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La otra mujer morena

De la obra hay que destacar sin duda la música, un collage que va desde las alegrías a las malagueñas, pasando por unas maravillosas romeras o las coplas

La otra mujer morena
MARTA CARRASCO Sevilla - Actualizado: Guardado en: Actualidad

Julio Romero de Torres pintó a la mujer morena, que dice la copla. La pintura de este genial cordobés, va mucho más allá del costumbrismo o de los antiguos billetes de 20 duros, o de aquellas estampas de Chiquita Piconera. Su obra está repleta de simbolismo y de una luz especial que caracteriza sus cuadros.

Ursula López, Tamara López y Leonor Leal, no se han quedado en la fácil lectura de primera mirada de la obra del genial cordobés, sino que en este montaje titulado, «J.R.T. Sobre Julio Romero de Torres pintor y flamenco», han querido ir más allá de las estampas y del costumbrismo y sumergirse en perseguir el gesto flamenco que está inmerso en la obra del pintor, escogiendo sutiles detalles de cuadros como «La monja», «La Saeta» o «El retablo del amor», entre otros muchos.

En este montaje no hay nada que se asemeje a ningún otro de los realizados anteriormente por las tres intérpretes, y de la obra hay que destacar sin duda la música, un collage que va desde las alegrías a las malagueñas, pasando por unas maravillosas romeras o las coplas. Música con instrumentos nada convencionales. Además de la flamenquísima guitarra de Alfredo Lagos, las voces espectaculares de Rosalía y Gema Caballero, la guitarra más clásica de Antonio Duro y las percusiones de Antonio Moreno, junto a Proyecto Lorca, Juan M. Jiménez, con saxofones.

La escena está constantemente desnuda, incluso con telones negros que constriñen el espacio. El baile de las tres intérpretes es hipnótico. Desde el inicio de la obra con una espectacular Tamara López, emulando a «La Nieta de la Trini», que palillos en mano rompe el silencio por cantes de Levante y Málaga.

Uno a uno se van desgranando los cuadros en esta propuesta originalísima, en la que se ve detrás la mano de Pedro G. Romero, inspirador de alguna de las músicas y del denominado «Aparato». Muy buen diseño de luces de Ada Bonadei y Manu Madueño que recoge el baile de todas, en especial en el cuadro donde a lo «Saburo Tesigawara», recorren las tres intérpretes un cuadrado de luz en blanco y negro, para zapatear a pie descalzo: la tragedia de la Semana Santa.

El baile de las tres mujeres es fascinante. Tanto Ursula López como Tamara López son consumadas bailarinas y bailaoras, manejando la estética flamenca y la española, que imprimen en todas su danzas. Para Leonor Leal, quien físicamente ya rompe la tradicional estética flamenca con su pelo corto, el baile se convierte en algo más, en una fascinación por buscar la perfección de los escorzos y el zapateado que borda en la soleá.

Úrsula López baila por alegrías y romeras, me gustó muchísima la coreografía del segundo palo tan poco visto en la escena hoy día, y que tan agradecido es cuando se baila como lo hizo la algecireña.

Pero hay que terminar de otra forma, y en la Suite de Coplas las tres intérpretes nos introducen en la sordidez de la noche: «Yo creía que esto de alternar, era venir los días alternos», dice Tamara López, y ahí empieza la guasa, que incluso de palabra, además de cante y música, transporta al espectador a otros lugares del pasado no tan lejano, pero con una gran dosis de humor, y siempre con espléndido baile.

Una propuesta que significa, sin duda, un salto importante en la carrera de las tres bailaoras, tanto por el concepto del espectáculo como por el reto en sí de haberse sentido libres a la hora de lanzarse a este vacío que ha terminado bien. Sin duda Julio Romero de Torres las hubiera pintado, pero no como la de la copla.

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