Vidas ejemplares

Paraísos

El hombre que lo tiene todo parecía no necesitar nada

Luis Ventoso
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Se cita mucho a G. K. Chesterton, el literato inglés apologista del catolicismo, muerto en 1936. Lógico, porque es un personaje adorable, a pesar de que tiene sus defectos, como todo humano (hijo de su época, hoy rechinan algunos de sus comentarios sobre los judíos y las mujeres). Su encanto tal vez radique en que siendo un tiarrón de 193 centímetros, 140 kilos y amplia inteligencia, Chesterton nunca perdió un aire infantil. Parecía un oasis de felicidad. Se reía solo de lo que garabateaba por los pubes; o hacía chiquilladas, como ejercitarse en los parques con el improbable deporte del lanzamiento de cuchillo a los árboles. En general tiene el corazón en su sitio, acierta en sus dictámenes morales. Entre sus fijaciones figura el hecho de que detestaba la lisonja a los millonarios. En su ensayo «El culto a los ricos», deplora esa coba: «Cogen la vida superficial del millonario, sus ropas, sus aficiones, su amor por los gatos, su miedo a los médicos y todo lo demás y convierten al hombre en un profeta y un salvador de sus semejantes, cuando en realidad no es más que un hombre estúpido y normal al que le gustan los gatos y le disgustan los médicos». Me divierten esas diatribas de Chesterton, pero creo que se fuma la contribución de muchos plutócratas, sobre todo los que han creado algo desde la nada.

El último día del año amaneció en La Coruña con lluvia a chorro barriendo las calles. Parecía noche bajo un telón de nubes negras. Pero a media mañana, un dedo de aire milagrero alejó las nubes. El cielo quedó azul y límpido. El sol rielaba en las calzadas empapadas. La brisa del mar corría purísima. Nada apetecía más que estrenar las calles. Salimos a dar un voltio y acabamos por las rúas angostas de la Ciudad Vieja. Era un mediodía fantasma, casi sin un alma. Avanzando solos por una acera nos cruzamos con un hombre mayor, vestido con gabardina azul marino y pantalón chino del mismo color. Un anciano calvo que caminaba solo. Su paso resultaba dinámico para su edad y emanaba un aire de sentirse bien, satisfecho con su mañana coruñesa y con su vida. Según «Forbes», aquel hombre de 81 años es el dueño de 77.900 millones de dólares, una de las cinco fortunas del mundo. Podía haber despedido 2017 en una mansión de ensueño en Mauricio, divisando las barreras de coral bajo una temperatura perfecta. O haberse alquilado dos plantas del hotel más lujoso de Viena y toda la fila uno del Concierto de Año Nuevo. O recibir el año en un palazzo veneciano, o en una isla tropical de su propiedad, como hacen horteras a lo Branson. No parecía necesitar nada de eso para estar contento consigo mismo. No le urgían esas evasiones viajeras que a veces rellenan yoes vacíos. Ha cambiado el mundo. Pero el mundo no lo ha cambiado a él.

Pasó de largo. Me habría gustado felicitarle el año. Darle las gracias por el porrón de empleos que ha creado, que mantienen pujante su ciudad; también por su ropa buena y asequible. Lo hago ahora, admirado de que siga en su lugar, lejos de los Xanadúes de artificio y haciendo lo que le gusta: trabajar y ser él mismo. (Y que Chesterton me perdone).

Luis VentosoLuis VentosoDirector AdjuntoLuis Ventoso