HOJA ROJA

Los hijos que no tuvimos

Las opiniones son cuestionables pero los datos son incontestables y, muchas veces, demoledores

CádizActualizado:

Las opiniones son cuestionables pero los datos son incontestables y, muchas veces, demoledores. Y los datos dicen que estamos ante la generación más infecunda de los últimos ciento treinta años. España es el país europeo que más sufre el drama de la natalidad, entendiendo como drama no la tragedia griega que muchos -y muchas- se montan en su cabeza y en su vida laboral, sino como una situación cruel que nos empuja irremediablemente al fracaso como sociedad.

El 30% de las mujeres nacidas a partir de 1975 no serán madres -y ahora no me venga con milongas de «padres y madres» porque hasta que la ciencia no demuestre lo contrario, nosotras parimos y algunas, incluso, decidimos- y un 50% querrá tener hijos y no podrá. Porque se habla mucho del derecho a elegir, del derecho a no ser madre -cosificada, amarrada, heteropatriarcalmente sometida- pero apenas se presta voz a un problema cada vez más frecuente y más complicado, el de la irremediable infertilidad que dan los años.

Nos dijeron que primero teníamos que ser profesionales de éxito -que levante la mano la que lo haya conseguido-, que primero teníamos que viajar por medio mundo, que primero teníamos que «disfrutar» de la vida, vivir siempre al límite, nos dijeron que los cuarenta son los nuevos treinta y nos lo creímos. O nos lo quisimos creer, porque a las mujeres de nuestra generación nos han vendido las burras más malas de toda la feria. Y las hemos comprado, a un precio muy alto, además.

A los veintinueve años tuve a mi primer hijo y me sentía capaz de todo. Combiné guardería, abuela y canguro con unos horarios imposibles y en algún momento con más de un empleo. Me dijeron que yo podía con eso y con más, con los mocos y las diarreas, con las reuniones y las clases, y con una vida social -cutrecilla, pero social- nocturna. A los treinta y cuatro, cuando nació el tercero, pedí una excedencia en mi trabajo, reduje gastos y arrojé la toalla cutre-social.

Me dediqué a cuidar niños, a criarlos, a charlar con otras madres en la puerta del colegio, a ver películas infantiles y a mirarme en los espejos deformantes en los que yo aún era yo y no «la madre de». No me arrepiento, porque siempre fui consciente de que todo pasa, como decía el poeta. Y aunque en aquellos años mis amigas me miraban con cierta compasión, y hablaban de sus cosas a mis espaldas, mis hijos crecieron y todo volvió a la normalidad -si somos complacientes y entendemos por normalidad esta vida que llevamos.

Luego ellas, mis amigas, quisieron tener hijos. No por una llamada atávica de la especie, ni por seguir los patrones sociales de sus madres, ni porque socialmente «se les había pasado el arroz». No. Quisieron tener hijos porque ya habían completado los diez mandamientos de la mujer perfecta. Asentadas profesionalmente, viajadas, instruidas y leídas, consideraban que había llegado el momento en el que decidir qué tener: o gato o hijo. Y aunque es cierto que muchas de ellas no habían podido plantearse la maternidad antes, y aunque es cierto que en muchos sectores sigue penalizándose la fertilidad, lo que no podemos perder de vista es que volvieron a engañarlas, volvieron a engañarnos.

La disfunción que existe entre la edad biológica y la edad mental, empieza a pasar factura. Porque es evidente que a los cuarenta años una mujer está en la plenitud de la vida, pero sus óvulos hace tiempo que empezaron a dar señales de cansancio. No es cierto que podamos ser eternamente jóvenes. Y al retrasar tanto la maternidad, el número de años en los que las mujeres son realmente fértiles se reduce tanto que se abre una brecha demográfica difícil de salvar.

Que las mujeres no tienen que ser madres obligatoriamente fue el discurso feminista de los años noventa. Una idea perversa que lo único que perseguía era encajar a la mujer en el único modelo socialmente válido, el masculino, el considerado modelo universal. Pero la vida, como decía Ian Malcolm, se abre camino. Y el tener o no tener hijos no es solo una cuestión de caprichos o de estatus social, sino una cuestión mucho más animal. De supervivencia de la especie.

Por eso, ante el problema que supone la baja natalidad no solo para la economía, sino para el desarrollo del país, el discurso del método se sitúa ahora en las antípodas, en hacernos creer que tener un hijo es un acontecimiento histórico del que no hay que perderse ni un instante. En preparar su venida como si fuera la del Mesías y en abandonar todo para entregarse a la crianza sin pausa ni tregua, al dictado de lo supuestamente natural, ecológico, orgánico y 100% algodón. Madres coraje, leonas de manadas -de un solo cachorro, por supuesto- que recorren el camino inverso al nuestro para justificar algo injustificable. Ser madre es «la aventura de la vida», porque así nos lo han hecho creer.

Nuestra sociedad envejece, y los hijos que no tuvimos y se esconden en las cloacas, seguirán burlándose de nosotras, de nosotros, cuando nos demos cuenta de otra vez hemos sido engañados. Y esta vez, para siempre.