Josep Ramon Bosch, Pere Brunet y José Rosiñol

11 de septiembre 2016

En la agenda política española el problema del nacionalismo separatista catalán debería ocupar un lugar clave

El 11 de septiembre es la «diada», la fiesta oficial de la Comunidad Autónoma catalana. Debiera ser una celebración alegre, una fecha con la que todos los catalanes sin excepción pudiésemos sentirnos representados y cómodos, con una simbología inclusiva y plural, pero en los últimos años se ha convertido en el día álgido de exaltación rupturista y que dejas en evidencia la división existente en la sociedad catalana. El 11S se conmemora la victoria en Barcelona de las fuerzas borbónicas en la guerra de sucesión a la Corona de España en el 1714. La conmemoración de una derrota no es el motivo óptimo para una fiesta oficial, alienta el odio y el renco, se falsea el pasado común histórico reviviendo una fantasía anacrónica, y desde 2010 la festividad ha sido manipulada por los partidarios de la secesión de Cataluña del resto de España, promocionando desde las instituciones públicas manifestaciones, concentraciones y todo tipo de performance separatistas. En la de 2014 se uniformizaron, encuadraron y desfilaron por las calles de Barcelona 794 mil personas, en 2015 ya sólo fueron 530 mil, sin embargo, la insaciable maquinaria de propaganda nacionalista hinchó dichas cifras hasta sobrepasando la línea de lo grotesco.

¿Cuántos participarán en el desfile de este año? Se prevé algún centenar de miles menos. Desde hace años el curso político español empieza con el 11S nacional-catalán. Con tantas elecciones sin producir gobierno, hogaño llevamos carrerilla, y hay tal energía política que parece que vivamos en un «déjà vu» constante en el que todo el año parece un otoño caliente. Pero sin duda, este otoño político español estará marcado por el 11S, así como por el 25S, cuando gallegos y vascos voten.

En la agenda política española el problema del nacionalismo separatista catalán debería ocupar un lugar clave. ¿Será España capaz de resolver el desafío del gobierno secesionista de la Generalitat? ¿Cómo lo resolverá la democracia española? En virtud del desconocimiento y la contemporización de los gobiernos de España, el precio a pagar por la resolución del desafío separatista al Estado de derecho español, a la democracia y a España ha ido creciendo. Ahora ya sufren las cuadernas de la entera democracia española. La convivencia entre los españoles, de modo sobresaliente en Cataluña, soporta una tensión elevada. La vulneración de los derechos de los catalanes, y por extensión de los españoles, no tiene justificación. Éste es un déficit de la democracia española que afecta muy negativamente al presente y futuro de mucha gente, la más débil de Cataluña.

El nacionalismo y, en los últimos años, el separatismo, han dado en energía política a grupos mínimos en su origen, como ERC y CiU, que han capturado el gobierno de la Generalitat y lo han usado para culminar en el reto actual. Si a esto le unimos la crisis económica y social, y la aparición en España de un neo-populismo de extrema izquierda, tenemos en el conjunto del país una inestabilidad notable. Los partidos centrales de España ¿conocen el reto del nacionalista catalán y las nefastas consecuencias a las que nos conduce? ¿Porque lo obvian, cuando, ineludiblemente, la democracia española deberá resolverlo? Por primera vez en la historia de nuestra no ya tan joven democracia, los resultados del 20D y, sobre todo del 26J, se abrió la ventana de oportunidad de conformar un gobierno de Gran Coalición que enfrentase los desafíos de nuestro país, empezando por el desafío separatista catalán, un momento en el cambiar las dinámicas y lógicas heredadas de los años ochenta y noventa del siglo pasado y profundizar en la cultura del pacto, del consenso y de la responsabilidad. No fue así. El sistema político español no tuvo la altura de miras y la generosidad suficiente para esto, aparentemente enredado peligrosos personalismos y cortoplacismos electoralistas. Lamentablemente, el tiempo juega en contra de los intereses del bien común y del proyecto común, la ventana de oportunidad es cada vez más estrecha, y parece que dejarán que se cierre si reaccionar, posponiendo en el tiempo un problema enquistado y que necesita una acción inequívocamente unitaria para solucionarlo.

Dejada a su libre albedrío, la agenda política catalana –fijémonos, una agenda diferente, separada y desconectada de la agenda política común española– encara propuestas surrealistas. El lector pondrá las comillas: desfile, muchas performances en el extranjero -para quebrar la imagen de España-, desconexión, estructuras de Estado, ley de transición entre la legalidad española y la legalidad catalana y para imponer ésta a los catalanes, para legitimar un juego de hechos consumados, un golpe de Estado sustentado en una minoría social y liderado por la élite nacionalista, activar un proceso constituyente, constitución de la república catalana, declaración unilateral de independencia, referéndum unilateral de independencia…

Comprenderemos que la tarea de reconstrucción de la política catalana será notable. Ahora está en añicos y bajo hegemonía separatista, que dicta, impone y cumple su «hoja de ruta», despeñando a Cataluña y al conjunto de España. ¿Qué hacer? Este fenómeno genialísimo del constitucionalismo catalán que es «dolcacatalunya.com» lo expresa así:

«¿Qué hay que hacer hoy? Unirse en Madrid. PP+PSOE+C’s suman 254 diputados en el Congreso, el 69% de los votos y el 73% de los escaños. Mayoría sideral para superar el nacionalismo y construir una España en paz y convivencia. Estos partidos deben pactar las “Bases de Convivencia”, unos breves puntos que acuerden unidad de acción frente al plan separatista y se dispongan a superarlo.

Cumplir la ley en Cataluña. Inhabilitar y multar a los funcionarios públicos que han incumplido las leyes.

¿Qué hay que hacer pasado mañana? Crear. Superar el nacionalismo y la morfina de las ideologías, darnos cuenta de nuestras capacidades y talentos, perder los complejos, desembozar nuestras fuentes creativas, ganar seguridad y confianza, recobrar la empresa común, vigorizar las entretelas del alma y lanzarnos sin miedo a solucionar los problemas del mundo, que son los nuestros, con iniciativa y creatividad».

Desgraciadamente la sensación generalizada en Catalunya, es que los catalanes libres de nacionalismo estamos abandonados por el estado, y que el desafío separatista sólo puede solventarse con un gobierno de Gran Coalición o, como mínimo, de un gran acuerdo de todos los partidos constitucionalistas. No hay soluciones mágicas al proceso rupturista, pero desde un gobierno estable y transversal debe ponerse en marcha un plan de inteligencia emocional que revierta la situación de secuestro propagandístico que sufrimos los catalanes desde hace décadas.

Josep Ramon Bosch, Pere Brunet y José Rosiñol son fundadores de Sociedad Civil Catalana

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