La vieja Viena desbanca a Dudamel

El joven director venezolano debutó en el Concierto de Año Nuevo

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El año 2017 amaneció con la promesa de una revolución. La Orquesta Filarmónica de Viena alcanza su 175 aniversario y por ello encargó a Vivienne Westwood y Andreas Kronthaler una nueva indumentaria a estrenar en el famoso Concierto de Año Nuevo. La expectación era lógica: ¿se atrevería la que en otro tiempo fue musa del punk, contestataria e irreverente a contravenir los principios del mundo de la seguridad?; ¿buscaría agitar la quietud de quienes todos los primeros de enero miran a Viena con la satisfacción del deber cumplido? Volando por los cielos de Viena al galope de una escalofriante cámara aérea, el realizador Michael Beyer, llevó este año a los espectadores televisivos hasta la sala dorada de la Musikeverein. Dentro, un cúmulo de flores multicolores proporcionadas por el Wiener Stadtgärten, además de una orquesta orgullosa de lucir «The Philharmonic Suit». El traje es elegante, elegantísimo… y tradicionalmente previsible al mantener la funcionalidad protocolaria del chaqué (para ver la rotundidad de su corte nada mejor que buscar en la web).

Se discute mucho en esos tiempos de zozobra cultural sobre la necesidad de «sacar» la música (clásica) de su gueto, de «actualizar» formatos y «ganar» público más allá del fiel aficionado de pelo blanco o cabeza reluciente. Pero es obvio que para la Filarmónica de Viena, ante el estandarte de su emblemático concierto, cualquier argumento es absurdo. La capital de Austria es una ciudad plagada de sonidos entrañables y algunos otros comprometidos con la historia, aunque sean algo menos populares. Del aspecto más inmediato se ocuparon las imágenes de factura encantadora hilvanadas por Robert Neumüller en el reportaje titulado «El ritmo de Viena» ofrecido durante el descanso de transmisión televisiva.

Marmita de emplastos

Porque es importante no alterar un ensamblaje tan perfecto, ni mucho menos convertir el Concierto de Año Nuevo en marmita de emplastos. Medio mundo sigue deleitándose con los valses, polcas y marchas que Meyer decoró con imágenes impecablemente pronosticables demostrando que, a pesar de sus viajes celestes, son ya historia las hazañas del veterano Brian Large capaz siempre de una inquietante objetividad con la cámara. También volverá a reconocerse el sonido refinado, exquisito hasta lo mínimo de los vieneses, resposables de elevar obras delicadísimas como «Los patinadores» de Émile Waldteufel. Y, por supuesto, la presencia de un director joven, de élite y con notable fama.

Gustavo Dudamel tenía que aparecer tarde o temprano en el podio del Concierto de Año Nuevo. En los mentideros musicales, su trabajo divide a incondicionales y refractarios. Todos hablarán hoy de lo poco que ayudó a la alegría general del espectáculo la morosidad de muchos «tempi», la contenida creatividad del gesto, el recatado exhibicionismo sobre el podio (él que ha sido un saltimbanqui del cuadrilátero directorial) y la sosería interpretativa general ante músicas tan embaucadoras, desde la «Nechledil Marsch» de Franz Léhar hasta la marcha Radetzky con el público aplaudiendo a su manera y lanzado al entusiasmo desde el compás uno. Viena se ha impuesto a Dudamel.

Novedades

El programa presentaba con siete novedades sobre años anteriores. Varias de ellas implicaron al Wiener Staatsballett que, dirigido por Renato Zanella, tuvo su momento de gloria al volver en directo a la propia sala de la Musikverein durante la polca rápida «Auf zum Tanze!» de Johann Strauss hijo. También es suyo el vals «Die Extravaganten» que puso fondo a la presencia habitual de los caballos de raza «lipizzaner» de la prestigiosa Escuela Española de Equitación. Y por supuesto el detalle simpático y culminante con Dudamel soplando los pajaritos en la polca de Josef Strauss «Die Nasswalderin».

Hace unos días, el propio Dudamel declaraba poder morir en paz después de dirigir el Concierto de Año Nuevo. La frase es exagerada, por supuesto, pero da idea del alcance universal de este acontecimiento ante el que Dudamel trató de hacer música pero calló. Con el mundo revuelto, con su Venezuela natal por los suelos, siendo él mismo hijo y referencia absoluta del impresionante Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles que tanto hace por la integración social a través de la música habría sido de agradecer una frase, cuatro palabras que decorasen la obligada felicitación final explicando al mundo el extraordinario sentido positivo que tiene hacer música incluso en situaciones límite. Por ello, y ante la pusilanimidad, ha de quedar la ejecución figurinista de Westwood. No será algo revolucionario, pero sí comprometido con la causa. ¡Feliz 2017!