España

Los apellidos del PSC

La pugna entre las «dos almas» del partido, la catalanista y la cercana al PSOE, se ha decantado históricamente hacia la primera

Nùria Parlón y Miquel Iceta, ayer en el homenaje a Lluis Companys
Nùria Parlón y Miquel Iceta, ayer en el homenaje a Lluis Companys - Efe

El PSC, al menos durante sus años gozosos, siempre presumió de ser el partido que más se parecía a Cataluña: escorado a la izquierda pero sin estridencias, con gran implantación en la Barcelona metropolitana de habla castellana, pero sobre la base de un catalanismo de carácter cívico, integrador, capaz de fundir en un mismo partido los apellidos y sagas de larga tradición con los llegados en las sucesivas oleadas migratorias.

Simplificando, el PSC «pijo» con el PSC de las fábricas, el PSC de Sarrià y casa en el Empordà, con el PSC del cinturón metropolitano que llenaba en sillas de tijera los mítines de Felipe González.

Sobre este equilibrio, a veces escorado a un lado, a veces hacia el otro, ha funcionado una formación que hasta no hace mucho era una sensacional fábrica de ganar elecciones. Imbatibles en las grandes y medianas ciudades, pero también con implantación «terra endins», un poderío electoral que arrasaba en las municipales y en las generales, pero que se estrelló durante décadas contra el fenómeno del «pujolismo» y un sistema electoral que infrarrepresenta la Barcelona metropolitana.

De hecho, fue sobre el imperfecto equilibrio entre lo que se ha conocido como las «dos almas» del PSC que el partido se hizo hegemónico. Una fortaleza que solo se ha perdido, denuncian los críticos, cuando una de las dos almas, la catalanista, con querencia nacionalista y en los últimos años incluso soberanista, se ha impuesto sobre la otra, la autonomista, de obediencia PSOE.

Una decantación que, hay coincidencia en señalar, se produce con la firma del Pacto del Tinell que da origen al primer triparito, la alianza con ERC y el extenuante y abrasador proceso de elaboración del Estatuto de 2006.

«Pijos» y obreros

De hecho, el debate entre las «dos almas» y la pugna entre el PSC «pijo» y PSC obrero se remonta a la misma creación del partido, el 16 de julio de 1978, cuando se logra unificar bajo unas únicas siglas, el Partit Socialista de Catalunya (Congrés), el Partit Socialista de Catalunya (Reagrupament) -ambos de tradición catalanista-, con la Federación Catalana del PSOE.

Tal y como recordaba el escritor y analista Miquel Porta Perales en un artículo en ABC, «ya en su origen aparece el conflicto entre la tradición socialista catalana y la española. La primera -anticentralista y antiestatista- bebía en las fuentes del catalanismo, el anarcosindicalismo, el cooperativismo, la autogestión y el cristianismo social. La segunda -centralista y estatista- procedía del obrerismo clásico made in PSOE».

Esta pugna de origen se decanta ya en el segundo congreso de la formación, en 1980, y en los años sucesivos, cuando, sumando apellidos, los Reventós, Serra, Obiols... se imponen a los Lluch, Martín Toval, Trignier... Como recuerda Porta Perales, es lo que llevó en su día a Alfonso Guerra a hablar «del rapto de la Federación Catalana del PSOE por el PSC».

Dos años antes, en 1978, ambos partidos, realidades jurídicas diferenciadas, firman su protocolo de relación en clave federal, aún vigente, aunque cuestionado.

Como explican veteranos dirigentes del partido, el equilibrio interno entre las dos tendencias del PSC, y el externo con el PSOE, se adentra durante los años ochenta y primeros noventa en un periodo de placidez, engrasado por las mayorías absolutas de Felipe González y la paz que siempre aporta la abundancia de cargos.

Es entre 1994, en el congreso de Sitges, y 2000, cuando José Montilla asume la primera secretaría, cuando el «alma» españolista del PSC, los llamados «capitanes» -fuertes en los ayuntamientos del área metropolitana- se imponen a los catalanistas, que acumulaban, con un discurso débil, hasta cierto punto acomplejado, fracaso tras fracaso ante el nacionalismo pujolista.

Aunque Montilla controlaba el partido, el candidato a la Generalitat en 1999 y 2003 fue quien de manera más ajustada encarnaba la tradición catalanista del partido, Pasqual Maragall, el triunfador de la Barcelona olímpica, ejemplo de un PSC exquisito.

Como remacha Porta Perales, el partido, «por oportunismo o conversión sobrevenida, en lugar de marcar diferencias con el nacionalismo, se subió al carro». Volvía a imponerse una de las almas del partido sobre la otra. El resto de la historia es conocido: tripartito, Estatut, y al final, avasallados por el «proceso soberanista».

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