Desastres de la guerra en Bosnia-Herzegovina. Un niño juega en un tanque en Sarajevo
Desastres de la guerra en Bosnia-Herzegovina. Un niño juega en un tanque en Sarajevo - AFP
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Los fantasmas balcánicos de Branislav Djordjevic

El autor de esta novela retrata una generación, la suya, que fue devastada por una guerra que sacó lo peor de las personas

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Perteneciente a una brillante generación, Djordjevic (1952) le dedica en su novela Lugares lejanos un espléndido retrato y elegía sentimental. Una culta y civilizada generación formada por jóvenes que, como se recuerda en esta estupenda novela, que tendría que ser de lectura obligada en muchas escuelas, «habían sido agraciados con la suerte de ser la primera generación de serbios del siglo XX que no había conocido los horrores de una guerra ni los sufrimientos de la posguerra». La primera que, uniéndose en experiencias y lecturas a sus compañeros occidentales, «escuchó y entendió el espíritu de sus tiempos».

Incrédulos al principio, con la palabra «Europa» siempre en sus labios, como un talismán que los defendería de todos los males, anteponiéndose al fantasma tenebroso que encarnaba la palabra «guerra», vieron llegar imparable una ola de graduales turbulencias, de amenazas y presagios cada vez más repetidos; de puntuales «alborotos» que de momento se limitaban a «verborreas académicas que la gente corriente no entendía».

Trampa mortal

Una generación que había viajado con frecuencia, que había aprendido y volcado sus experiencias cuando regresaba. Aun así se vio atrapada en una trampa mortal, sorprendida por «la rapidez y la fuerza» del avance de los acontecimientos. Discursos y artículos con «una desmesurada dosis de exaltación patriótica», unidos a feroces fanatismos identitarios hasta entonces mantenidos a raya, en el espacio reservado a los bajos instintos más primitivos e irracionales, pasarían a sustituir, como un feroz veneno corrosivo y devastador, la mente y conciencia de gentes hasta entonces clasificadas de «normales» y civilizadas.

A través del personaje de un humanista, un joven médico de Belgrado, Alexa, hasta entonces sólo absorbido por sus investigaciones científicas, Djordjevic retrata de forma minuciosa y espléndida, con un maravilloso despliegue de sutiles diferencias entre unos grupos sociales y otros, a toda una colectividad de repente secuestrada por la brutalidad de la guerra. Una colectividad abocada también, de forma cotidiana, a un creciente desorden y destrucción de todos los tejidos sociales, morales y profesionales hasta entonces imperantes. De forma paralela, como en todos los conflictos, Alexa contemplará impotente cómo surge por doquier lo peor de la especie. Es decir, trepadores infames y sin principios, así como mediocres e inoperantes que aprovecharán la enfermedad más incurable, la del nacionalismo, para hacer fortuna.

Muy pronto, sobre todo en el mundo de Alexa, en el de los hospitales y medicamentos que escasean, surgirán depredadores y traficantes de todo tipo que, agazapados en tiempos de paz, parecían esperar su momento. Un nuevo reparto de fuerzas, de intereses, de fronteras se había iniciado e influiría en el destino de millones de personas, entre ellos Alexa.