos los padres con hijos en edad de merecer, ha decidido reforzar su estrategia mediante la difusión de un vídeo en el que se glosan las excelencias de la escuela pública –o esa, al menos, es la intención- y la realización de jornadas de puertas abiertas en los centros públicos. Me parece perfecto. O no, y mucho menos con el argumento de «la escuela pública no tiene a su alcance los recursos que tienen las privadas para darse a conocer, por lo que, como institución pública, tenemos el deber de contribuir en esta campaña». Pero en el mundo de lo hipócritamente correcto hay que hacer defensa pública de lo público -discúlpeme la cacofonía- y hacerla de manera muy vehemente, al amparo del «conmigo o contra mí», como si cualquier discrepancia fuese una herejía contra el dogma que confunde, sin saberlo, lo público con lo común.

Porque la educación pública es un derecho fundamental, y ahí estamos todos de acuerdo. Por eso es la Administración la que gestiona su propiedad y su funcionamiento. Y la que subroga, mediante conciertos, determinados servicios, como la educación, de acuerdo con una normativa vigente que se establece al efecto. Que es lo mismo que decir que, en una ciudad como Cádiz, no hay ni un solo colegio privado, sino que todos están sujetos de una u otra manera, a la Administración Autonómica y a la legislación educativa que esté en vigor –que dicho sea de paso, no sé muy bien cuál es.

Y si le cuento esto, es porque en el mundo de lo hipócritamente correcto, donde todo es conmigo o contra mí, el debate se sirve puntualmente cada año cuando comienza la campaña de escolarización. Y vuelven los argumentos de peso, ya sabe, lo de la caspa que mete a sus niños en los colegios de la Avenida para que asciendan socialmente -¿ascenso social en Cádiz?-, lo de los curas y las monjas, lo del elitismo y todas esas pamplinas de la plaza Mina que, curso tras curso, defienden los llamados defensores de lo público. Ya lo sé. A usted le cansa tanto como a mí. Y lo mismo les debió pasar a los padres de los niños de tres años que el curso pasado, a pesar de la carta recibida, optaron una vez más por la escuela concertada en nuestra ciudad.

Poco se habla de lo que realmente subyace en esta decisión. Porque no todos los padres van a ser unos recalcitrantes clasistas, ni unos meapilas irredentos, ni unos trepas sociales. Y ahí están los resultados, que también son públicos, mire usted por dónde. De las 831 solicitudes registradas en nuestra ciudad el pasado curso, solo 288 tenían como primera opción un colegio público, el resto optaba a una plaza en alguno de los trece centros concertados. Y eso que en la carta se cantaban todas las excelencias de la escuela pública. Algo debemos estar haciendo mal, ¿no?

Y en vez de analizar los resultados de la campaña anterior, que son demoledores y bastante clarificadores, nuestro Ayuntamiento se lanza a una nueva aventura, la de ensalzar las actividades extraescolares y los servicios extra que ofrecen los centros públicos. Actividades extraescolares y servicios extra que también están presentes en los concertados, dicho sea de paso. Porque tampoco está ahí la diferencia, ni la llave que abre la puerta de la decisión de los padres a la hora de elegir un centro.

Verá. Si uno mira la lista del pasado año, no tiene que ser un lince ni un experto en educación para darse cuenta de que los centros públicos más demandados –muy demandados, afortunadamente- son los que cuentan con las mejores instalaciones. Y eso es porque a los padres no suele gustarnos que nuestros hijos hagan el recreo en una azotea, ni en un patio lleno de grietas, y tampoco nos suele gustar que se caiga la valla del patio y le pongan unos plásticos como si fuese un invernadero de Almería. Y es que los padres somos muy estirados, claro, y muy vainas, y también buscamos –mire usted por donde- lo que consideramos mejor para nuestros hijos y nuestras hijas.

Entre otras cosas, que puedan cursar en el mismo centro toda la educación obligatoria, es decir, que entren con tres años, y salgan con dieciséis. Otra tontería de los padres, por supuesto. La misma tontería de pretender que lo de la escuela 2.0 y las TICs que vende Susana Díaz sea verdad, o que los niños no tengan que estar con el abrigo puesto las seis horas que permanecen en el centro, por ejemplo.

Tonterías de padres quisquillosos. De padres que cuando tienen que matricular a sus hijos en los centros vuelven la espalda a la escuela pública, no porque ignoren cuánto esfuerzo hay detrás del profesorado funcionario, ni porque desprecien la promoción de los valores de igualdad, equidad y oportunidad que se ofrece en los centros públicos, ni porque consideren que la enseñanza pública no sea la de mayor calidad. Sino por algo mucho más pedestre.

Nada se dice en el vídeo promocional de las instalaciones de los colegios públicos, que sí son responsabilidad de nuestro Ayuntamiento, nada del deterioro de las aulas, de la antigüedad de los edificios.

Lo mismo el debate no es público frente a privado. Es cuestión de pensarlo.