Un hombre contemplando el horizonte en medi del campo
Un hombre contemplando el horizonte en medi del campo - ABC
Literatura

La literatura andaluza redescubre el mundo rural

Una nueva generación de narradores y poetas vuelve sus ojos al campo para mostrar su realidad, lejos de visiones simplistas

SevillaActualizado:

El campo vuelve a estar de moda como territorio literario. Es cierto que la novela urbana domina el mercado literario español, aunque en los últimos meses se han publicado libros que vuelven la mirada en lo rural, hacia un paisaje y paisanaje que vuelven a tener interés no solo para narradores, poetas y ensayistas sino también para los lectores.

Buena prueba de ello es una novela como «Los asquerosos» (Blackie Books), de Santiago Lorenzo, que, publicada a finales de 2018, ha logrado en pocos meses y sin una gran promoción, superar diez ediciones y los 50.000 ejemplares vendidos.

Este regreso a la tierra de la literatura española tiene también su reflejo en Andalucía, de donde provienen dos novedades recientes en este terreno, como son la novela «La tierra desnuda» (Alfaguara), debut del escritor afincado en la localidad granadina de Monachil Rafael Navarro de Castro; y «Tierra de mujeres» (Seix Barral), ensayo con múltiples líneas de fuga, de la intimista crónica familiar a la reivindicación de lo femenino en el campo, de la poeta cordobesa María Sánchez.

Ambos son dos ejemplos de una corriente cuyo origen, al menos en parte, hay que buscarlo, de nuevo, en Andalucía, de la mano del escritor oliventino residente en Sevilla Jesús Carrasco.

Su novela «Intemperie» (2013), una historia de agreste paisaje mesetario que podía leerse en clave de western abstracto y dotada de un estilo portentoso, no solo se convirtió aquel año en un incontestable éxito de crítica y público, sino que antes de su publicación ya había vendido sus derechos para publicarse en más de una docena de países.

La otra pata en la que descansa este retorno a los pueblos hay que rastrearla en uno de los ensayos con mayor recorrido en España de los últimos años: «La España vacía» (2016), de Sergio del Molino, entre la historia y la literatura, entre la mirada de la Generación del 98, la reivindicación del realismo más pausado de Miguel Delibes y la vuelta de las ciudades al campo que muchos de los nacidos en los setenta han experimentado repoblando pueblos abandonados.

De Julio Llamazares a John Berger

Del Molino señalaba en ese ensayo una novela clave para esta nueva generación de escritores rurales, «La lluvia amarilla» (1988), de Julio Llamazares, junto a otros libros que delimitan un territorio situado, por un lado, entre el retrato sin edulcorar del ámbito rural, con oficios que se pierden para siempre y la despoblación hacia zonas urbanas, y, por otro, el elogio del retorno a la naturaleza como liberación de los excesos consumistas y tecnológicos de la sociedad actual.

Ambos extremos pueden definirse por dos libros de la tradición anglosajona, como son «Tierra puerca» (1979), de John Berger, crónica de la vida del campesinado en la montaña francesa, donde se entremezclan el ensayo, la narración breve y la poesía; y el «Walden» (1845), el clásico de Henry David Thoureau que propugnaba un retorno a la naturaleza, las cosas simples, la soledad y la contemplación.

Esta generación no renuncia tampoco a escritores que han hecho del campo la materia de su narrativa o se han acercado a él puntualmente, entre los que se podrían citar a Luis Mateo Díaz, Moisés Pascual Pozas y Manuel Vilas, entre otros.

En estas coordenadas se han movido, a veces puntualmente escritores como los mencionados, pero también Iván Repila («El que robó el caballo de Atila»), Pilar Adón («Las efímeras»), Ginés Sánchez («Lobisón») o los poetas reunidos por Pedro M. Domene en la antología «Neorrurales» que publicó el sello cordobés Berenice el pasado año.

Ni postal ni España negra

Es decir, una visión del campo que se aparta de los lugares comunes que han lastrado habitualmente a esta literatura y que se pueden resumir en atraso, explotación, duras condiciones de vida, analfabetismo y tragedia, que marcan novelas de la negrura de «La familia de Pascual Duarte», de Camilo José Cela, o «Los santos inocentes», de Delibes.

Tampoco parecen influir en estos narradores el rico legado de la literatura rural andaluza, ni el realismo aristocrático de Manuel Halcón ni el lirismo de José Antonio Muñoz Rojas, pese a su indiscutible calidad y singularidad. Tampoco los puntuales acercamientos de los narraluces.

Con todo, esta nueva generación de escritores tienen como principal virtud una mirada hacia el mundo rural que trata de despojarse de prejuicios urbanitas y ofrecer una visión más real del campo, alejada tanto de la España negra como de la postal campestre, que también se traduce, en el caso de Jesús Carrasco o de María Sánchez, en la reivindicación de un lenguaje y unas palabras que, como galiana, venero o empollo, no solo pueden decir muy poco o nada en el medio urbano, sino que, si no se siguen usando en la literatura están condenadas a desaparecer.

Al final, como siempre sucede con las modas literarias, será el tiempo el que separe el grano de la paja en este redescubrimiento de lo rural.