INFRAESTRUCTURAS

El rincón entre Cádiz y San Fernando que vuelve pura el agua

La estación depuradora de Edacafesa trata, desde principios de siglo, las aguas residuales de estas dos localidades

CÁDIZActualizado:

La isleña Niña Pastori cantó que Cádiz, en la madrugada, le huele a sal. Sin embargo, en el camino de Cádiz a San Fernando, frente a Torregorda el olor no es muchas veces a salina, «dependiendo de cómo sople el viento», como señala José Luis Trapero, gerente de Hidralia, una de las empresas que gestiona (dentro de la sociedad Agrupación Interés Económico, AIE) la planta depuradora que limpia las aguas de Cádiz y San Fernando. La instalación, que comenzó a funcionar hace 16 años, está mimetizada dentro del Parque Natural y, aunque, pase desapercibida para casi toda la población, evita que los residuos de más de 200.000 ciudadanos se viertan sin control al mar.

Fue en el año 1998 cuando comenzó la construcción de esta estación. El primer problema con el que se encontraron era su ubicación: en medio Parque Natural. Es por esto que las medidas de control ambiental son en extremo exhaustivas, «pero era el único sitio posible para dar servicio a las dos ciudades», explica Trapero. La topografía plana de la Bahía fue otro de los escollos, ya que el agua no puede llegar por gravedad a la planta, «por lo que fueron necesarias dos estaciones de bombeo, una en Cortadura y otra en Buen Pastor».

El volumen del agua depurada se lo saben al dedillo. Doce hectómetros cúbicos de agua o «para que se entienda mejor, 12.000 millones de litros de agua al año, que antes de que se hiciera la depuradora acababan en el mar», explica Óscar Ruiz, gerente de la planta.

El lugar donde el agua, libre de impurezas, vuelve al medio ambiente es el entorno de Santibáñez, con una tubería que se adentra 840 metros en el interior del mar «y que cuenta con numerosas chimeneas repartidas a lo largo de su longitud para así dosificar mejor el vertido». El lugar se eligió «porque estaba cerca de la planta y porque, por su situación, las corrientes marinas diluyen rápidamente el vertido», detalla Alberto Martín, representante de Inima, otra de las empresas que está integrada en AIE.

La maquinaria de la depuración

El proceso de depuración del agua se asemeja a los juegos de mecánica en los que una bolita va pasando por distintas máquinas y que, tras varias acciones, acaba saliendo del mecanismo. Grosso modo, el agua entra en la planta y es sometida, en un primer momento, a un proceso de tamizado para eliminar los grandes residuos que lleva con ella. Javier Iniesta, jefe de la planta, nos muestra esa especie de coladores gigantes en los que queda atrapado «de todo, como compresas, preservativos, bastoncillos de los oídos, colillas, pañales... mira, ahí se ha quedado una aceituna y parece que no tiene mala pinta», bromea. Los desechos que se retienen de esta primera fase salen en camiones hacia el vertedero, al ser basuras que nunca debieron mezclarse con el agua.

Los desechos sólidos acaban en el vertedero y los lodos orgánicos se transforman en abono

Tras este proceso, el agua es conducida por unos canales, donde por sedimentación y flotación, se separa la arena y las grasas que pueda tener y a continuación se tranquiliza en unas grandes piscinas circulares, donde decantan las partículas que flotan en el agua. De ahí, llega al momento «más delicado de todo el proceso», en palabras de Trapero. El agua pasa a un gran tanque lleno de bacterias que se alimentan de la suciedad acumulada. La imagen se asemeja a la de «un gran tazón con cacao lleno de burbujas», como detalla Iniesta. En este proceso se decanta el agua más purificada de tal manera que las bacterias vuelvan a entrar en la gran pileta.

Estas bacterias que se alimentan de porquería tienen un gran enemigo: la salinidad del agua. «De hecho, cuando los niveles de salinidad son muy altos, algo que ocurre muy puntualmente, nos vemos obligados a verter las aguas residuales que nos llegan al mar directamente pasando únicamente por los primeros tratamientos de depuración», explica Trapero, que se sorprende de la pregunta del periodista: «¿Tienen que informar a la Administración cuando se produce una eventualidad así?»

Y es que según explica el gerente de Hidralia, «todo el proceso está medido al milímetro, todos los valores son controlados y cada resultado nos llega a la vez a nosotros y a la Junta, que es quien tiene las competencias». Medio Ambiente conoce, a tiempo real, las características del agua tanto a la entrada como a la salida y la relación con la planta «es de cooperación» total.

El momento más delicado del proceso es cuando las bacterias devoran los restos orgánicos del agua

Tras pasar por las bacterias, el agua vuelve a someterse a un proceso de sedimentación para que los microorganismos depuradores se separen y con ellos arrastren las impurezas que queden. La prueba de que ya apenas queda qué limpiar son las aves que se posan en ese gran vaso. Gaviotas, palomas y patos que conviven en una lámina de agua que –el redactor ha estado a medio metro de ella–, es totalmente inodora.

«¿Por qué entonces huele en ocasiones tan mal en la carretera? ¿Por qué huele peor en verano?» Los responsables de la planta explican con paciencia que el principal vector es el viento «porque en un día sin mucho viento aquí mismo, en la planta, no huele mal», explica Óscar Ruiz. «Por las características de Cádiz y San Fernando, la población se mantiene más o menos constante todo el año, por lo que no hay más desechos en la planta cuando llega el verano», añade Javier Iniesta, y José Luis Trapero completa con que en verano «se llevan a veces las ventanillas bajadas y al pasar tan cerca se percibe el olor, pero éste nunca llega a Cádiz o a San Fernando».

Desechos por tierra, mar y aire

El proceso de depuración («que pese a lo que mucha gente cree es más caro que el de potabilización», apunta Alberto Martín, de Inima), culmina, como se ha indicado, por mar, pero también por tierra y aire.

Así, mientras que los desechos sólidos que se tamizan al principio son enviados al vertedero, los lodos separados del agua reciben un tratamiento con bacterias que producen gas metano. Estos lodos tratados y concentrados se emplean como abono por su alto contenido en materia orgánica y nutrientes como nitrógeno y fósforo. Eso sí, no son rentables económicamente, pues el proceso de obtención, transporte y aplicación es mucho más caro que el de los abonos químicos.

Y queda el aire, que es donde acaba, una vez quemado, el metano resultante del proceso de tratamiento de los lodos. Parte de este gas, pormenoriza Iniesta, es empleado como combustible en la propia planta, lo que reduce el consumo energético de la depuradora. «El sobrante se almacena en las dos grandes esferas que se pueden ver desde la carretera, pero sería imposible conservarlo todo», apunta el jefe de planta.

Todos los agentes implicados en la estación, cuando se refieren a ella, no ocultan su satisfacción por las soluciones que han aplicado al entorno. Una satisfacción que se ha reflejado en la sociedad, con visitas frecuentes de asociaciones de vecinos, de aficionados a la ingeniería y de colegios, «aunque los niños se quejen de lo mal que huele al principio», bromea Iniesta.