Viajar - Europa

Monasterios ortodoxos en Serbia: belleza hiperbarroca

Una ruta en busca de los más de doscientos monasterios construidos en la Edad Media que aún están en pie

Monasterio de San Jorge, en Topola
Monasterio de San Jorge, en Topola - PILAR ARCOS
FERNANDO PASTRANO - Actualizado: Guardado en:

La oferta turística de Serbia tiene dos grandes sectores, el del turismo urbano, que se centra en las grandes ciudades como Nis, Novi Sad y el mismo Belgrado, y el del turismo rural y de naturaleza, que se reparte entre las zonas montañosas. Aquí reside el gran potencial turístico de este país, lo que le hace diferente, sus numerosos e interesantes monasterios. Singularidad arquitectónica, belleza hiperbarroca en su interior y, muy a menudo, ubicación espléndida en el interior de frondosos y serenos bosques. De los muchos que se construyeron en la Edad Media, entre los siglos XII al XVI, quedan más de doscientos, 54 declarados monumentos culturales.

Seguramente entraremos en Serbia por Belgrado (literalmente Ciudad Blanca), aquí se encuentra el templo de San Sava, fundador de la Iglesia Ortodoxa Serbia, para muchos el templo ortodoxo más grande del mundo, bellísimo, impresionante y uno de los edificios más singulares de Belgrado. Fachada de mármol blanco y granito, cúpulas verdosas, la mayor de 70 metros de altura rematada por una gran cruz dorada, lo que hace un total de 82 metros. Tiene otras 18 cruces más pequeñas.

En Belgrado

Parece recién construida, pero lo cierto es que aún no se ha acabado. La idea de levantar un templo en el centro de Belgrado dedicado a este hijo de un príncipe serbio empezó a tomar cuerpo a finales del siglo XIX, pero fue imposible por el estallido de las dos Guerras de los Balcanes (1912-1913) y de la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Por fin empezaron las obras en 1935 en la loma en la que los otomanos quemaron sus restos en 1595, pero su verdadero impulso no llegó hasta 1985 financiado exclusivamente por donaciones populares, por lo que hay quien lo llama la Sagrada Familia de Belgrado. En su interior decorado con mosaicos, cabrán casi 11.000 personas.

Iglesia del monasterio de Krusedol
Iglesia del monasterio de Krusedol- PILAR ARCOS

Viajamos al noroeste del país, allí está la región denominada Fruska Gora (Montaña Santa) y en sus valles hay hasta 18 monasterios que fusionan con marcada personalidad los estilos bizantino y barroco. Hermosos paisajes verdes que conducen a la vecina Croacia. Conjuntos religiosos construidos con carácter hospitalario para acoger a los peregrinos cuando la vida cultural serbia fue desplazada hacia el norte presionada por la expansión del Imperio Turco. Los principales monasterios de esta zona se concentran en un perímetro de 500 km², y entre todos ellos destaca el de Krusedol, legado de la familia Srem Brankovic, dueños y señores del estado despótico que gobernó Serbia en el siglo XVI.

Mármol dentro y fuera

Unos cien kilómetros al sur de Belgrado se encuentra Topola, que significa Álamo. Aquí en 1804 el líder revolucionario serbio Karadjordje fue designado caudillo del primer levantamiento contra el Imperio Otomano. Seguramente por ello, fue elegido como lugar para construir un gran mausoleo que albergase a la Familia Ducal y Real de Serbia y Yugoslavia, la dinastía Karadjordjevic.

Para ello se erigió la iglesia de San Jorge entre 1903 y 1912 por orden de Pedro I. El arquitecto Kosta J. Jovanovic levantó un edificio muy armónico y elegante gracias a sus cinco cúpulas simétricas, revestido de mármol blanco procedente de la ciudad serbia de Vencac, el mismo que se usó en la Casa Blanca de Washington. El suelo del interior es de mármol multicolor, esta vez de la ciudad alemana de Munich.

Pero no nos dejemos deslumbrar por el piso y levantemos la vista. Descubriremos un iconostasio de mármol verde con incrustaciones de nácar, una gigantesca lámpara metálica, y sobre todo una impresionante nave central cuajada de mosaicos, elaborados con piedras de más de 15.000 tonalidades. Algunos visitantes desprecian este conjunto porque dicen que no es antiguo, otros valoramos su belleza y su singularidad más que su edad.

Serbia, al margen de la espiritualidad de sus monasterios, es un país con mucha marcha. Tanta que hay quien ha llamado a Belgrado «La Barcelona del Este». De ciudad gris bastante aburrida típica del bloque del Este ha pasado en muy poco tiempo a ser una bulliciosa urbe comparable con Berlín o Praga, por ejemplo. Sobre todo desde el atardecer, cuando hace buen tiempo y se llenan las terrazas que hay junto al Danubio y en los bares «cool» de los reconvertidos muelles del Sava.

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