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Los que están vivos importan poco. Nada es más invisible hoy que un poeta en ejercicio

Daniel Ruiz
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Cada político tiene uno favorito. Los manosean con delirio, los cuelan en sus intervenciones públicas, han memorizado sus versos y saben cuándo dejarlos caer en cada entrevista con la prensa. Todos tienen algo en común: son, por supuesto, sociales. Se enfrentaron con su pluma, muchas veces perseguidos, en ocasiones exiliados, en otras ocasiones —los más célebres— asesinados, a una realidad asfixiante, purulenta, infame. Parieron con el dolor de su sangre cada una de sus palabras prófugas, que hoy sirven de perfume legitimador para los discursos políticos, siempre atentos a tramposas abstracciones como la memoria, la libertad o el compromiso.

Pero todos ellos tienen algo más en común. Son poetas muertos. Con la boca tan sellada y los huesos tan descompuestos que les resulta imposible revolverse en la tumba, objetar, gritar por tanto dolor. Los poetas mueren dos veces: una vez, en la cuneta, o tuberculosos en una inmunda celda, o en un albergue de Colliure, ligeros de equipaje. Y otra vez, recurrentemente, en el sortilegio oportunista de los políticos que se apropian de sus palabras amoldándolas a su antojo, prostituyendo su recuerdo y sus versos, masa maleable, filigrana para adornar sus pueriles relatos legitimadores.

Los que están vivos importan poco. Nada es más invisible hoy que un poeta en ejercicio. Tienen que morir para que el político los apoye. Entonces se sientan sobre los muertos. Les construyen casas-museos. Celebran flamantes exposiciones. Convierten sus efemérides en performances de navajerismo político. Apelan a su valentía, se identifican con ella. Cuando en realidad no pueden ser más cobardes. Porque si la voz de los poetas subiera a los montes, bajaría a la tierra y tronaría. Es lo que piden sus gargantas, desde ahora y desde siempre.

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