La alberca

Ratas de despacho

Alberto Rodríguez ha hecho como Murillo: retratar las verdaderas miserias de Sevilla

Alberto García Reyes
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Llenar Sevilla de ratas de mentira es algo de lo que el concejal socialista Alfonso Mir, que tenía gracia por condena, acusaba a Juan Ignacio Zoido cuando le estaba haciendo la oposición a Monteseirín. Cada vez que el del PP iba a un barrio a denunciar el mal gobierno de los últimos años del alfredismo, se hacía una foto señalando uno de esos múridos con talla de conejo que pasean por nuestros parques. Y Mir, muy serio, protestaba: «Fíjate bien en la foto, que la rata siempre es la misma porque es una de plástico que lleva su asesor en una mochila». Las ratas son un género propagandístico sevillano. Para ganar unas elecciones son fundamentales. Por lo tanto, para promocionar una serie de televisión ambientada en Sevilla son obligatorias. Porque esos roedores repugnantes tienen un valor mucho más importante del que aparentan para nosotros. Las ratas sevillanas son un símbolo, una especie de logotipo de nuestra cultura. En el siglo XVI, cuyo ambiente ha reconstruido la serie «La Peste» de manera sobresaliente, corrían por las cloacas de la ciudad con la misma tranquilidad con que lo hacen hoy porque, en el fondo, representan la cara sórdida de una tierra que trata de esconderse tras los tópicos para no delatar su hiperrealismo inmundo. Por eso yo creo que la idea del cineasta sevillano Alberto Rodríguez de promocionar su obra con el principal argumento político de la Sevilla del siglo XXI es una genialidad más que hay que atribuirle a este creador. Rodríguez puede hacerlo porque conoce el paño. Y yo creo además que lo hace porque tiene un talento que aquí no se perdona. Lo hace por lo mismo que lo hacía Murillo: porque a todos los grandes artistas que ha parido esta tierra les ha dolido tanto nuestra hipocresía que intentan sacar ellos la mierda antes de que vengan a reprochárnosla los de fuera. «Esta es nuestra mierda, paisano, no me digas más que estamos limpios». Este es el mensaje que había en los pícaros que pintó Murillo, en su «Joven Mendigo», en los «Niños comiendo uvas y melón»: la Sevilla miserable que palpitaba en la aorta de la Sevilla del esplendor americano. Como dice Eva Díaz Pérez, que escribe siempre con granos de sal en las llagas, Murillo mojaba su pincel en los charcos de mugre de la ciudad. Su paleta para aquellos lienzos fue nuestro detritus moral de siglos.

Alberto Rodríguez es nuestro nuevo Murillo. Ha llenado Sevilla de ratas de mentira para que tengamos conciencia de que la gran peste que nos asuela sigue vigente. Y que no es una plaga que corretea por las calles de nuestra rutina, sino una epidemia ética que lleva paseando por las cloacas de nuestra cultura desde que nos conocemos. La rata de plástico que denunciaba Mir era la realmente peligrosa. Porque representa la asunción de la miseria como pilar de nuestra historia. Lo que hace Rodríguez es gritar hacia los callejones traseros de nuestras ínfulas, aprovechar su talento para retratar la ciudad que ama con toda su crudeza, sin paños calientes, sin eufemismos. Rodríguez nos enseña, en el cuarto centenario de Murillo, que las ratas más asquerosas de Sevilla suelen estar bañadas de oro en los despachos. Y son una especie protegida.

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