Mariano Calvo

Toledo, Cervantes y Garcilaso Mariano Calvo

Ninguna fecha tan oportuna como la de hoy para recordar la entrañable vinculación que unió a Cervantes con Garcilaso

POR MARIANO CALVO Toledo - Actualizado: Guardado en:

Este año en que se conmemora el 400 aniversario de la muerte de Cervantes, conmemoramos también el 480 aniversario de la muerte del poeta Garcilaso de la Vega, acontecida el 13 ó el 14 de octubre de 1536. Ninguna fecha, pues, tan oportuna como la de hoy para recordar la entrañable vinculación que unió a Cervantes con Garcilaso, en el marco de la ciudad que ambos amaron y cortejaron literariamente.

Cervantes sintió un extraordinario aprecio por Toledo, a la que cita abundantemente en sus obras y en ocasiones con fervorosa exaltación. Esta estimación surge en buena medida por su devoción hacia Garcilaso de la Vega. Para Cervantes, Toledo y sus riberas son la evocación misma de Garcilaso, su modelo perfecto de poeta, lo que es mucho decir para alguien como el autor de El Quijote, que hizo de la literatura su vida y tenía a la poesía como el más excelso de los géneros literarios.

A esto hay que añadir la impronta emocional que para Cervantes supuso ser propietario por matrimonio de una casa en Toledo, junto al Tajo, escenario de la Égloga III de Garcilaso y de la primera de sus novelas, La Galatea.

Como símbolo común de Toledo y de Garcilaso, Cervantes dedicó al río toledano exaltados elogios: «No es la fama del río Tajo -dice en Los trabajos de Persiles y Sigismunda- tal que la cierren límites ni la ignoren las más remotas gentes del mundo; que a todos se extiende y a todos se manifiesta, y en todos hace nacer un deseo de conocerle».

Cuando en plena juventud, apenas con 21 años y en el apogeo de su formación intelectual, Miguel tiene que huir a Italia, se sumerge en el epicentro de la literatura renacentista y absorbe la moda arrolladora del bucolismo, del que Garcilaso era en España el máximo exponente. Al igual que el personaje de su novela El licenciado vidriera, hay que imaginarse al joven Miguel, al partir hacia Italia, introduciendo en sus alforjas las poesías de Garcilaso como compañeras inseparables de su viaje.

A su regreso a España, Cervantes vuelca sus energías en escribir la que él piensa que será la gran obra que lo consagrará entre los grandes escritores de su tiempo: La Galatea, una novela pastoril que siempre considerará su obra mejor, y en la que sobrevuela el espíritu de Virgilio y Garcilaso.

Las alusiones al poeta de Toledo y las citas de sus versos, así como las referencias al mundo pastoril que le caracterizan, aparecen en las obras de Cervantes con una abundancia que delata los términos de su devoción. Es evidente que Cervantes se sabía de memoria los versos del divino toledano. Epítetos como «nuestro poeta», «nuestro famoso poeta», «el gran poeta castellano nuestro» o «el jamás alabado como se debe poeta Garcilaso de la Vega» escapan de la pluma cervantina como un desbordamiento de afecto hacia el toledano. De él llega a decir: «Su canto fue de lengua en lengua y de gente en gente por todas las de la tierra».

Cervantes y Garcilaso no pudieron conocerse, pues el poeta de las églogas murió once años antes de que naciera el alcalaíno, pero algunos aspectos biográficos tuvieron en común. El principal de todos, su condición de poetas-soldados durante su juventud. Y una vivencia más compartieron: su estancia en Italia, de cuya cultura ambos bebieron con entusiasmo. Durante sus años italianos, y especialmente en sus estancias en Nápoles, Cervantes sería consciente en todo momento de que el destino le hacía seguir los pasos de su admirado poeta y capitán.

Según Américo Castro, «la estancia en Italia fue el más trascendental hecho en la carrera espiritual de Cervantes». Y lo mismo puede decirse de Garcilaso, que en la ciudad de la sirena Parténope escribió toda o la mayor parte de su obra conocida.

La posteridad ha acuñado la figura de Cervantes como la del autor de El Quijote pero a Cervantes le incomodaba que su fama se debiera casi exclusivamente a una historia humorística, y por lo tanto de menor rango literario, a despecho de otras salidas de su pluma que consideraba de más elevación estética, como su obra pastoril La Galatea, a la que definía significativamente como ”égloga”. De hecho, cuando en el prólogo de las Novelas ejemplares hace relación de sus obras más importantes, menciona en primer lugar a La Galatea, anteponiéndola a El Quijote.

Era tal la preferencia de Cervantes por el mundo pastoril garcilasiano, que en los últimos días de su vida, habiendo recibido ya la extremaunción, escribe al conde de Lemos diciéndole que si Dios le diera vida, acabaría de escribir la segunda parte de La Galatea.

Hay un paralelismo conmovedor entre este deseo de Cervantes de escribir la continuación de una historia de pastores arcádicos, al borde de la muerte, y la voluntad de Don Quijote de hacerse también pastor en los últimos días de su vida. Y no es menos enternecedora la paradoja de que, si Don Quijote finalmente renunció a su ilusión bucólica una vez vuelto de su locura, Cervantes en cambio murió con su ilusión bucólica -su locura bucólica podríamos decir-completamente intacta.

La última de sus obras, publicada después de su muerte, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, contiene el más vibrante de sus elogios a Garcilaso en boca del protagonista Periadro, prueba de que la presencia del poeta toledano acompañó a Cervantes hasta sus últimos días: «…por haber mostrádole a la luz del mundo aquellos días las famosas obras del jamás alabado como se debe poeta Garcilaso de la Vega, y haberlas él visto, leído, mirado y admirado, así como vio al claro río, dijo: -No diremos: Aquí dio fin a su cantar Salicio, sino: Aquí dio principio a su cantar Salicio; aquí sobrepujó en sus églogas a sí mismo; aquí resonó su zampoña, a cuyo son se detuvieron las aguas deste río, no se movieron las hojas de los árboles, y, parándose los vientos, dieron lugar a que la admiración de su canto fuese de lengua en lengua y de gente en gente por todas las de la tierra».

Recapacitemos sobre estas palabras: «por haber visto, leído, mirado y admirado»·… Sin duda, Cervantes se refiere así mismo bajo la máscara de Periadro. ¡Cuántas veces no vería, leería, miraría y admiraría él mismo las obras de Garcilaso!... Y es razonable imaginar que, cada vez que visitase Toledo o habitara en su casa junto al río, soñaría con que sus obras, al igual que las del poeta del Tajo, algún día habrían de difundirse «de lengua en lengua y de gente en gente por todas las de la tierra».

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