España va mal

…pero llamas a catorce restaurantes y todos están llenos

Luis Ventoso
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Siento gran respeto intelectual por Alberto Garzón, «el político español más valorado» (el CIS dixit). También por Pablo & Irene, madrileños más separatistas que un «estelado» de Lérida. Me cuadro ante el impávido general de Podemos, esa lumbrera, el Clausewitz de Lavapiés. Me admiran la capacidad de análisis de Rita Maestre y las sofisticadas construcciones políticas de Ada («si una ley no te gusta puedes incumplirla»). Me impresiona la visión económica de doña Manuela, de tal calibre que está ya casi a la par de la de mi sobrino Iñiguito (doce años). Me saco el sombrero ante el alcalde de mi ciudad, un tal Ferreiro de la Marea, el más ahorrativo de la historia, por la sencilla razón de que su desconocimiento sobre cómo funciona una administración y su penuria de ideas le impiden gastar el presupuesto. Creo que Kichi, Rufián y Pablo Echenique están al nivel de Habermas, Adorno y Marcuse, son pensadores neomarxistas que harán época (aunque todavía no tengo muy claro cómo ni dónde). Siempre atento a las lecciones de todos estos paladines de la Nueva Política he aprendido muchísimas cosas. La principal es la siguiente: España es un país chunguísimo, paupérrimo, donde el nivel de vida es abisal y la sanidad pública ha sido desmantelada hace años por el mefistofélico Mariano.

El pasado domingo, mi hermana me comentó que vendría a Madrid el próximo fin de semana y me comisionó para que reservase mesa para seis el sábado, «en algún sitio que tú veas y que esté bien». Como yo me fío de Ada, doña Manuela, Kichi, Garzón y Echenique, sé bien que la economía está devastada, así que no sentí apremio alguno para buscar un sitio para la cena. El lunes pasé de todo. No llamé a un restaurante hasta el martes. Empecé por un local gigantesco e híper decorado, de esos de supuesto glamour epatante y discutible manduca en los platos, lugares que a mí me cargan, pero que suelen impresionar al turisteo. «Estamos completos». Normal, me dije, el típico garito que se ha puesto de moda esta temporada. Sin preocuparme, llamé a otro de corte similar. Petado. Seguí por un indio suculento de Ortega y Gasset («imposible»). Tras tres noes empecé a preocuparme. Así que decidí bajar directamente a la socorrida liga de los italianos. Primero telefoneé a uno muy coqueto, una pequeña trattoria. Al camarero casi le dio la risa cuando le pedí un martes mesa para seis el sábado. Luego me pasé a otro, un napolitano cerca de Ópera. Me explicó que tal vez hubiese algo a las nueve, pero saliendo cagando leches para dejar mesa al siguiente turno. Tras cinco llamadas, dimití del encargo y llamé a mi hermana: «Oye, que tengo mucho curro [excusa facilona ]. ¿No puedes encargarte tú desde Vigo de reservar?».

Me olvidé del tema hasta ayer, cuando por fin pregunté a mi hermana sobre cómo iban sus prospecciones. Había encontrado un restaurante para cenar en Madrid. Un poco decadente, no muy allá, más pasado que un teléfono fijo. Pero se mostraba eufórica. Antes había llamado a otros nueve: todos llenos.

España va de pena. Ya lo dice Iglesias Turrión.

Luis VentosoLuis VentosoDirector AdjuntoLuis Ventoso