Memoria

No existe una sola tragedia europea de cuyo recuerdo haya que preservar a la generación siguiente

David Gistau
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Al considerar la vigencia de ciertos tramos de nuestra historia, podríamos pensar que la española es una sociedad que cultiva la memoria. Que es obsesivamente memoriosa, de hecho, lo cual no sería incompatible con un parámetro general de ignorancia que permite hacer pasar hechos históricos, una vez ahormados por un prejuicio ideológico contemporáneo, por lo contrario de lo que fueron y significaron.

Recién leída una información de Luis Aizpeolea sobre charlas impartidas por víctimas de ETA en universidades vascas, me quedo atónito por un dato que el periodista da. El 50 por ciento de los universitarios vascos no sabe qué fue el atentado de Hipercor. El 40 por ciento no sabe quién fue Miguel Ángel Blanco. No es que estén entregados a alguna militancia por la cual desarrollan hostilidad a las víctimas o al relato oficial. Es que no saben de qué se les habla. En un país dado a la memoria, que hasta promulga leyes basadas en ese término para introducir en los titulares de actualidad y revisarlos una y otra vez sucesos de hace más de setenta años, este desconocimiento de asuntos que sacudieron la España de hoy mismo resulta impresionante. Esto explica mejor por qué el libro «Patria» fue un acontecimiento revelador cuando, para saber lo que ahí se cuenta, bastaba con haber mantenido los ojos abiertos durante unos años en concreto que no son precisamente los remotos de la Guerra Civil.

Cuando ETA es un tema de conversación evitado en las familias vascas y existen un alivio general y un afán de superación, puede entenderse que para la generación de veinteañeros todo aquello sea algo impreciso, lejano. Porque lo cierto, según cuenta Aizpeolea, es que tampoco están influidos en sentido inverso ni mantienen el concepto de asalto militante de las aulas que antaño formó parte de la estrategia batasuna. Durante las charlas sabían en detalle de ETA por primera vez y muchos rompían a llorar con una empatía limpia y extrovertida por las víctimas que habría sido impensable en los campus de los años ochenta. No hay, por tanto, prejuicio ideológico. Sólo una necesidad terapéutica de distanciamiento en la sociedad que tal vez se haya llevado demasiado lejos, como cuando engañamos a los niños y les decimos que no existen los monstruos para que su pequeño mundo sea perfecto y protector.

No existe una sola tragedia europea de cuyo recuerdo haya que preservar a la generación siguiente. Al revés, ha de enfrentarse a ello como recordatorio y admonición, como advertencia de lo que puede ocurrir si se degrada una estructura de certezas morales que ya estaba ahí cuando esos jóvenes llegaron. Una generación siguiente en el País Vasco que ignora qué fue Hipercor o que necesita leer «Patria» para saber qué ocurrió en su vecindario hace un par de décadas tiene agujeros por los que se le puede colar cualquier cosa. Por ejemplo, hay que explicarle por qué Otegui no puede pretenderse un gurú de la nueva política biempensante que nos da a los demás lecciones de democracia.

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