TOP CARNAVAL 2019

Los 16 lugares de Cádiz para escuchar coplas de Carnaval

En cada rincón de Cádiz se vive intensamente el Carnaval. No dejes de pasar por estas calles

CÁDIZ Actualizado: Guardar
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En cada rincón de Cádiz se vive intensamente el Carnaval más genuino, el callejero

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  1. Iglesia de San Lorenzo

    A las dos partes les da coraje (forma menor del cabreo) pero saben que es verdad: la Iglesia Católica es la autora del Carnaval y el Carnaval debe su vida a la Iglesia Católica. Así está montado en una parte del mundo en la que crucifijos, sotanas y hábitos están en todo, en la base de cualquier palo, del recetario a la escuela, la cama, el gobierno y, también, el cachondeo. Porque el origen de esta fiesta –recordemos– es un desahogo previo a la extrema contención de la Cuaresma. Por lo visto, por lo escrito, una vez fue mayoritaria (la contención). Ahora es rareza pero nos hemos quedado con la mitad buena del ahogo: la que tiene prefijo. Eso dice la Historia, así que nada mejor que tomársela con ironía y en vaso de chato para ir a disfrutar de la copla irreverente justo al lado de una iglesia.

    Los aficionados y lugareños, hablan de «ir a San Lorenzo a escuchá» cuando en realidad hablan de varias calles. Casi todas son estrechas, anónimas el resto del año, anodinas incluso. Con escasísimos comercios, sin monumentos, hostelería ni más atractivo que servir de hogar a unas decenas de vecinos. Armengual es una de las que mejor representa este concepto abstracto de ir «a San Lorenzo». Está en un lateral del templo, limita directamente con su sagrada estructura. Eso permite que casi la mitad de la vía apenas tenga casapuertas ni ventanas ni balcones. Además, un acceso lateral escalonado a la iglesia hace de pequeño escenario. Puede parecer contradictorio, hablando de una iglesia, pero todo esto es una tentación enorme para público, callejeras o ilegales, para romanceros y algún grupo oficial.

    Es un imán para los que buscan el repentismo premeditado y algo ensayado, la ocurrencia a compás que regala el pequeño y laberíntico crucigrama de Cádiz. Es más de tarde y noche porque, tan católica ella, tiene una virtud: está a medio camino desde el «centro-centro» –lugar imaginario a unos cien pasos del Palillero– y que arranca a cantar con luz solar hasta La Viña a la que todos peregrinan de noche. La distancia no llega a un kilómetro pero los que quieren escuchar y los que quieren cantar tardan 12 horas en recorrerla, de la dos de la tarde a las dos de la mañana, un poner. San Lorenzo y Armengual estarían en el ecuador de ese viaje pero, a veces, cuentan que con su vecina Encarnación forma el Triángulo de las Bermudas del cuplé y no se vuelve a saber de los que pasan por allí. Jamás llegan a su destino.

  2. Escalera de Correos y Calle Libertad

    Es como un conflicto familiar: que casi nadie quiere comentarlo. Así parece que no existe. Pero entre el Carnaval del Concurso del Falla y las agrupaciones ilegales hay un cierto resquemor, algo parecido a un pique y un silencioso cruce de reproches. Son raros los aficionados a los que les gustan las dos mitades por igual. Parece que una pasión impide la otra, la anula. En los últimos años, ambos públicos son crecientes. Las chirigotas ilegales –aunque hay quien se molesta si las llaman así– son para unos lo mejor del Carnaval, quizás lo único ya. Para los otros, cuando el Falla echa la simbólica baraja de papelillos tras el último fallo de los fallones, se acaba casi todo. La calle tiene otras normas, hasta las malas producen una sensación de prodigio, de fortuna excepcional. Sueltan ese ingenio sin arreglar, mestizo, a medio metro de la cara y las orejas de un público que recibe su artesano producto sin intermediarios ni rituales. Todo ese encanto se mantiene, en parte, cuando actúan en salas. Y cada vez sucede más. Pero esta euforia presente tuvo un pasado casual y diminuto. Todo tuvo un principio y el de las callejeras se sitúa en las escaleras de Correos, en la plaza Topete, y en la vecina calle Libertad (que en realidad son cuatro calles alrededor del Mercado Central). En esa zona, en algún momento de los primeros años 80 empezaron a coincidir los grupos de aquellos pioneros Gómez, Rosado y Leal... En compañía de algunos otros. Disfrutar de las callejeras en esa zona de la Plaza de las Flores o del Mercado tiene el sabor del origen conservado. Aunque ya lo frecuentan multitudes, aunque los carruseles de coros que servían de excusa para atraer chirigotas y curiosos se expandieron a todo el casco antiguo hace mucho, queda en el aire un aroma a magia primera que se mezcla con el de aceite de churros. Ya no es el mejor sitio, desde luego. Ya no es rompedor ni siquiera en el Carnaval Chiquito pero siempre será el lugar en el que comenzó todo. Allí empezamos. Sólo sabemos jugar con las palabras. Nos enseñan de chicos porque son gratis. Toma, niño, seis verbos, siete sustantivos, cuatro adjetivos, rímalos, deja una frasecita sin terminar, que la gente se lo imagine. Pocos lo hacen mejor que estos grupos. Lo sepan o no, son herederos de aquellos primeros cuyos nombres recuerdan muy pocos.

  3. San Andrés

    Calificarla de calle es demasiado generoso pero su encanto para escuchar coplas impide llamarla callejón, sinónimo evocador de poca cosa, que hace pensar en una zona tétrica, propia de malas compañías. Todo lo contrario, nada triste puede pasar en San Andrés. Es estrecha (apenas tres metros de ancho), y tan corta (a duras penas llega a los 25), que se convierte en una sala íntima para escuchar, sólo que no tiene techo ni puerta. Es un auditorio natural para reír, sentir e incluso intimar con las coplas. Un picadero para revolcarse entre cuplés y estribillos, una dulce ratonera para las orgías verbales de agrupaciones que se adentran sabedoras del peligro, porque los aficionados las acorralan hasta agotarlas. El repertorio, también.

    Su estrechez lleva a escuchar por turnos. Cuando las cinco primeras filas han logrado disfrutar dan el relevo a los que aguardan detrás, en la única salida a Rosario, mientras que la agrupación se toma un respiro antes de iniciar de nuevo. A las callejeras más cotizadas se les encierra al fondo, sin escapatoria. Es aconsejable tomar posiciones, escuchar lo más cerca posible, por el efecto embudo que provoca la santa calle.

    San Andrés hace la vista gorda ante el desatino de los días carnales, en los que se escuchan críticas cabronas, se declaman pecados capitales y la risa contagiosa oficia la amistad efímera. La calle es un refugio del bullicio del centro, de las colapsadas Rosario, Valdeíñigo y Cardenal Zapata. Todas a tres pasos, y todas con una callejera acorralada contra la pared por los vivos vivientes, los ávidos y deseosos comedores de copla humana.

    Este santo callejón hace esquina con uno de los cafés de referencia en los días de fiesta (El Café de Levante) y en los laborables. Peticito como la calle, con media docena escasa de mesas, acogedor y bullicioso en estas fechas, es necesario para recargar las baterías etílicas o meterse la dosis justa de azúcar y cafeína para seguir la ruta de buscar sitios en los que pararse.

    Romanceros, chirigotas de dos y en, un alarde, incluso de cuatro (es lo que tiene la anárquica fiesta, que uno solo puede ser considerado chirigota), toman San Andrés como lugar de referencia, recibidor, zaguán y lavadero a ras de tierra, zona acogedora de actuación, con una ventana de avituallamiento que quiso ser torno de convento pero pecó y acabó aquí.

  4. Oratorio de San Felipe

    Lo sensato sería tomarnos algunas cosas en serio. El Oratorio de San Felipe Neri es un lugar excepcional desde el punto de vista histórico. Es el espacio en el que se aprobó la primera Constitución de España, la tercera del mundo, y aunque durase lo que un salivajo en una plancha, aunque pueda estar sobrevalorada y Cádiz la viera nacer porque era el último rincón sin conquistar, la habitación del pánico de media Europa. Pero la gente agradecida suele festejar las casualidades. Y ésa mola. Un enclave así, reconocido oficialmente como ‘Lugar Constitucional’, protegido por todas las leyes de Patrimonio, que pese al enésimo fiasco del centro de interpretación y el Bicentenario que fue luce con cierto atractivo el valor arquitectónico y el bagaje histórico, político, merece ser tratado con más respeto.

    Por allí han pasado todo tipo de personalidaes. Desde los monarcas efímeros hasta los eméritos, desde padres de la patria hasta hijos de la gran China, de embajadores plenipotenciarios a impotentes bienintencionados, desde mentes preclaras a oscuros cómplices de dictadores y sátrapas. De todo. Dos siglos y pico dan para mucho. Pero el Carnaval es subversión. Consiste en jugar a invertir el orden social y los roles durante unas horas. Así que durante estos días, como cada febrero, en el Oratorio no habrá más personalidades que Selu García Cossío y los suyos. No habrá más monarcas que Ana López Segovia and company, más colores que los del Perchero. Para padres de la patria ya estaban Los Guatifó. No habrá más ley de leyes que la ilegalidad entendida como chirigota callejera. No habrá que hablar de La Pepa y sí de la Pepi, aquel inmortal personaje que trabajaba allí.

    Su ajedrezado descansillo volverá a ser escenario preferente durante el inicio de jornadas interminables y la calle Santa Inés, «sitio de muy poco tránsito» según el tango, servirá de cobijo a muchas de las letras más deslumbrantes y sorprendentes del año.

    Luego pasarán estos diez días, con su prórroga dominical para los jartibles, y el orden volverá a imponerse. La solemnidad regresará a este cruce de calles y de historias, al Oratorio con su cúpula, con sus placas en la fachada, con sus turistas que llegan desorientados a leerlas. El imperio de la normalidad.

  5. Circo

    Qué se podía esperar. Si es que van provocando. Llamar Circo a un callejón que sale de los callejones, ratonera entre ratoneras, marca el carácter. Así ha salido, pasillo al infierno que propicia todos los pecados y atentados posibles: contra los mandamientos, contra la higiene de suelos y paredes, contra el Código Penal. Es que la ponen botando, es que se creen que somos de piedra ostionera. Aquello tan oscuro, tan cerrado.

    A determinadas horas, con las ganas que tenemos de todo lo que te dije... Pues si se mete un romancero, una chirigota o un grupo del Falla pasa lo que pasa, lo que tenía que pasar. Que cantan y escuchas, escuchas y dicen.

    Para colmo de provocación, este antro de perdición en el que tantos aficionados han encontrado ratos inolvidables limita contra una valla (pintada de verde desesperanza) que marca el inicio de una gran propiedad que el Obispado de Cádiz tiene allí. Una especie de parque secreto, de jardín privado, de grandes proporciones para las diminutas que tiene Cádiz. Mil proyectos prometieron abrirlo, darle uso residencial, de aparcamientos o de pequeño pulmón verde, pero allí sigue, cerrado. A lo mejor algunos chirigoteros quieren derribar la valla a golpe de cuplé, a estribillos, con las baquetas como arietes. Igual, la costumbre de cantar allí –en momentos que no se pueden fijar porque tampoco es sitio de presencia constante– forma parte de un complot para socializar esa parcela, para desamortizar la mortecina infrautilización del suelo.

    Como mínimo, si hay algún religioso dentro, ha perdido algunas horas de sueño en los últimos carnavales, o a la hora de la siesta o en las de dormir largo, de verdad. El callejón Circo hace lo posible por estar a la altura del nombre, pero en el sentido romano. Por allí pasan bestias y criaturas dispuestas a matar o morir, pero de risa. Tampoco dramaticemos que esto no es un pasodoble de comparsa.

    Como última rebelión ante la costumbre, es una calle artificial, nueva, que no existía hace 150 años. En una ciudad en la que todo tiene más de mil y pico, en la que cada rincón ha cambiado de nombre tres veces por no aburrirse de lo viejo que es, resulta que Circo no exstía hasta 1855, hasta hace 160 años de nada, según el estudio del callejero gaditano de Juan José Ariza.

    Menos mal que lo inventaron, aunque fuera para entrar y salir de los jardines del Obispado.

  6. Plazuela Macías Retes

    El mejor nombre para la meca chiquita

    Las casualidades felices son raras. Hay que celebrarlas. El callejero está lleno de nombres desconocidos, incluso alguno indigno, que se asocia a un buen recuerdo por alguna coincidencia personal que no conviene airear. Pero, en contadas ocasiones, el nombre de la vía está a la altura del contenido. El continente diminuto de la plazuela Macías Retes es uno de esos pocos. Está escondida y no es de paso. Tiene forma rara, abstracta, con entrada por un frontal y salida por un lateral. Está cegada por paredes de edificios en dos de los cuatro lados. Nunca albergó establecimientos conocidos ni vecinos ilustres. Pero, por mor de los espíritus, resulta que su relevancia en el Carnaval de la calle (el único que existe) está a la altura del inmortal autor que le da nombre. Aquel apasionado de los coros que se dejó salud, paz y familia por mantener vivo el tango, que llegó a ensayar a grupos oponentes por conservarlo, que se enfrentó a las autoridades franquistas –rojo amenazado como era– de cara y esgrimiendo la palabra irónica. En aquellos tiempos, un arma peligrosa que podía costar un viaje sin retorno a la cuneta o al penal. Será por todo lo que le dio a la fiesta que amaba, a la tradición que le sedujo de niño, a ese folklore al que tanta gloria aportó.

    Será porque su aura digna y bondadosa está alrededor de su nombre pero este pequeño rincón es paso obligado de las mejores callejeras, de los romanceros que quieren redondear una jornada festiva con una noche grande. Es la meca. Los que no ha cantado en Macías Retes, como si no hubiera salido nunca, como si no hubiera existido. Desde las más humildes a las más grandes, todas tienen que estar al menos una vez cada Carnaval. Recuerdo que una noche vimos allí a ‘Los Fantasmas’, obra cumbre del género callejérido. Magisterio con pito de caña. Cantaron todo el repertorio allí, entre dos árboles arrecíos por el Poniente duro. Noche cerrada, culo de lobo, luna con cara de Heidi, menos oyentes que intérpretes, todos con bufandas y bragas de cuello, pero calientes por dentro gracias a un repertorio mágico en un lugar prodigioso.

    Son raros los aficionados que no tienen recuerdos similares –siempre de noche y muy tarde, que es lugar para acabar– con más ilegales y romanceros, ratos imprevistos cerca de peñas o bares en los que no habías entrado nunca, en cuarentaytantos años saliendo por la misma ciudad, y casi nunca vuelves a pisar.

  7. Torre Tavira

    Dicen que algún día será el Museo del Carnaval, un lugar en el que los aficionados y los curiosos confían en guardar y encontrar las mejores excusas para recordar: los tipos, los libretos, los documentos, las piezas que den fe de más de un siglo de tradición hecha pasión, de cultura popular intangible (sobre todo si está dentro de vitrinas). Dicen que un día fue la torre principal de una ciudad con más de dos centenares, que se estiraba para ver si le llegaba lo que habíamos hablado. Entre la mercancía legal y la ilegal se colaron cantes de ida y vuelta que se fueron aflamencados y volvieron con percusión africana, que se marcharon flamencos y volvieron platenses. Un lío. Dicen que un día fue conservatorio en el que los más pequeños del lugar practicaban hasta el dolor y el cansancio, hasta poder calcar los compases heredados de los maestros centroeuropeos, más que viñeros. Dicen que desde allí se vería toda la ciudad si no fuera por tanta piedra delante de las narices. Si quiere comprobar que es cierto, mire de frente la fachada de la Torre y el Palacio, luego mire la esquina que está a su izquierda. Asómese a la calle que cae cuesta abajo. Verá por encima de tanto pasado algo de presente: el punto más elevado del segundo puente, inaugurado en otoño de 2015, el primero en altura de Europa, el que une Cádiz a la Península esa rara. Pero más allá de lo que digan que dicen, es el punto más alto del casco antiguo, de todo el diminuto término muncipal. Y es un escenario principal, un auditorio primordial para entender el Carnaval real y esencial de los últimos 30 años. Es decir, de todo el Carnaval callejero, el más cercano a lo espontáneo, lo popular, lo real. Por allí han pasado los mejores grupos ilegales y, atraídos por ese creciente prestigio de lo clandestino, también un sorprendente número de agrupaciones oficiales, las sometidas a concurso público, a puntuación y escarnio mediático. Los pocos escalones, los pocos metros cuadrados, de la Torre Tavira, del Palacio de los Marqueses de Recaño, son historia de la fiesta local y los que aún no la conozcan (debe de quedar alguien, merecedor de todo respeto, recién llegado de Saturno) debe pasar por allí si quiere tener constancia de todos los lugares carnavalescos de Cádiz. Es lugar para casi todos los días de la fiesta, para casi todas las horas, pero por algún extraño código sin escribir es más populosa a la hora del almuerzo (eso, en Carnaval, significa las tres o las cuatro de la tarde) o antes de que se vaya el sol.

  8. Sargento Daponte

    Es una calle de la que nada se puede decir. No tiene más historias que la personal de cada uno. Todas las ciudades están llenas de recuerdos de los que pasan por una esquina y, en silencio, cierran los ojos una fracción de segundo para tragarse otra vez que allí besaron, pegaron, recibieron un golpe o desnudaron un cuerpo distinto al suyo. Hay quien tiene la suerte de recorrer sus barrios de juventud con un recuerdo de algún portal, de alguna calle, de alguna esquina. Puede parecer poca cosa pero es una vida entera. O minutos de vida. Que vienen a ser lo mismo.

    Sirva esta anodina vía semiviñera para representar a los pequeños escenarios anónimos del Carnaval de la calle. Son cambiantes, improvisados. Unos años aparecen unos y otros años se trasladan cientos de metros más allá. Todos desconocidos, intercambiables menos para los que viven allí o para los que pasan en silencio a recordar. Sargento Daponte es un ejemplo. Está entre la muy larga Sagasta y la muy sonora Pasquín (la de los 55 días). Las une o las separa. No hay nada más que decir. Salvo que allí viviera una novia, un primo, un padre que se fue o un hermano que nunca volvió. Porque el callejero gaditano está lleno de recuerdos para los lugareños y aunque en Carnaval traten de disfrazarlos, se cuelan bajo la careta que se les pone en los días de coplas y saludos.

    Y si este año no toca que ninguna ilegal se pare en esta calle y cante, siempre queda el primer recurso de la segunda enmienda: cantar letras antiguas. Esta calle es como el pasodoble de medida. Parece intrascendente. Suena obligatorio, burocrático, pero luego resulta que se graba en las venas, que sabe poner los vellos en modo perlita como ningún otro del repertorio, más pretencioso, puede hacer. Sargento Daponte es a las calles de Carnaval como el ‘Ay de ti si yo pudiera’ de ‘Las ruinas’, como el ‘Ya vuelve el 3x4’ de ‘Las viudas’, como ‘Con la maldición de vivir siempre en La Caleta’ de ‘La lapa negra’… Parecían intrascendentes, obligatorios, tenían que estar ahí. Pero luego son como esos versos, esos besos, de casapuerta («portal» en lengua castellana) que siempre quedan, que aparecen en la memoria cada poco tiempo y a traición.

  9. Cristóbal Colón

    Dos de los gaditanos más interesantes de los últimos 25 años, Ángel Pinto y Javier Osuna, coinciden en señalar que es uno de los sitios más curiosos de la ciudad. Dicen que la gente guapa lo es hasta con los ojos cerrados. Igual puede aplicarse al Archivo Provincial, que es interesante con sus puertas cerradas. Esos días de entre semana de Carnaval, en los que los gaditanos madrugan y trabajan para sorpresa de los pocos visitantes que compran todos los tópicos que les ponen por delante.

    Cuando ya ha caído el sol hace mucho, con la tarea hecha y pese al madrugón nuestro de cada día, todavía queda algo de tiempo para disfrutar de unas buenas risas y unas coplas. Las callejeras o ilegales se despliegan entonces por el casco antiguo para repetir el prodigio de los festivos y demostrar que hasta el día más anodino tiene un hueco para el disfrute (ya saben, como el sexo pero en versión cuplé).

    Y entonces, en esas jornadas de aparente transición -las esenciales para muchos- aparecen rincones como la calle Cristóbal Colón, con su hueco apropiado. Es el que sirve para dar espacio a esa sede institucional que guarda la memoria en forma de papeles color sepia que encierran la negrura y el arco iris de la vida. Por allí hay rastros de Haydn, Goya, Neruda, Troski o James Bond, de listas negras y ataúdes blancos, de epidemias, responsos y purgas. Para descubrir esos misterios, esos tesoros y esos matices habrá que volver en horario de apertura.

    En el de cerrazón quedan los cuplés a la puerta. Hay que saber esperar a que el cielo esté oscuro y enciendan la única iluminación posible, esas farolas hepatíticas que nos legaron los responsables de los últimos dos siglos.

    El que no conozca esta versión de la fiesta serena y entre pocos, que sepa que no ha conocido una de las mejores. Los que la conocieron, lo saben. Porque parece que los huecos de las calles encorvadas están hechos para estos momentos. Son apenas unas horas perdidas en una jornada laborable.

    A la mañana siguiente, al madrugón siguiente, habrá que pensar que la vida es sueño. Es decir, que consiste en tener sueño. Y el sueño no hace mal, se recupera con una cabezadita breve en la sobremesa. Nadie se va a morir por escaparse. En cambio, puede que esté un poco menos vivo si no lo prueba.

  10. El Pópulo

    El Pópulo es uno de esos barrios en los que merece la pena perderse aunque no tiene pérdida. Son pocas sus calles pero amplia su historia de esas dos manzanas tentadoras. Se accede por tres arcos que fueran puerta de entrada al barrio medieval. Y se entre por donde se entre, en los días de Carnaval, especialmente las noches entre semana, será difícil avanzar. El tranquilo barrio se vuelve festero durante la semana gamberra. Vive sus días de gloria de copla entre el martes y jueves, donde desde hace once años se concentran las agrupaciones callejeras. Una iniciativa de LA VOZ, muy criticada por el politizado mundo de las chirigotas ilegales y por dirigentes vecinales, acabó por arraigar una vez que la gente la hizo suya, que los grupos entendieron que era una invitación y no una apropiación. En sus inicios fue con cierto orden, bajo el paraguas de esa cita organizada (si este Carnaval puede y debe tener alguna vez organización) con el nombre de ‘Amoaescuchá’. Pequeños escenarios a un palmo del suelo le dieron a las agrupaciones que acudían un lugar fijo en el que interpretar sus coplas. En las calles Mesón, Silencio, Posadilla, San Antonio Abad o la plaza de San Martín, ajado epicentro.

    A la vuelta de los años, lo que fue una reunión de chirigotas ilegales en busca de un sitio tranquilo en el que interpretar sus coplas, se ha convertido en cita ineludible ampliada a tres días de interpretación.

    El barrio ya se queda pequeño, y las chirigotas comienzan a desparramarse por las calles cercanas al barrio. Así, ya es muy habitual poder disfrutar de una agrupación bajo el arco de El Pópulo, bajo la capilla, en plena calle Pelota, en San Juan de Dios o en las cercanas Ruiz de Bustamante o Marqués de Cádiz. Allí buscan refugio, una esquina más tranquila donde ofrecer su repertorio, lejos de los que acompañan su visita al barrio con las copas y los bares.

    Tiene el barrio el encanto de lo estrecho, de calor humano que da estar apretado en las noches del postrero invierno, del gentío que persigue un romancero, una chirigota o encuentra a dos que se perdieron hace rato del resto de su agrupación pero que no dudan en afrontar en solitario el repertorio.

    Eso sí. Hay que armarse de paciencia, nada de prisas y ser inmune a los empujones. Así que es recomendable, entre copla y copla disfrutar de los numerosos locales del barrio. Pero sin perder de vista el objetivo principal: volver a casa con una buena selección de coplas escuchadas y reídas.

  11. José del Toro

    Me gusta el Casco Antiguo de Cádiz. Sin objetividad ni mérito, sin empeño ni voluntad. Puede que sin argumentos. Una vez una amiga de Málaga me dijo “me habían contado que era hermoso y decadente. La segunda mitad es cierta”. No podría discutirlo con nadie. Me gusta porque me tocó. Crecí por allí y me sigue emocionando el sol cuando ciega de brillo los adoquines de las pocas cuestas al volver de la playa, el gris que confunde piedra y metal cansado de mañanas otoñales como la que te digo, el dolor de cuello de mirar para arriba o el amarillo hepatitis de la iluminación nocturna. Me gusta como la tristeza. Se parecen. Así que una vez pisoteado el miedo y visto que todo era normal (una bronquitis vulgar como un programa de cotilleos), había que celebrar la salud. Y ya que estábamos en el centro, regresamos con enorme caminata los dos que no teníamos clínica, los dos hombres escasos (de hombría y luces, uno. De tamaño y memoria, con cuatro años, el otro).

    Pancracio Centro inaugura en cuestión de días. Pedro Álvarez vigilaba la obra el sábado, ya casi a la hora del almuerzo. José del Toro se convierte en calle especial o special street.

    Usted está Aquí (preciosa tienda que me parece ejemplar en el denostado sector de los ‘recuerdos’, por precioso continente y contenido), Cambalache (con su memoria de jazz, carnaval callejero, visitas ilustres y música en general), La Cápsula, La Clandestina

    Puedo ir a comer algo a La Candela cuando lo necesite, Café de Levante, Absolut, Habana y Nicanor a tiro di pedra. Mucho placer en 300 metros a la redonda, cabeza cuadrada. Todo a la mano.

  12. El Palillero

    Mencionar en textos y piezas comunes de medios de comunicación establecimientos comerciales siempre estuvo mal considerado. Era como regalar publicidad y colársela al espectador de forma fullera. Pero las normas siempre fueron para romperlas. Además los medios se liaron con las redes y han cambiado tanto que no los conoce ni la madre que los parió. Para colmo, la publicidad cabalga desmandada y te salta a la cara sin que la busques, sin pacto previo ni orden establecido. Así que esa regla ha resultado ser una candidez propia de aquel final de siglo XX que ahora parece a un milenio de distancia.

    En Cádiz, como en todos sitios, los establecimientos comerciales siempre han servido para ubicar al interlocutor. Recógeme en el Bar Stop, vivo encima de Cortefiel, voy a estar con esta gente delante de Simago, he visto un accidente en Radio Juventud… Por no mencionar los escaparates de Moral, Tinoco y Gayro. Hasta las reuniones secretas en el sótano de El Chato y las partidas en El Anteojo tenían un sabor a novela negra, esa en la que siempre había un bar por el que pasaba el detective, un negocio con papel relevante. Así que no va a pasar nada ahora por decir que Zara se ha convertido en un escenario preferente en el Carnaval de la calle. Con sus puertas cerradas y su ropa durmiendo (está cansada, viene de muy lejos) se ha erigido en un tablao permanente, en las tablas sin madera por las que pasan algunos de los grupos que más público pueden concentrar.

    El hecho de que la plaza de El Palillero se abra bajo el último escalón y que tenga una altura mínima obran el prodigio. Es para empezar, para ir alrededor del almuerzo y pasar hasta la sobremesa. Es habitual que aparezcan chirigotas ilegales con poca trayectoria, provinciales e ilusionadas, que quieren garantizarse aforo, que quieren probarse. Muchas lo hacen con fortuna. Pero también es lugar para oficiales, para algunas de las más jóvenes del Concurso que disfrutan alargando su celebridad recién conquistada, que quieren aprovechar que han llamado la atención para seguir. Puede que no tenga solera ni demasiada tradición pero es práctico, es agradable y cómodo, tiene buena visibilidad y decente acústica. Qué más se puede pedir.

  13. Calle San Francisco

    El más veterano de los enemigos del Carnaval –porque el patoseo y la masificación tienen pocos trienios– es el cielo. Si lo climatológico respeta, todo va rodado. Esta fiesta tan tardía –tan cerca de la primavera, tan lejos de Navidad– anuncia que hará justicia a este marzo adelantado al verano, con olor a Levante y tardes de sol más largas, con noches más llevaderas. Es la situación perfecta para disfrutar del que fuera rey absoluto de las calles hasta que le destronara, o amenazara, el fenómeno de las callejeras. Es el carrusel de coros, el ritual de las bateas en fila, con su avance lento y su tronar de tangos. Era el emperador de la calle desde el primer domingo hasta el de Piñata, pasando por un lunes festivo al que da nombre, un viernes viñero sin demasiada programación y un sábado de vísperas de despedida en el Mentidero. Durante los años 80 y 90 se convirtió en una cita masiva y única, la principal y la esencial. Sobre todo cuando estaba concentrado alrededor del Mercado Central, o en calles del viejo barrio marinero que fuera campo de parras.

    El carrusel de coros se desenvuelve con otra pausa. Suele ser sinónimo de luz solar, de gafas de sol y sosiego, de vino y no de cubata, de algo de comida. Público algo mayor, que los jóvenes desprecian los tangos como los potajes. De mayores echan de menos todos los que se perdieron. Los coros tardan más en recorrer tres metros que un autobús en llegar a Jerez y de eso se trata, de un disfrute pausado, de que se vean obligados a emplear más repertorio como munición.

    Desde que el Ayuntamiento sacara los carruseles de su monopolio del Mercado Central, hay dos recorridos. Abarcan las calles más comerciales, populosas y conocidas del centro. Quizás San Francisco, por su acusada pendiente desde la plaza homónima, es particularmente agradable. No tiene abolengo carnavalesco, ni pedigrí, ni leyendas pero es una calle agradable para esta nueva forma de disfrutar el ritual eterno, el de la pieza más antigua y hermosa del Carnaval, el tango, sin apretujones ni botellones, con algo de atención y aprecio.

    Las esquinas más populares seguirán convertidas en hormigueros pero siempre parecen estar lo bastante lejos como para dar una tregua. Conviene disfrutar los carruseles desde el primer fin de semana porque luego se acaban muy rápido aunque parezca que van muy despacio. Cuando más se están disfrutando, suenan los tres timbres: Viña, Mentidero y Piñata. Luego, se acabó.

  14. Plazuela El Cañón

    Ser pequeña, recogidita, hasta diminuta tiene sus ventajas para una plaza, especialmente cuando de disfrutar de las coplas se trata en el recoleto casco antiguo. Ir de esquina en esquina, y por ende de grupo en grupo es cuestión de segundos. Tres pasos, diez. Aunque es aconsejable buscar un lugar estratégico desde donde poder abrir varios frentes para buscar y cazar las anheladas callejeras.

    La plazuela del Cañón, en la intersección de Rosario y Feduchy, es uno de esos sitios desde el que poder controlar gran parte del bullicio carnavalesco callejero. Pese a que durante el año el menguante tráfico de vehículos todavía la convierte en una zona un tanto antipática, llegado el Carnaval es uno de los puntos con mayor ocupación humana por metro cuadrado.

    Cita de cuartetos premiados y de alguna agrupación legal, de coristas que se agrupan bajo este nombre, el Cañón es punto de encuentro de los que quieren escuchar mientras disfrutan de una copa o algo que echarse a la boca. En la misma plazuela se puede degustar un buen bocadillo o un vino generoso, todo a escasos pasos y sin perderse nada. Según el día de que se trate, dar esos pasos es más complicado o menos, y lleva más tiempo de lo habitual pero nada fuera de lo común en los días de Carnaval y afluencia masiva.

    Dos tabernas se disputan sanamente la zona. La Manzanilla es de esos sitios al que la penumbra, la pausa y la sabiduría de su propiedad hereditaria han dado una prodigiosa elegancias. Absténganse amantes de combinados, refrescos y otras bebidas que no tengan nada que ver con el buen vino de Jerez y Sanlúcar. Aquí solo se puede disfrutar lo mejor de la tierra acompañado de dos aceitunas por copa, ni una más ni una menos, ni falta que hace. En los días de Carnaval comparte este templo con olor a bodega con romanceros que se refugian. Es de esos templos de obligada visita para expiar pecados o cometerlos. Mientras, en el bar El Cañón uno puede abandonarse a la gula. En la calle esperan las chirigotas de dos, de tres o de 18, depende del día de la semana que se trate y si sus componentes llevan bien los excesos de las primeras jornadas. Desde El Cañón, el gentío enfila Feduchy hasta El Palillero, o la plaza Candelaria, y en sentido contrario busca refugio en la plaza de Mendizábal, más conocida como de Vargas Ponce, donde las agrupaciones, en los últimos años, llegan buscando acomodo y arrastrando seguidores. Buen sitio también para escuchar y alejarse de zonas más concurridas. Es zona de ambiente diurno y vespertino. Por las noches, apenas hay nada. La fauna ya ha completado la migración hacia San Lorenzo, La Viña o El Pópulo.

  15. Plaza de Mina

    Absténganse los que odian a los niños. Absténgase los que no soportan a la gente que bebe y come en la calle (aunque recoja escrupulosamente). Absténgase los que consideran aburridos los coros. Absténganse los que buscan ilegales mordaces en penumbra. Absténganse casi todos, especialmente los que están en edad de merecer y obtener vivencias y aventuras. Esto es como la sopita y el buen vino del refranero pero en versión carnavalesca, como la pizza, la manta y la serie de los que tienen vida nocturna. La plaza de Mina es uno de los escasos reductos que el Carnaval deja a la diversión familiar, si es que esos dos términos pueden ir en la misma frase.

    Su extensión (notable para lo que se estila en Cádiz) y su ubicación la convierten en un pequeño parque infantil al que pueden acudir las familias. Una situación inusual en una fiesta que no contempla a los niños más que como público de la cabalgata y de algunos tablaos. Si aquel país de Bardem y los Coen no era para viejos, esta fiesta no es para niños.

    Así que este cuadrado es una especie de oasis, florido como los de las fábulas, que los admite. Al menos, tienen algo de espacio y algo de seguridad para ir y venir. Sus padres y abuelos aprovechan la circunstancia. Desde que los carruseles de coros salieron de la calle Libertad (alrededor del Mercado de Abastos), este emplazamiento es el punto de origen de una de las rutas de carruseles. Aunque los coristas se quejan, con razón, de que la fiesta es cada vez más bulliciosa y menos respetuosa con sus actuaciones desde las bateas, aquí aún es posible disfrutarlos. Al menos, las dos primeras filas alrededor de los pies de los grupos ponen algo de interés y consideración, escuchan, aplauden y repiten estribillos. Todas estas son prácticas en desuso en cualquier otro lugar, en cualquier otro momento.

    Pero lo dicho, absténganse los que aún no tienen descendencia ni ganas. Es lugar para los que gustan de la costumbre austera y sabia, cálida, obrera y canalla, de casa de vecinos resistente, de compartir comida en la calle, de la botella y el bocata en la mochila. Para los que aprecian esa recepción poco diplomática de los viejos de la tribu. Esos que recuerdan coplas viejas mientras van y vienen mil primos, diez nietos, todos los que han quedado relegados al papel de mirones. Los otros, los cazadores (de coplas y ratos), absténganse.

  16. Rosario Cepeda

    En Cádiz todo es muy pequeño. Las colina, también. Llamarlas monturrios ya sería hacerles un favor. La Torre Tavira marca el punto más alto del istmo sobre el nivel del mar: lo que vienen siendo unos metros. Pero algo de arrogancia otorgan a las calles del entorno que tienen sus cuestas y miran al resto de la ciudad por encima del hombro y los cordeles. Rosario Cepeda es una de ellas. Tiene la curiosa virtud de tener dos mitades casi exactas, y ambas en pendiente, que se tocan en la diminuta cumbre medianera de la calle Sacramento. Esta anécdota orográfica (que tiene trascendencia mayor en el caso de las aguas menores) permite una peculiaridad: una mitad de la calle no sabe lo que hace la otra, no lo ve. Aunque apenas tiene 200 metros, la inclinación de sus dos partes impide que desde una se vea la otra de forma completa. Y la clandestinidad es amiga íntima del Carnaval, hermana del pecado, prima de la diversión y madre del vicio. Esta calle estaba predestinada. El hecho de que la atraviese Sacramento (amén) o tenga uno de sus límites en la sede del Obispado (más amén) le añade encanto sacrílego a la sarta de cuplés guarros que se pueden escuchar en los dos tramos, en las dos cuestas. Se trata de estar como Sísifo, subir y subir en busca de otro cuplé para bajar, para caer una y otra vez. Pero no durante toda la eternidad. Ojalá. Dos tardes bastan.

    Coinciden tantos grupos y están tan cerca que deben respetar las sagradas leyes de las ilegales para cantar por turnos. Rosario Cepeda también está en esa laguna (medio) seca de copla, vino y risa que se forma entre las plazas (Mina, Palillero, Candelaria, San Antonio...) y La Viña. En mitad de ese recorrido anárquico que todo el mundo hace sin ruta premeditada. Suele ser muy frecuentada cuando aún hay luz solar, en las primeras horas de interpretación (o como se llame lo que hacen) de callejeras y romanceros. Le gusta mucho a los grupos menos expertos, los que están en los primeros años de Carnaval, aunque un clásico como Salvador Fernández Miró era uno de sus fieles de tablón y puntero. Comparte encanto y virtudes con la vecina calle San Francisco Javier, conocida con el críptico nombre «detrás de Simago» por estar en la trasera del viejo supermercado de los años 80. Nada gusta más a un gaditano que referirse a un rincón de su ciudad con el nombre de algún establecimiento, local o equipamiento que ya no existe.